El Evangelio que anunciamos las mujeres. «La gracia de Dios no se negocia»

El amor, la misericordia, la gracia y la bendición de Dios no se comercia, no se intercambia, no se negocia.

Bernardita Zambrano Chávez

05 marzo, 2021, 12:13 pm
10 mins

Domingo 7 de marzo de 2021
Evangelio según San Juan 2, 13-24

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quiten esto de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará. Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruyan este Santuario y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús. Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera, pues él conocía lo que hay en el ser humano.

LA GRACIA DE DIOS NO SE NEGOCIA

“Subir a Jerusalén” es una práctica del pueblo judío. La peregrinación tiene todo un sentido ritual: caminar juntos como pueblo, al lugar santo para encontrarse con Dios (cf. Sal 122, 1-4). Por el camino, el pueblo va orando con los salmos, alabando y agradeciendo por la acción de Dios en sus vidas. Fue la experiencia que hizo también Jesús, primero con José y María, recordemos que cuando niño se perdió, al quedarse entretenido con los maestros de la ley en el templo, mientras sus padres partían de vuelta en la peregrinación (Lc. 2, 41-51).

En esta ocasión, Jesús va con sus discípulos y discípulas. Ha sido un largo caminar deteniéndose para comer, para compartir, para orar. Entre ellos, va también María Magdalena. Se aproximan al lugar Santo, al gran templo y la paz con la que han venido peregrinando, se interrumpe con los gritos de la gente y el balar de los animales para los sacrificios. El ambiente es un poco caótico, mucha gente venida de todos lugares en la búsqueda de Dios, de su gracia, de su perdón, de su bendición. María Magdalena desde su corazón y entrañas observa este escenario: diversos predicadores anunciando al Dios de los patriarcas, al Dios de Moisés, al Dios que invita a cumplir la ley. Ella observa a las familias, algunas muy pobres, contando hasta la última moneda para poder pagar el animal puro, sin defectos que la ley exige para el sacrificio. Observa también en el Atrio de los Gentiles, a los cambistas de monedas. Los judíos no podían ingresar monedas extranjeras, sino las que se acuñaban en Tiro: comercio religioso, tolerado por los sacerdotes, del que percibían una parte de las ganancias. El corazón de María Magdalena y su mirada se detienen en los sacerdotes, preparados con sus cuchillos para dar el corte certero al animal que va a “satisfacer a Dios” realizando ese sacrificio que por años los creyentes han hecho para obtener el favor de Dios.

María Magdalena nunca entendió que Dios, en Quien ella creía y que ahora Jesús anunciaba como un Dios compasivo, misericordioso, un Dios que se conmueve ante el dolor y se maravilla ante su creación, quisiera para sí, la sangre de animales descuartizados, la sangre de un corderito o un tierno ternero, no lo entendía. Por eso, cuando vio a Jesús hacer un látigo, sus ojos se maravillaron, era como si algo interiormente se ajustara. La acción de Jesús fue irascible, algo dentro de Él explotó y la rabia fue incontenible, muchos trataron de detenerlo, pero Él volcó la mayor cantidad de mesas de monedas de cambio y soltó a los animales, a los que más pudo. Muchos no entendieron su actuar, pero María Magdalena halló en ello algo de paz, para ella esta acción tenía detrás una verdad mayor a descifrar.

Jesús solo dijo: “Quiten esto de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado”, pero luego a quienes le seguían les explicó que la gracia de Dios y su amor no eran objeto de comercio, Dios jamás negocia con nosotras/os su perdón, su misericordia. Que el corazón humano era duro de entender, pero que el amor incondicional de Dios no exigía nada a cambio, era gratuito y que esa gratuidad del amor de Dios era lo que permitía que los hijos e hijas que se podían extraviar en el camino, retornarán a su padre madre Dios, no por miedo, sino por amor.

Si bien es cierto, el evangelio no menciona a María Magdalena, ni todo lo que me imaginé, este episodio se relata en los cuatro evangelios, por tanto, ocurrió y, sin duda, ella como apóstola, estuvo ahí. Ella vio, pensó y reflexionó lo ocurrido. El sacrificio era una acción sagrada realizada desde antiguo, pero entonces ¿Abraham, Moisés, Jefté, que sacrificó a su propia hija, y otros tantos, se equivocaron? No necesariamente, ese era el modo, en su tiempo, como entendían su relación con Dios. Pero Dios se sigue revelando, y el culmen de la revelación fue en Jesucristo. Es Él quién nos muestra un nuevo modo de relacionarnos con Dios y nos ha dejado su Ruah Espíritu, para que sigamos descubriendo cómo es Dios y qué quiere y pide de nosotras/os en este tiempo.

Jesús lo dejó claro: “Misericordia quiero, no sacrificios” (Mt.12, 7). Y nosotros/as hoy, que tenemos la asistencia de la Ruah Espíritu, cómo se está revelando Dios a esta generación, qué prácticas ya no nos sirven para entender o acercarnos a Dios, qué nos tiene que encolerizar, qué es lo que tenemos que dejar fuera y sacar con látigos de nuestras experiencias religiosas.

Mientras respondemos, nos quedamos con la gran verdad de este episodio: el amor, la misericordia, la gracia y la bendición de Dios no se comercia, no se intercambia, no se negocia.

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Religiosa del Sagrado Corazón de Jesús. Mujeres e Iglesia.