El Evangelio que anunciamos las mujeres. «Panes y peces ofrecidos al mundo, convertidos en milagros»

El verdadero milagro se produce cuando somos capaces de compartir, de salir al encuentro del otro, poner lo que somos y tenemos al servicio de los demás.

Paulina Henríquez

23 julio, 2021, 11:24 am
11 mins

Domingo 25 de julio de 2021
XVII Domingo del Tiempo Ordinario: Evangelio según San Juan 6, 1-15

Después Jesús pasó a la otra orilla del lago de Galilea, cerca de Tiberíades. Le seguía un enorme gentío, a causa de las señales milagrosas que le veían hacer en los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, pues, levantó los ojos y, al ver el numeroso gentío que acudía a él, dijo a Felipe: «¿Dónde iremos a comprar pan para que coma esa gente?». Se lo preguntaba para ponerlo a prueba, pues él sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientas monedas de plata no alcanzarían para dar a cada uno un pedazo». Otro discípulo, Andrés, hermano de Simón Pedro, dijo: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es esto para tanta gente?». Jesús les dijo: «Hagan que se siente la gente». Había mucho pasto en aquel lugar, y se sentaron los hombres en número de unos cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio las gracias y los repartió entre los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron. Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que han sobrado para que no se pierda nada». Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos que no se habían comido: eran las sobras de los cinco panes de cebada. Al ver esta señal que Jesús había hecho, los hombres decían: «Este es sin duda el Profeta que había de venir al mundo». Jesús se dio cuenta de que iban a tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, y nuevamente huyó al monte él solo”.

PANES Y PECES OFRECIDOS AL MUNDO, CONVERTIDOS EN MILAGROS

El Evangelio de hoy es uno de los primeros pasajes de la Biblia que recuerdo haber escuchado en el colegio, en las clases de religión. Se me viene a la mente un dibujo de los canastos llenos de panes y pescados, intentando reproducir ese acto de magia que yo imaginaba había ocurrido en el lago de Tiberíades.

Quizás, como yo, muchas personas nos quedamos por largo tiempo con esa imagen de la infancia, del Jesús “hacedor de milagros”… según la RAE, los milagros son “sucesos extraordinarios y maravillosos que no pueden explicarse por las leyes regulares de la naturaleza y que se atribuyen a la intervención de Dios o de alguna fuerza sobrenatural”.

¿Cuántas veces hemos orado al Señor, esperando un acto de magia? “Que me vaya bien en la prueba”, pero sin haber estudiado lo suficiente… “que consiga un mejor trabajo”, pero no nos atrevemos a buscar en otro lugar… etc.

Crecemos con la idea de que Jesús hizo milagros como si fuera un mago, y mientras nuestra fe va madurando, nos vamos haciendo conscientes de que esto no es así. Muchas veces pasamos por experiencias de dolor y muerte que nos hacen renegar de Dios, y perder toda la confianza, toda la esperanza porque pedimos, equivocadamente, “un acto de magia”.

Al contemplar la escena hoy, en esa imagen de la infancia, comienzo a incorporar a tres personajes que me parecen relevantes: el niño con sus cinco panes y dos peces, Felipe y Jesús.

El niño, que quizás pensó dos veces antes de entregar sus panes y peces, que perfectamente pudo guardar para sí y que nunca imaginó que, con lo poco que tenía, terminaría alimentando a una muchedumbre, me habla del desprendimiento y la entrega generosa que el Señor nos invita a vivir.

Felipe, que no supo entender la pregunta que Jesús le hizo para probar su confianza en Él, me hace pensar en todas aquellas veces en que no nos creemos capaces de resolver un problema, tomar una decisión importante o sortear una dificultad, porque simplemente sentimos que todo el peso recae sobre nuestros hombros, y no vemos que sin Dios no podemos hacer nada.

Jesús, que cansado buscaba un lugar para estar tranquilo, y sin embargo al levantar la mirada hacia su pueblo, reconoce su necesidad. Que, al ver a este niño, agradece al cielo por los cinco panes y dos peces que le entrega para saciar a la multitud, me muestra que lo poco que podemos ofrecer al mundo puede ser un gran beneficio para quienes se encuentran a nuestro alrededor.

Y entonces me pregunto, ¿es simplemente un “acto de magia” lo que presenciaron ese día esos más de 5 mil hombres y otras tantas mujeres y niños? Sin duda que un milagro es mucho más que eso… El verdadero milagro de Jesús en Tiberíades es hacer que lo poco que podemos tener, con su gracia, se puede multiplicar en favor de muchas personas e incluso de nosotros mismos. El verdadero milagro se produce cuando somos capaces de compartir, de salir al encuentro del otro, poner lo que somos y tenemos al servicio de los demás.

Más sobrecogedor aún resulta darse cuenta que Jesús nos muestra en el evangelio que responder al clamor de su pueblo no es algo que puede hacer solo. Si la justicia, la equidad y la paz son los milagros que hoy deseamos, no cabe duda de que Jesús cuenta con todos nosotros para que ellos se completen.

Y si de hacernos parte del milagro se trata, muchas mujeres se me vienen al corazón. Pero especialmente tres me hablan hoy del milagro de Jesús. En primer lugar, mi madre —y probablemente la de muchos y muchas que hoy leen estas líneas— que, con sus luces y sombras en el camino de la crianza, se ha entregado por entera al cuidado de la familia. Esta entrega ha implicado en muchas ocasiones poner siempre nuestro bienestar por encima, incluso, de sus propias necesidades, de sus apegos, de sus propias comodidades y también miedos.

Elena Caffarena, una de las feministas más importantes del siglo XX en la sociedad chilena y precursora del derecho a voto para la mujer en nuestro país, que, con una gran sensibilidad hacia la injusticia social, dedicó su vida de abogada a luchar por los derechos de la clase obrera y la emancipación de las mujeres, en circunstancias en que los derechos reservados a estas las situaban en plena inferioridad con respecto a los hombres.

Teresa de Calcuta, religiosa fundadora de la congregación de las Misioneras de la Caridad en Calcuta, Nobel de la Paz en el año 1979, que dio consuelo a tantos hombres y mujeres en situaciones de miseria y sufrimiento, mostrándonos con su vida que la verdadera alegría se encuentra en compartir, en dar, en amar con la misma gratuidad de Dios que rompe la lógica del egoísmo humano.

En ellas, veo panes y peces ofrecidos al mundo convertidos en milagros. ¿Cuáles son tus panes y peces que tienes hoy para ofrecer al Señor? ¿Cómo ayudamos a Jesús a completar su milagro?

Con el tiempo, sin duda, nuestra experiencia de fe nos va cambiando la perspectiva de este Jesús que, por cierto, no es un mago, sino que más bien cuenta con nuestra propia voluntad para colaborar con la construcción del Reino de Dios en la Tierra. Este Jesús que, a través de sus milagros, nos muestra su infinito amor, su infinita misericordia y providencia, y su infinita confianza en la humanidad para hacer que su Reino en la Tierra sea perfecto.

Pidamos al Señor que haga “un acto de magia” en nuestro corazón, que nos conceda la gracia de la entrega, de la confianza en Él y en su providencia, para ofrecer al mundo nuestros propios panes y peces, para que seamos cada día más hacedoras y hacedores de milagros junto a Él.

Amén.

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