El Evangelio que anunciamos las mujeres. «Tradiciones y culto interior»

Lo verdaderamente importante procede del interior de cada ser humano, y no de lo externo, que suele confundirnos o dejarnos en la vereda de la superficialidad.

Alejandra Cortez Espinoza

27 agosto, 2021, 11:35 am
6 mins

Domingo 29 de agosto de 2021
Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,1-8,14-15.21-23).

“Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.

Los fariseos, en efecto, y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras, de la vajilla de bronce y de las camas.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?”.

Él les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos”.

Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”.

Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

TRADICIONES Y CULTO INTERIOR

Como tantas veces en el Evangelio, los fariseos cuestionan a Jesús, aunque en esta ocasión la interrogante es respecto de sus discípulos y su modo de proceder tan diferente al de ellos que, aferrados a tradiciones, miran con malestar la libertad escandalosa de los seguidores de Jesús.

Esta actitud de los fariseos, podríamos decir, se replica hoy en muchas opiniones dentro de nuestra Iglesia, donde hay quienes privilegian las tradiciones del pasado, no siempre arraigadas en la enseñanza de Jesús, perdiendo de esta manera, el corazón de la buena noticia.

“Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres”, les reprocha Jesús, y seguramente hoy nos diría lo mismo. ¿Acaso no hemos armado estructuras eclesiales que responden más bien a estilos de gobierno, modos de expresión y valoraciones propias de la cultura de una época que ya pasó, sin permitir que la novedad de Dios revitalice esos estilos, modos y valoraciones? El mandamiento de Dios es el amor, y pareciera, muchas veces, que nos ocupamos más de preservar rancias tradiciones que nos ofrecen seguridad, que de estar alertas al viento del Espíritu que nos libera de toda estructura que empaña la belleza libre del Evangelio.

Para ser más concreta refiero, por ejemplo, a lo que cuesta dar pasos adelante a fin de dejar atrás la preeminencia de los varones por sobre las mujeres en los diferentes roles eclesiales; o en el modo como nos tratamos entre nosotros: religiosas, sacerdotes y laicos, donde sigue habiendo un sesgo clerical, si bien no generalizado, bastante distante, a mi juicio, de lo querido por Jesús: “Todos ustedes son hermanos” (Cf. Mt 23, 8).

Y si hay tradiciones que considero son susceptibles de revisión, también en este pasaje debiéramos dejarnos interpelar frente a nuestros criterios que segregan a las personas, ubicándolas en un lado u otro según nuestros limitados cánones de pureza e impureza, buenos y malos, nacional o extranjero, negro o blanco, etc. Olvidándonos que lo verdaderamente importante procede del interior de cada ser humano, y no de lo externo, que suele confundirnos o dejarnos en la vereda de la superficialidad.

Jesús nos invita a un culto interior, donde nuestro corazón esté a la escucha de los latidos de su corazón, de modo que la fe no sea un “honrar a Dios solo con los labios”, sino un seguimiento apasionado que contribuya a gestar una Iglesia de hermanas y hermanos, una sociedad más justa y solidaria, donde nadie quede fuera o al borde del camino, porque el mandamiento de Dios es el amor, y esto es mucho más importante que todas nuestras tradiciones que, con el paso del tiempo, pueden llevarnos a perder la perspectiva de lo esencial.

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Religiosa de María Inmaculada. Mujeres Iglesia Biobío.