El Evangelio que anunciamos las mujeres. “Estar junto al dolor compasivamente”

Jesús está en el dolor tal como está en el gozo, y nosotros nos topamos con Él todos los días.

Rocío Morfín Otero

23 noviembre, 2020, 10:12 am
8 mins

Domingo 22 de noviembre de 2020
Evangelio según San Mateo 25, 31-46

Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

ESTAR JUNTO AL DOLOR COMPASIVAMENTE

El Evangelio de Mateo es rico en imágenes opuestas: reunir y separar, ovejas y cabras, izquierda y derecha, benditos y malditos, castigo y vida. A primera vista, el Evangelio puede dejar la sensación de un mundo maniqueo dividido entre buenos y malos. Sin embargo, las dicotomías se integran al escuchar que Jesús se encuentra a sí mismo en “uno de esos hermanos míos tan pequeños”; habita en los que sufren de hambre, de sed, los que están desnudos, en el dolor de los enfermos, de las personas que están presas.

Si queremos encontrarlo a Él habrá que desaprender a hacer el bien a partir de la obediencia, de lo que dicta la ley.

Si queremos encontrarlo habrá que toparnos con el sufrimiento humano, empatizar, compadecernos.

Este Evangelio es quizá un grito desesperado de un Jesús que percibe la insensibilidad de su pueblo.

¿Qué hacemos con el dolor? Esta es la pregunta que lo moviliza a Jesús en un momento difícil pues sabe que lo andan buscando para matarlo. El tiempo que le queda es corto y me conmueve que su preocupación antes de su muerte sea justo “los hermanos míos tan pequeños” que sufren y encuentra en su camino.

Jesús es guiado por la compasión; lo único que le importa es aliviar el sufrimiento humano y ni siquiera el suyo propio. Señor, ¿cuándo te dimos de comer?

Sino porque así, compadeciéndonos, es como el corazón se nos ablanda, porque podemos ser frágiles y llorar a llanto tendido y besar a los que se nos van. Porque podemos ser como Él; compasivos, compasivas con este dolor nuestro, como lo nuestro es el otro.

Abrirnos a tocar el dolor que deja el miedo, la vergüenza, el hastío, el cansancio, el hambre, la enfermedad: eso es sanador, integra todos nuestros opuestos, nos unifica, nos hace sentir espejos cercanos unos de otros.

Jesús está en el dolor tal como está en el gozo, y nosotros nos topamos con Él todos los días. Lo sentimos, solo que muchas veces corremos asustados ante ese dolor a buscar un refugio, solo para darnos cuenta que, por lo regular, ese refugio engaña.

Sanar el dolor nomás porque sí, porque en el dolor estamos todos y si seguimos los pasos en esos evangelios de Mateo, descubriremos que a la vuelta de la esquina estará, esperándolo a Jesús y esperándonos, una mujer con un perfume carísimo, que se le acerca con una emoción descontrolada, y lo besará y le untará de su aceite y llorará porque sabe que a su Maestro lo quieren matar. Así se aprende a estar junto al dolor compasivamente.

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Guadalajara, México. Madre de dos hijas, psicoterapeuta, autora de “De hechiceras a profetas”.