El Evangelio que anunciamos las mujeres. Salir del desierto con Jesús

¡Queridas amigas y compañeras de ruta, queridos amigos! Desde el primer domingo de Cuaresma, y hasta el último domingo del año litúrgico 2018, estaremos compartiendo con ustedes una reflexión sobre el Evangelio dominical. Con ello queremos visibilizar y compartir una palabra dicha por mujeres sobre la Palabra.

Carolina del Río Mena

02 marzo, 2018, 4:29 pm
4 mins

Domingo 18 de febrero
Salir del desierto con Jesús (Mc 1, 12- 15).

El Evangelio de hoy nos anima a la tarea, como a Jesús. La Ruah “le empuja al desierto”, nos dice Marcos. Después de ser bautizado por Juan Bautista, Jesús se adentra en esas arenas rosado-anaranjadas, en ese espacio propicio para la escucha, la contemplación, la toma de decisiones. Y la Ruah no le abandona. Le da la fuerza para vencer las tentaciones mientras se mezcla “entre los animales del campo”. Es el Espíritu de Dios que lo anima y lo sostiene. Y al volver a Galilea, Jesús vuelve cambiado. Veamos.

Jesús ha debido de ser discípulo de Juan Bautista. Le siguió, se dejó bautizar por él. Pero luego del bautismo, Jesús ha de haberse sentido inquieto, necesitaba la soledad, debía ponerse en camino hacia algo nuevo. Y el “Espíritu le empuja al desierto”, y él, dócil, se pone en marcha. Al volver, el ministerio de Jesús arranca con un mensaje distinto al de Juan. Algo ha de haber sucedido en la soledad del desierto: una experiencia mística, religiosa, alguna toma de conciencia muy profunda que le llevaría a cambiar el rumbo de la predicación que había escuchado de Juan.

Jesús de Nazaret, en adelante, no predicará el castigo ni la justicia iracunda de Dios. Ya no usará las imágenes de Juan como el hacha preparada para cortar el árbol, ni el castigo en el fuego de la Gehena —ese basural que estaba al costado del Templo en el que las llamas consumían permanentemente los desperdicios de los rituales—. No. Jesús ha cambiado el rumbo. No estaría de acuerdo con el Bautista y se inicia en la predicación de un mensaje amoroso, misericordioso, de acogida y perdón.

Con su predicación y sus gestos Jesús va salvando, va sanando y liberando a quien entra en contacto con Él. El corazón de los testigos arde, se sorprende, se maravilla, se sana y se libera. Esos corazones gustan la plenitud que Jesús predica. Con las palabras de Juan, en cambio, los corazones quedarían asustados, llenos de miedo, enredados en rituales vacíos, formales y “pesados a cargar” de la ley judía, a los que había que volver luego de escucharlo.

Jesús en el desierto no solo vence las tentaciones, comprende la profundidad de la misión amorosa que su Dios, que es como Padre o Madre, le ha encomendado. Y sigue adelante predicando el abrazo de la Vida plena para quien quiera acercarse. Encarnar el amor de Dios entre los hombres y mujeres de su pueblo —hasta la muerte de ser necesario— ha de haber sido la “conversión” de Jesús experimentada en el desierto. Marcos termina diciendo que, al volver a Galilea, Jesús “proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca’”.

A eso las invitamos, a proclamar que el Reino de Dios está cerca, en medio de nosotras, latiendo en lo profundo de nuestros corazones de mujeres. Ha llegado para nosotras la hora de salir con Jesús del desierto y anunciarlo. ¡Bienvenidas a la aventura de decir a Dios desde nuestra mujeridad!

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Fuente: https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=2015349515353336&id=1893267417561547

Teóloga. Mujeres e Iglesia Chile.