El Evangelio que anunciamos las mujeres. «El Reino de Dios es de los niños»

Jesús se nos adelanta a ponerse del lado de las mujeres y niños ninguneados y sufrientes de nuestro tiempo, luchando decidido por su derecho a ser en plenitud.

Beatriz Mercado Perrin

01 octubre, 2021, 10:15 am
8 mins

Marcos nos presenta dos episodios a primera vista distintos: En el primero, Jesús responde a un dilema que le plantean los fariseos en torno a la legalidad del divorcio. En el segundo, los discípulos intentan alejar a unos “molestos” niños que querían acercarse y tocar a Jesús. Sin embargo, pueden verse dos hilos conductores entre ambas escenas:

a) Jesús sorprende con respuestas y actitudes contrarias al pensamiento común y “sensato” de la época: hace y dice lo que nadie espera.

b) El Maestro se pone decididamente de parte de los marginados y ninguneados de su tiempo, los que no contaban, los invisibles.

Es siguiendo estos dos hilos donde podemos hacer que estos textos, escritos hace 2000 años para comunidades y culturas muy diferentes de las nuestras, tengan un mensaje para nosotros hoy.

Ponerse de parte de los “nadie” es una constante en los relatos del Jesús de los Evangelios. Aquí lo vemos tomando partido por las mujeres y los niños en el contexto de la época. Para comprender el primer episodio, hay que decir que en la sociedad judía de los años 30, así como en el resto del mundo grecorromano, el divorcio era legal y estaba regulado. Sin embargo, en la práctica era otro derecho más que tenían los hombres sobre las mujeres: un hombre podía “repudiar” —es decir, divorciarse— de su esposa por cualquier cosa que no le pareciera bien en ella (como quemar la comida, o hablar mucho) y simplemente echarla de la casa común. La dejaba así en la indefensión total, sin sustento y dependiendo del pariente que la quisiera “ayudar”. Pasaba a ser un bulto invisible, cuya suerte no importaba. Por eso la pregunta de los fariseos era un candente dilema: decir que el divorcio no era correcto (no era lícito) era contradecir nada menos que a Moisés; pero decir que sí lo era, significaba avalar una tremenda injusticia que se veía a diario, con sus terribles consecuencias para las mujeres repudiadas.

Por otra parte, los niños también eran “nadie”. Cuando Mateo relata la multiplicación de los panes, consigna que “comieron 5.000 hombres, sin contar las mujeres y los niños”. Es decir, los niños y las mujeres eran seres invisibles, que ni siquiera contaban en las estadísticas, ni pensar que pudieran tener derechos. Los niños de la época solo tenían deberes, como estar callados y no molestar a los adultos, por ejemplo, menos todavía a un importante maestro como Jesús.

En ambos casos Jesús toma decididamente partido por estos seres invisibles, que no tenían poder y que no podían retribuirle de ninguna manera. En el caso de las mujeres, plantea pasar de lo mínimo exigible para la convivencia, es decir, respetar la ley de Moisés, al máximo, que es más bien fundar la convivencia en el amor por la otra persona (“de modo que ya no son dos, sino una sola carne”). Cuando defiende a los niños, no solo los hace visibles, sino que además los pone como ejemplo a seguir. Buscar lo pequeño, abajarse (“se humilló hasta la muerte”, dirá luego San Pablo), como única forma de llegar a ser grande. Como la semilla que cae y se hunde en la tierra, porque solo así puede florecer. En un par de frases sobre los niños, Jesús nos explica su vida completa. Y los pone a ellos como referentes de nuestra posibilidad de aceptar el Reino de Dios.

Es curioso que el dilema de nuestros tiempos en torno al divorcio, sea justamente el opuesto: luego de siglos de seguir el tenor literal de este episodio (“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”) para negar la posibilidad de la separación de un matrimonio, pareciera que esta vez el clamor de las “nadie” va en el sentido opuesto. El resto de la situación, desgraciadamente, no ha experimentado grandes cambios. Los hombres siguen estando en una situación ventajosa frente a las mujeres, tal como en tiempo de Jesús. Baste recordar las situaciones evidenciadas a propósito de la pandemia, cómo aumentó la violencia contra las mujeres, cómo las cuarentenas encerraban a muchas mujeres en la trampa mortal en que se habían convertido sus propios hogares. Cómo nos enteramos que más del 80% de los padres simplemente no se hacía cargo de sus obligaciones para con sus hijos y no pagaba la pensión alimenticia, generando más angustia y sufrimiento en las madres de esos niños (“solo una vez he llorado en la calle, y fue a causa de la demanda por la pensión alimenticia”, me dijo una mujer hace poco). Es difícil considerar que será peor, la “situación de calle” en la que quedaban las mujeres repudiadas de Israel con sus siniestras consecuencias, o la cárcel de terror y sufrimiento en la que viven las mujeres de hoy cuando sus esposos desatan la violencia sobre ellas. En ambos casos, no hay ayuda o no llega a tiempo.

Sabemos que el Evangelio es buena noticia y la Palabra de Dios es liberadora. Que Jesús no temió cuestionar a Moisés por defender a las mujeres invisibilizadas de su época. Por eso pienso que este evangelio no podemos leerlo en clave del mínimo de lo lícito o legal (como los fariseos), sino más bien desde la óptica del máximo del amor. Jesús ya se nos adelanta a ponerse del lado de las mujeres y los niños ninguneados y sufrientes de nuestro tiempo, luchando decidido por su derecho a ser en plenitud.

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Mujeres Iglesia Valparaíso, Chile.