El Evangelio que anunciamos las mujeres. “No pudo hacer allí ningún milagro”

Jesús vino a los suyos, y ahora los “suyos” somos todas nosotras, ¿lo reconocemos cuando sale a nuestro encuentro una y otra vez, bajo diversas formas en nuestra vida cotidiana? ¿Lo reconocemos cuando nos pide actuar a favor de las víctimas, apoyándolas en su grito y deseo por la verdad, la justicia y la reparación?

Alexandra Cabrera

07 julio, 2018, 2:11 pm
9 mins

Domingo 8 de julio
No pudo hacer allí ningún milagro” (Mc 6, 1-6)

El Evangelio que nos propone la Iglesia para la liturgia de este domingo, una vez más nos ofrece la oportunidad de relacionar el comportamiento humano de sus protagonistas con nuestro propio actuar, y analizarlo a la luz de los actuales acontecimientos, los que mantienen al Pueblo de Dios con el corazón apretado a la espera de un desenlace justo y necesario.

Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos, nos narra Marcos. Podríamos suponer que Jesús fue para hacer una visita a su familia, más no es así, su propósito era revelar en su pueblo la Buena Noticia que trae de Dios. Lo que ya había hecho en su recorrido por Galilea, ahora toca mostrarlo en Nazaret. El ir acompañado de sus discípulos lo explica, pues le señala como maestro, como “rabbí”, y en esta condición empieza a enseñar aquel sábado en la sinagoga de su aldea natal.

“¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?”, se pregunta la muchedumbre asombrada al oírle, probablemente al comienzo le han escuchado entusiasmados, pero luego, más de alguno ha empezado a comentar su extrañeza que esta extraordinaria sabiduría y los milagros sean dados a alguien tan conocido. Uno igual a ellos, al que conocen las rutinas diarias, del que manejan historias y chismes —y pronto este cuestionamiento se va generalizando en los presentes—. Esa actitud podría responder a un sentimiento de envidia que rápidamente les lleva a pensar: ¿Cómo aquél, el hijo del carpintero y de María, puede ser capaz de tales prodigios, cómo y por qué el mismo que correteó en la calle con ellos, al que han visto crecer, ha llegado a ser capaz de lo que están observando? No encuentran respuesta desde su razonamiento humano, el verdadero problema es que no creen en Jesús, no comprenden el misterio de Dios que se manifieste en Él.

Así, el rechazo al mensaje de Jesús en la sinagoga se debe al contenido revolucionario que expuso: el Reino de Dios resumido en las Bienaventuranzas. Esto no se ajustaba a las creencias tradicionales y las expectativas del pueblo, quienes estaban esperando un mesías político que los salvara de la opresión de los romanos. Por eso se asombraron, se escandalizaron y se indignaron ante el discurso de Jesús.

Ante el rechazo, el Mesías responde que “no desprecian a un profeta más que en su tierra entre sus parientes y en su casa”. Al comienzo del Evangelio de Juan hay unos versículos que resumen esta experiencia vital de Jesús: “Aquel que es la Palabra, estaba en el mundo, y aunque Dios hizo el mundo por medio de él, los que son del mundo no lo reconocieron. Vino a su propio mundo, pero los suyos no lo recibieron” (Juan 1,10-11).

Sentir el rechazo de la propia gente de uno es verdaderamente algo muy doloroso, pero Marcos nada dice de lo que esta reacción ha provocado en Jesús. No obstante, podemos imaginarnos el profundo sufrimiento que debe haberle causado el distanciamiento que se ha producido entre Él y los suyos.

Tal vez el solidarizar con su dolor a propósito del Evangelio de hoy, nos disponga a mirar Su sufrimiento de siglos y siglos al contemplar cómo en su nombre o bajo el amparo en su nombre se han cometido las más brutales atrocidades. El dolor de hombres y mujeres, de las víctimas de todos los tiempos: las conocidas y las sumidas en el anonimato. También las que nos acompañan ahora sin que lo sepamos, porque aún están en etapa de procesar sus heridas. Es el dolor de Dios quien padece por ellas y en ellas. Dejémonos un tiempo para meditar en el dolor de nuestro Dios ante lo que hizo la Iglesia en nombre suyo.

Aunque nos cueste, a algunas más que a otras, es necesario hacer un esfuerzo por mirar con los ojos de Dios también a los victimarios. No debe ser menor el sufrimiento de Dios al contemplar cómo sus ministros han entrado en una espiral de abuso y se han alejado sistemáticamente del servicio que debían prestar a todos los miembros de la Iglesia. Especialmente a sus predilectos, los débiles, los niños y niñas, y las mujeres. Mirarlos con ojos de misericordia y sintiendo el dolor de Dios por el daño causado en víctima y victimario, sin embargo, no se debe malentender; no significa esperar que los delitos no se denuncien ni se castiguen. Significa empatizar con el dolor, y con el anhelo de un “nunca más”, buscar la verdad, la justicia y la reparación.

No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Sin la fe, el Reino que Él predica no se puede experimentar. Por tanto, presenciar incluso un gran milagro no iba a cambiar esa realidad.

Aprovechemos la oportunidad que nos da este Evangelio para cuestionar también nuestras propias actitudes, en especial aquellas que causan dolor en otros y a Dios mismo, y nuestra falta de fe que impide los milagros de Dios.

Jesús vino a los suyos, y ahora los “suyos” somos todas nosotras, ¿lo reconocemos cuando sale a nuestro encuentro una y otra vez, bajo diversas formas en nuestra vida cotidiana? ¿Lo reconocemos cuando nos pide actuar a favor de las víctimas, apoyándolas en su grito y deseo por la verdad, la justicia y la reparación? Cristo quiere encontrarnos, tocar nuestra vida para transformarla. Pidámosle nos conceda la gracia de saber reconocerlo, recibirlo y de franquearle las puertas del corazón hasta las profundidades de nuestro ser. Amén.

* Queridas hermanas, queridos hermanos, les enviamos una nueva homilía del Evangelio que anunciamos las mujeres. Nos alegramos y agradecemos los ojos y la voz nueva de mujeres que se atreven a decir y orar el evangelio para nuestras comunidades. Estas van enriqueciendo nuestra capacidad de comprender y ampliar el mensaje de la Palabra, el mensaje de Jesús. Les invitamos a escuchar, meditar y compartir esta homilía, que nos invita a salir del silencio y hacernos profecía viviente con toda la fecundidad que hay dentro de nosotras. Pueden encontrar todos los comentarios anteriores en Facebook, Mujeres Iglesia Chile, y en la página de la Revista Mensaje: https://www.mensaje.cl/category/noticias/iglesia/


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Fuente: https://www.facebook.com/MujeresIglesiaChile/

Profesora. Mujeres – Iglesia Chile.