El Evangelio que anunciamos las mujeres. ¡Él, nuestro amor, en Él, nuestra esperanza!

Cristianas y cristianos contamos con una certeza inmensa. Dos, más bien: la primera es Cristo, Cristo en nuestras vidas. La segunda es que después de la muerte en cruz, viene la vida.

Magdalena Muñoz Pizzulic

09 abril, 2020, 1:21 pm
7 mins

Domingo 12 de abril, 2020
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
Evangelio de San Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

¡ÉL, NUESTRO AMOR, EN ÉL, NUESTRA ESPERANZA!

Es un gran desafío reflexionar el Evangelio que acompaña esta Pascua en un contexto mundial como el que estamos viviendo. La pandemia ha provocado más que “desorden” en nuestras vidas. Vemos cómo se van cayendo las grandes promesas, aquellas naciones que parecían invencibles, aquellos sistemas económicos que parecían inquebrantables, incluso, aquellos líderes que en otros tiempos habríamos considerado “temibles”. Todo ello a gran escala. A escala individual no son menores los efectos provocados. En primer lugar nuestros comportamientos cotidianos: el beso, el abrazo, el compartir la mesa y los huevitos de chocolate en Pascua, de un momento a otro se han convertido en recuerdos. Los planes. ¡Cuántos planes! Trabajo, viajes, ahorros, estudios, todo se ha esfumado. Pero aún más: las certezas. Cuántas hermanas y hermanos han perdido sus puestos de trabajo.

Nuevamente la contingencia golpea más duro a los que menos tienen, a quienes viven al día, que no tienen vivienda propia, que no tienen protección de salud. Cuántas hermanas y hermanos hoy temen por sus vidas y las de sus familiares. Cuántos y cuántas encerradas en las cárceles, en los centros del SENAME. La enfermedad no distingue, pero sin duda aprieta a unos más que otros.

En este contexto de tanto dolor y de tan profunda incertidumbre pareciera que nos acercamos —un poquito más que otras veces— a acompañar la Pascua de Jesús. Hemos tenido una Semana Santa, bastante Santa. Hemos ayunado no solo de comida, también de nuestros seres queridos, de pasear en el parque, de todo lo que dábamos por hecho. Nuestra mesa este Jueves Santo ha sido más pequeña, incluso individual. Hemos acompañado el camino de la cruz y lo que él nos trae: soledad, dolor, muerte, incertidumbre. Hemos quedado inmóviles, como Sábado Santo, encerrados y temerosos como los discípulos, incapaces de cambiar el flujo de todo lo que está sucediendo. Suena todo tan desesperanzador, ¡menos mal que creemos en Cristo y su resurrección!

Las cristianas y cristianos de hoy contamos con una certeza inmensa. Dos, más bien: la primera es Cristo, Cristo en nuestras vidas, en nuestro tránsito histórico. La segunda es que después de la muerte en cruz, viene la vida. Cristo resucita. Este contexto de incertidumbre es también un tiempo para revisar nuestra certeza y volver a ponerla al centro. Nosotros sabemos cómo termina esto, quién triunfa sobre la muerte. Miremos hoy especialmente la figura de María Magdalena en el Evangelio. No es casualidad que sea nombrada primero. Sabemos el contexto en el que fueron escrito estos relatos, la presencia de las mujeres en el camino de la muerte y resurrección tiene que haber sido tan potente y significativa, que no podía ser omitida. Los discípulos estaban con miedo, encerrados y resignados.

María Magdalena no sucumbe ante la incertidumbre y la muerte, porque su certeza y amor por Cristo son totales. Hay en ella una esperanza que no se apaga, pues lo más evidente era que el sepulcro iba a seguir tal cual el día anterior, cerrado. Pero su fidelidad le hace correr, contra todo pronóstico fatalista, y es testigo de la resurrección. Simón Pedro y el otro discípulo, al escuchar lo que parecía imposible, corren también. Pronto comprenderán que aquello que les había sido anunciado se ha cumplido.

Si María Magdalena, que estuvo a los pies de la cruz sin saber lo que ocurriría después, mantuvo la esperanza intacta ante su Señor, ¿cuánto más nosotros que hemos sido tantas veces testigos de su resurrección? En momentos tan nublados como este, no perdamos de vista la Luz que nos guía, la Esperanza que nos alienta y el Amor que nos sostiene. Ya podremos volver a abrazarnos y compartir unos mates, conversar en las veredas, compartir el pan. Por ahora aprovechemos de abrazar a Cristo Resucitado que no nos abandona, Él, nuestro amor y nuestra esperanza. ¡Feliz Pascua! ¡Cristo vive y nosotras en Él!

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