El Evangelio que anunciamos las mujeres. «La semilla en la tierra, tu pueblo»

El Reino de Dios es un don gratuito que nos toca ofrecerlo a los demás como invitación a una vida más plena.

María Raquel Ojeda López

11 junio, 2021, 3:18 pm
7 mins

Domingo 13 de junio de 2021
Evangelio según san Marcos 4, 26-34

Jesús decía a sus discípulos:

“El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”.

También decía: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”.

Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

LA SEMILLA EN LA TIERRA, TU PUEBLO

Jesús sale a nuestro encuentro con dos parábolas para hablarnos del Reino: la de la semilla que crece sola y la del grano de mostaza. Antes de adentrarnos en estos pasajes, hagamos un pequeño alto y detengámonos en la palabra “reino”, al que ambas parábolas apuntan. Lejos de describir un territorio poderoso en un mapa, tiene más bien que ver con esa relación profunda, íntima con Dios que nos transforma no solo en hermanos y hermanas entre nosotros, sino en “su” pueblo. ¿Cómo las parábolas nos hablan de ello?

La primera parábola, la de la semilla que crece sola, nos presenta casi una dimensión gestacional, embrionaria, maternal. El Reino se “siembra”, se “gesta” en la humildad de la tierra; en ese “humus”, la semilla se nutre y expande a partir de la unión profunda con el suelo; el evangelio enfatiza que todo ocurre sin que la persona que ha sembrado sepa cómo sucede.

Y esa semilla plantada va desarrollando su propia potencia sin intervención del sembrador: “Sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”. En definitiva, el Reino de Dios no lo ganamos con esfuerzo o buenas acciones, y menos es un premio al que tengamos derecho; más bien, el Reino de Dios es un don gratuito que nos toca ofrecerlo a los demás como invitación a una vida más plena.

“La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga”. Otra vez la tierra, la encarnación, la compenetración con el suelo, con la realidad. Los gozos y esperanzas, alegrías y dolores de nuestros hermanos y hermanas son señalados como itinerario de formación y servicio; como criterio de discernimiento de nuestras decisiones. Si nos volvemos disponibles a la encarnación humilde, concreta, alimentada en la escucha del otro, de la otra, pronto nuestro corazón se volverá inquieto y ávido de conocer, amar y seguir a Cristo Hermano, y él nos dirá: “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos e hijas de Dios” (cf Mt 5,9). Ese es el Reino que Jesús nos propone, un Reino que crece en la tierra, en el suelo, en su pueblo.

¿Nos dejamos transformar por ese suelo-pueblo? ¿Recordamos experiencias de profundo abandono a la Providencia? ¿Reconocemos en nuestro entorno a personas generadoras de nuevas realidades, más justas y fraternas?

En la segunda parábola, Jesús elige una semilla específica: la de mostaza, que es la más pequeña que se conocía en estos tiempos. A primera vista hasta insignificante; pero con la potencia para llegar a ser un árbol grande, donde anidan los pájaros y otros pueden gozar de su sombra. Y nos dice que así es esta relación con Dios; que toma nuestra pequeñez, pero también nuestra fuerza interior, los deseos de bien, de verdad y justicia que tenemos en el corazón para crear nuevas realidades. ¡Cuánta esperanza en acción si al votar, trabajar, crear, educar, tomáramos conciencia del destino pleno al que estamos llamadas, llamados unos con otros!

El evangelio va concluyendo: “No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo”. ¡Que la Ruah, Espíritu de Dios, sople sus dones para que vivifique nuestro abandono a la Providencia que hace crecer la semilla en la tierra, en el pueblo! ¡Que ella nos explique estas parábolas, para poder vivir cada día un poco más el Reino de Jesús! Ese Reino donde Dios incluso se sirve del más pequeño, de la más pequeña, para grandes obras de amor en el servicio y la comunión.

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Mujeres Iglesia Santiago.