El Evangelio que anunciamos las mujeres. “El signo del compartir”

El primer signo de los cristianos no fue el de la cruz, sino que fue el signo del compartir.

Beatriz Mercado Perrin

24 abril, 2020, 11:36 am
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Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?». Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?». «¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!». Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?». Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y luego todos los profetas. Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quería seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día». Entró, pues, para quedarse con ellos. Y esto sucedió. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

EL SIGNO DEL COMPARTIR

El mismo día que resucitó el Señor, dice el evangelista, estos dos discípulos se devolvían, deprimidos, a Emaús, conversando y rumiando su tristeza. De pronto los alcanza un desconocido y se pone a caminar con ellos.

Es así como Jesús resucita en este Evangelio para Cleofás y su amigo, sin truenos ni luces brillantes o terremotos, sin que siquiera ellos se den cuenta. No llega a “salvarlos” de su depresión. Simplemente se pone a caminar con ellos, a acompañarlos en su pena, en su viaje de derrota de vuelta a Emaús. En este íntimo y poético relato brilla Jesús, maestro de relaciones humanas, mostrando sin alardes cómo “resucitar”, cómo “aparecerse” en la vida del que sufre. Se pone a caminar con ellos, se junta con ellos, no los observa desde la orilla del camino (“se les acercó y se puso a caminar a su lado”). No se presenta identificándose ni mostrándose como el Hijo de Dios (“algo impedía que sus ojos lo reconocieran”). Les deja contar sus penas desde su punto de vista, les deja desahogarse (“¿Qué pasó? Preguntó Jesús”). Solo cuando ellos callan después de contarle todo, el Resucitado ofrece una respuesta. Y la palabra del Maestro no presenta una solución mágica, no los salva del problema, no les dice algo como “¡Pero no se preocupen, si ya resucité y estoy vivo! ¿Ven?”. No, Jesús más bien le da sentido a la historia que acaban de contarle los discípulos (“¿No tenía que ser así y que el Cristo padeciera para entrar en su Gloria?”).

Toda una lección, para quienes observamos desde la orilla del camino las penurias de nuestros prójimos sin compartirlas ni un poco (pero por supuesto tenemos opinión de lo que deberían o no deberían hacer), los que cuando decidimos intervenir presentamos inmediatamente nuestros títulos y credenciales para reafirmar la importancia de nuestras palabras (de paso, intimidando a la persona que queremos ayudar), las que llegamos con bombos y platillos a presentar nuestras soluciones mágicas, cuando la gente lo que busca desesperadamente es ser escuchada, es encontrar un sentido para entender y poder soportar los tiempos difíciles que está viviendo.

Dice Viktor Frankl (psiquiatra alemán que fue prisionero en Auschwitz) que “la principal preocupación de la persona no es obtener placer o evitar el dolor, sino más bien ver un significado en su vida”. Y los discípulos sienten “arder el corazón” cuando Jesús, desde su tragedia recién contada, va descubriendo con ellos y para ellos un significado, un sentido que ellos no lograban ver. Es tan bueno lo que están descubriendo que no permiten que pase de largo y le piden “Quédate con nosotros, porque cae la tarde y se termina el día”. Es entonces, al sentarse a la mesa, que Jesús realiza el signo por excelencia, explicado en cuatro palabras que abren los ojos a los discípulos: “Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio”. Estas palabras eran usadas por las primeras comunidades cristianas para referirse a la Eucaristía como la Fracción del Pan o la Cena del Señor. Una podría decir que el primer signo de los cristianos no fue el de la cruz, sino que fue el signo del compartir.

La palabra de Jesús hizo “arder el corazón” y descubrir un sentido en la tristeza ciega. Pero es su acción de tomar, bendecir, partir y dar, la que finalmente lo revela ante los discípulos, la que permite que se les abran los ojos y lo reconozcan. Y el contagioso compartir de Jesús provoca que, estos ahora temblorosos y emocionados amigos, olviden que la tarde ya cayó y se terminó el día, tomen sus sandalias y vuelvan en medio de la noche a Jerusalén a contar su buena noticia.

Lo que digas para ayudar o motivar a alguien puede servirle mucho, puede hacerle descubrir un sentido, un significado en su vida. Pero será tu acción, tu compartir, lo que haga que finalmente la persona se ponga de pie y comience a andar. Jesús fue reconocido al compartir. Qué lindo será si sus seguidoras y seguidores somos reconocidas por el mismo signo.

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