El Evangelio que anunciamos las mujeres. «El Reino de los Cielos, ¿dónde lo queremos vivir?»

Todos tenemos cabida para sentarnos a la misma mesa, tendremos que dejar la envidia de lado.

Yuilda Hidalgo Gutiérrez

21 septiembre, 2020, 9:34 am
7 mins

Domingo 20 de septiembre
Mateo 20, 1-16

Aprendan algo del Reino de los Cielos. Un propietario salió de madrugada a contratar trabajadores para su viña. Se puso de acuerdo con ellos para pagarles una moneda de plata al día, y los envió a su viña. Salió de nuevo hacia las nueve de la mañana, y al ver en la plaza a otros que estaban desocupados, les dijo: «Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Y fueron a trabajar. Salió otra vez al mediodía, y luego a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Ya era la última hora del día, la undécima, cuando salió otra vez y vio a otros que estaban allí parados. Les preguntó: «¿Por qué se han quedado todo el día sin hacer nada?». Contestaron ellos: «Porque nadie nos ha contratado». Y les dijo: «Vayan también ustedes a trabajar en mi viña». Al anochecer, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: «Llama a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos y terminando por los primeros». Vinieron los que habían ido a trabajar a última hora, y cada uno recibió un denario (una moneda de plata). Cuando llegó el turno a los primeros, pensaron que iban a recibir más, pero también recibieron cada uno un denario. Por eso, mientras se les pagaba, protestaban contra el propietario. Decían: «Estos últimos apenas trabajaron una hora, y los consideras igual que a nosotros, que hemos aguantado el día entero y soportado lo más pesado del calor». El dueño contestó a uno de ellos: «Amigo, yo no he sido injusto contigo. ¿No acordamos en un denario al día? Toma lo que te corresponde y márchate. Yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a llevar mis cosas de la manera que quiero? ¿O será porque soy generoso, y tú envidioso?». Así sucederá: los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos»”.

EL REINO DE LOS CIELOS, ¿DÓNDE LO QUEREMOS VIVIR?

Cada uno debe cuestionarse dónde y cómo lo quiere vivir, pero DIOS nos hace una invitación a todos por igual: hombres y mujeres, niños y ancianos, dueñas de casa y trabajadoras remuneradas… nos invita en distintos momentos de nuestra vida, no cuestiona lo que hemos hecho o hacemos… solo nos invita.

Pero en nuestra sociedad es difícil olvidar la cultura del mérito, de lo justo e injusto, donde se nos ha enseñado que se recompensa el mérito y no las necesidades, que NO nos permite pensar que es posible que el que trabaja una hora pueda ganar lo mismo que el que trabajó toda una jornada. Cuántas veces hemos querido que Dios haga lo que nosotros queremos, cuando y como lo queremos, pero nos olvidamos que Dios nos ama desinteresadamente y nos pide amar de esta misma manera.

Jesús nos invita a un mundo diferente, donde nuestra lógica de recompensa, poder, esfuerzo, ya no existe, Él nos invita a la gratuidad absoluta, del amor misericordioso, donde todos y todas somos iguales, pero la pregunta que nos debemos hacer es: ¿Estoy preparado, preparada para esta invitación?… que puede ser a cualquier hora o cualquier día y cuya recompensa es igual para todos y todas: VIVIR EL REINO DE LOS CIELOS EN LA TIERRA, con todos nuestros temores, debilidades o problemas, donde yo, mujer, madre, esposa, amiga, vecina, respondo a su invitación, abro mi corazón y le digo “estoy dispuesta a vivir tu reino aquí en la tierra” con todas las dificultades que esto conlleva, estoy dispuesta y me abandono a la voluntad del Padre.

Esta parábola, donde nuestro Padre se presenta como el dueño de la Viña, nos muestra un padre tierno, desinteresado, que nos ama y nos invita a su reino de amor, donde todos y todas llegamos a distintas horas, pero recibimos el mismo pago, porque todos tenemos cabida para sentarnos a la misma mesa, tendremos que dejar la envidia de lado, el creer que porque estoy en una comunidad hace muchos años y dedico gran parte de mi tiempo a ella, la paga será distinta a la de aquel que acaba de llegar, solo así daremos lugar a la diversificación, donde cada uno tendrá la posibilidad de responder a ese llamado poniendo sus talentos al servicio de los demás, algunos pondrán su tiempo, otros sus acciones, otros sus palabras, otros ayudarán económicamente, pero ninguno estará por encima del otro.

Vivamos el Reino de los Cielos aquí en la tierra, en el barrio, en el trabajo, en la casa, con el que está a tu lado y te necesita, actuando, escuchando, ayudando. No dejemos que la envidia colme nuestros corazones.

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Catequista Parroquia San Pablo, Antofagasta. Profesora de Química. Mujeres Iglesia Chile.