El Evangelio que anunciamos las mujeres. «Más allá de lo sobrenatural: escucharle»

Seguimos teniendo la oportunidad de escuchar a Cristo, repasar sus palabras.

Eli Jiménez

26 febrero, 2021, 1:09 pm
8 mins

Domingo, 28 de febrero de 2021
Evangelio según San Marcos 9, 2-10

Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle».

Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos».

MÁS ALLÁ DE LO SOBRENATURAL: ESCUCHARLE

Siempre que he leído esta lectura no dejo de imaginarme, quizás producto de tanto cine de ciencia ficción, un escenario totalmente sorprendente: vestidos resplandecientes, Jesús transfigurado, bello e imponente, Elías y Moisés aparecidos de la nada, admirados padres del pueblo judío conversando con este ser sobrenatural en el que se había transformado Jesús. En mi imaginación veo luces, brillos, cielo y fuego. Cosas tan grandes y sorprendentes que llegan a atemorizar a los tres hombres simples que han subido como compañía. Y agreguémosle además esa demostración del poder de Dios manejando la naturaleza, y hablándoles a ellos, pequeños, sencillos, ignorantes. «Este es mi Hijo amado, escuchadle», les dice. Tal vez se los dice con un sonido ensordecedor o tal vez se los deposita susurrando en su corazón. Y de pronto ya no hay nada más, sino nuevamente su amigo al lado de ellos, quien les pide que no cuenten nada hasta que el Hijo del Hombre, resucite entre los muertos.

Cualquiera diría que ante semejante demostración de gloria y poder como la experimentada por estos tres seres humanos, ninguno podría dejar de hablar de ello. Pero los discípulos se centran en las palabras de Jesús, tratando de entender qué es lo que ha dicho… obedientes, tal vez sin querer, a lo que Dios Padre y Madre les había pedido… que escucharan.

Muchas veces vemos estos despliegues de “espectáculo”, por supuesto mucho más terrenal que lo vivido por los discípulos, en grandes basílicas, o en transmisiones muy bien dirigidas de encuentros de fieles, oraciones masivas que te sobrecogen por el poder que te entregan, festivales de cantos espirituales o retiros (o conferencias, seminarios) dictados por personas famosas, trajes brillantes púrpuras o dorados. Y quedamos embelesadas, embelesados.

Este mismo embelesamiento o seducción puede aparecer cuando vamos a misa. Escuchamos y nos dejamos sorprender por el encanto o la fama de un sacerdote, o por el ambiente que nos rodea o por los cantos que se entonan. Pero se nos invita es escucharlo a Él.

En los últimos días algunas lecturas han hablado de la forma de orar, incluso Jesús nos la ha enseñado regalándonos el Padre Nuestro, se ha hablado de cómo en la oración pedimos signos y respuestas (¿esperamos tal vez lenguas de fuego y voces portentosas que nos den consejos?).

Y mientras tanto seguimos teniendo la oportunidad de escuchar a Cristo, repasar sus palabras. Como seres humanos siempre estamos pensando qué respuesta inteligente daremos al que nos pregunta (incluso MIENTRAS nos pregunta), qué discurso de vuelta entregaremos para impresionar al otro u otra, cómo demostraremos a quien nos oye cuan capaces somos, y seguimos sin escuchar, sin siquiera escuchar nuestros propios pensamientos y sentimientos.

Y esa sordera, compartida como sociedad, nos hace alejarnos del mensaje verdadero del Reino de Dios, porque ¿quién haría guerra si se dice enamorado de Jesús? ¿Quién de los que decimos amarlo actuaría sin pudor para acumular cientos de millones de pesos cuando hay miles con hambre a dos kilómetros de distancia de sus casas acomodadas? Si realmente escucháramos a Cristo ¿cómo podemos despreciar o ser indiferentes a los migrantes que confiaron en los pueblos que escogieron como destino? Si realmente comprendiéramos lo que este revolucionario lleno de amor hizo y cómo amó, no dejaríamos a nadie indefenso, sin comida, encarcelado, sin patria, sin una cama de hospital digna, sin consuelo.

Nos dejamos llevar por las luces y brillos de momentos sorprendentes, pasamos la vida buscando situaciones llenas de milagros o magia, o conocimientos inagotables para alimentar nuestra mente, esa felicidad que algunos ratos nos otorga la vida y desperdiciamos el momento de la calma y esperanza de escuchar a Jesús. Bien por los discípulos que trataron de entender las pocas palabras de Cristo, pese a los múltiples estímulos a los que habían sido testigos. Hoy nosotras y nosotros podemos seguir su ejemplo y escuchar a este hombre que escogió los tiempos sin radio, televisión o internet para visitarnos, tal vez para que esas pequeñas primeras comunidades conversaran y meditaran sobre su Mensaje.

Ahora es el momento de esta generación, para que logremos escucharle sin mediaciones o interpretaciones, o envuelto en oro, ruido y espectáculo, sino centrarnos en la Palabra de Jesús, en lo que nos llega al corazón cuando oramos en silencio y a solas, en lo que nos dicen los humildes, los que son Cristo en la tierra, y en las pequeñas experiencias de la vida diaria.

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