El Evangelio que anunciamos las mujeres. «Jesús se acerca a cada una»

Para entregarnos el mensaje de esa experiencia tan sensible que mantiene con su Padre del cielo. Una experiencia centrada en la cercanía, en la ternura y en el amor.

Raquel Sepúlveda Silva

07 mayo, 2021, 4:51 pm
9 mins

Domingo 9 de mayo de 2021
Evangelio según San Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto dure. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre Él se los concederá. Esto les mando: que se amen unos a otros».

JESÚS SE ACERCA A CADA UNA

Jesús se acerca a cada una, a cada uno de nosotros, para entregarnos el mensaje de esa experiencia tan sensible que mantiene con su Padre del cielo. Una experiencia centrada en la cercanía, en la ternura y en el amor. Y con total generosidad nos permite descubrir cómo somos llamadas a vivir perseverando en ese amor, y al que todos somos invitados como a una cena en la que nadie puede ser restado, como una fiesta en que todas y todos somos invitados a celebrar.

Este acercamiento con el Resucitado se hace más profundo en la experiencia de aquellos hermanos nuestros que, con total humildad, confían de su necesidad de tenerlo cerca, de sentir al Maestro. Se fundan en su experiencia humana de múltiples formas y lo sienten cerca en medio de sus carencias donde las estructuras sociales los ubican al margen.

Sienten la necesidad de sentirlo cerca, por esa pobreza que experimentan, una pobreza injusta que llena sus ojos de tristeza, por esa desigualdad que es arbitraria. Por esa dignidad que les ha sido arrebatada, porque nadie lo percibe tan vívidamente como ellos. Por ese medicamento que no pudo llegar a tiempo, y esa espera dolorosa para atenderse con el médico, porque nadie esa mañana los miró a los ojos, ni tampoco les preguntó qué sintieron. Por ese alimento que no se consiguió esa mañana. Porque en mitad de la noche, se empezó a llover el techo y todo se mojaba.

Ahí es cuando en medio de la nada, Jesús nos busca, nos elige para pedirnos salir al encuentro de estos hermanos y anunciarles su mensaje: “Permanezcan en mi amor”, mensaje que trasciende la pobreza, la marginalidad, porque el amor de este Padre Madre en la ternura, se regala acariciando el rostro que sufre.

El único mandato que recibimos del Padre a lo largo de toda nuestra vida, a través de todas aquellas experiencias, tanto de alegría como de dolor, es que seamos capaces de hacerlo todo por nuestros hermanos, sin condiciones, hasta dar la vida si es necesario. Claro que lo podemos hacer, toda vez que olvidándonos de nosotros mismos, caminamos al encuentro de la hermana, del hermano, para con un abrazo mitigar esa angustia de la incertidumbre, o calmar la tristeza de una partida.

“Ámense los unos a los otros como yo los he amado” es la invitación, que no porta condiciones y que nos libera del ego que muchas veces nutre nuestro corazón. El mismo ego nos encadena en estructuras donde no somos capaces de rescatar el verdadero valor de nuestros hermanos y hermanas, ni promover en la vida comunitaria que estamos todos llamados a desarrollar. Si nos dejamos amar, les permitimos descubrirnos como en verdad somos, conocernos en nuestra verdadera dimensión, y crecer en nuestra genuina manifestación de mujeres que buscamos en profundidad el mensaje de Dios, con nuestras fortalezas y debilidades, con aquello que nos avergüenza y lo que nos enorgullece, con nuestras luces y sombras. Quisiera mostrarte y decirte que son parte de aquello que habita en mí.

La generosidad del Maestro es tanta, que en este mismo gesto calmo y sencillo con que es capaz de sentarse en la mesa común y compartir el pan, es también capaz de dar a conocer de manera pura y espontánea todo lo aprendido de su Padre de los cielos. Con total sencillez nos compartirá en la intimidad del amigo, que con corazón abierto, en la profunda confianza de quien todo lo quiere compartir, nos acerca a su propia experiencia de hijo, y nos expresa de qué es capaz este Padre, para hacernos también partícipes de esa alegría.

Por esta confianza de corazón amigo a corazón amigo, que tú, Jesús, nos ofreces, es que hoy quisiera poder expresarte que tantas han sido tus formas de esperarnos, que las agradecemos todas, porque cada una nos ha convencido más aún de que nunca has dejado de amarnos y nunca lo harás. Así lo has hecho con cada uno de nuestros hermanos, creyendo plenamente en cada una de nosotras. En toda esta historia nuestra en común, desde hace ya tantos años, en que has caminado con nosotras, con paciencia de Padre y de Madre, es que hoy venimos con corazón abierto a agradecerte por tanto y por tantas personas que has puesto en nuestra vida para crecer y para aprender a amar.

Tú sabes de nosotras más que nosotras mismas. Dispón de nosotras, libéranos de las cadenas que nos pusieron históricamente y que nosotras, también, nos hemos creado. Destínanos para servir y dar más fruto, y vivir finalmente según lo que tú nos pides… Amar, para vivir según lo aprendido del Espíritu, de haber sido elegidas, y de haber sido unidas en comunidad.

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Rancagua. Mujeres Iglesia.