El Evangelio que anunciamos las mujeres. “Un nuevo aceite para la Iglesia”

Necesitamos el aceite que genera encuentros profundos, con sentido evangélico que cambia nuestras vidas.

Selia Paludo

09 noviembre, 2020, 12:14 pm
14 mins

Domingo 8 de noviembre
Mt 25,1-13

Entonces el reino de los cielos será como diez muchachas que salieron con sus lámparas a recibir al novio. Cinco eran necias y cinco prudentes. Las necias tomaron sus lámparas pero no llevaron aceite. Las prudentes llevaban frascos de aceite con sus lámparas. Como el novio tardaba, les entró el sueño y se durmieron. A media noche se oyó un clamor: ¡Aquí está el novio, salgan a recibirlo! Todas las muchachas se despertaron y se pusieron a preparar sus lámparas. Las necias pidieron a las prudentes: ¿Pueden darnos un poco de aceite?, porque se nos apagan las lámparas. Contestaron las prudentes: No, porque seguramente no alcanzará para todas; es mejor que vayan a comprarlo a la tienda. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él en la sala de bodas y la puerta se cerró. Más tarde llegaron las otras muchachas diciendo: Señor, Señor, ábrenos. Él respondió: Les aseguro que no las conozco. Por tanto, estén atentos, porque no conocen ni el día ni la hora”.

UN NUEVO ACEITE PARA LA IGLESIA

Nos preguntamos, ¿qué es el Reino de los cielos?; lo buscamos y muchas veces adoptamos cierto comportamiento, con el fin de conquistarlo o merecerlo. Esto me hace pensar en todas las mujeres que, con alegría, ánimo, con lo que somos y tenemos, generosamente hemos dedicado tiempo al servicio por el Reino. Con personalidad, carácter, humildad, solidaridad, misericordia, ternura y creatividad hemos puesto todo el esfuerzo para humanizar y hacer de la Iglesia un lugar de acogida, fraternidad, vida, de encuentros que edifican, regeneran, reconcilian, humanizan, movilizan a encontrar y dejarse encontrar por Dios. Hemos ido —y vamos— a este encuentro dispuestas a construir, a promover la vida en todas sus dimensiones. Llevamos con nosotras historias, luchas, sueños, una mochila cargada de agradecimientos, de cicatrices; acogidas, ordenadas e integradas, que nos hacen fuertes y evangelizadoras con la vida. Seguimos peregrinando con el deseo vivo y ardiente del encuentro con el Esposo que nos mueve a animar a otras y otros en el mismo camino. Dicho esto, quiero adentrarme en el texto: Jesús en el Evangelio de hoy dice que “el Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo… Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas”.

Sabemos que las vírgenes citadas en el texto pueden representar a los miembros de la Iglesia, y el esposo representa a Cristo. En la Iglesia de Jesucristo hay espacio y lugar para todos, para prudentes y no prudentes, “es una tierra de todos”. Una Iglesia donde cada uno puede hacer su camino, que nazca del deseo, de la libertad y voluntad personal. Hermanos que se acompañan y recorren procesos de crecimiento humano y de fe juntos. Quizás muchas veces hemos dicho que ser Iglesia es ser Pueblo de Dios; un Pueblo que camina al encuentro del Esposo y que, al caminar, peregrina, aprende, perdona; con justicia engendra la paz en lo más íntimo y sagrado de la persona; concibiendo la vida y promoviéndola en sus diferentes dimensiones y situaciones. Una Iglesia que busca promover el gozo y la plenitud para toda persona humana. Para mí, estas son dimensiones fundamentales de las características del Pueblo de Dios; sin embargo, hay quienes son pueblo, pero sin Dios. También caminan, con una diferencia: centrados en sí mismos, en el prestigio, poder, caprichos e impulsos desordenados, juzgando y discriminando. No quiero decir que Dios no esté, al contrario, Él siempre estará habitando en todo y todos, sin embargo, lo tapamos con mezquindades, soberbia… etc. Me pregunto: ¿qué Pueblo soy? ¿del Pueblo de Dios o del pueblo sin Dios? Para proseguir, descentrémonos y dejemos caer cualquier prejuicio, juicio, interpretación o tentación de identificar personas o situaciones; solo adentrémonos en nosotros mismos y busquemos lo mejor y lo más sano que tenemos dentro de nosotras. Para esto, tomemos nuestras lámparas y preparemos el aceite en las vasijas.

Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron… Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!”.

Lámparas, aceite, vasijas, elementos importantes para la espera del Esposo que no llega a la hora prevista. Partamos por la tardanza del Esposo: cuando esperamos una persona en nuestra casa, invitada a comer, y esta se atrasa, diez, veinte o cuarenta minutos ¿qué sentimos? Por más que podamos llamar, no podemos cambiar la espera. El plato puede enfriar, perder sabor, pero no podemos cambiar al otro en su tiempo; llegará cuando todo le sea propicio y adecuado. ¿Cuántas veces deseamos que la hora de Dios sea nuestra hora? Y su hora no corresponde a nuestra hora cronológica, sino a la vivencia del amor; vivir plenamente el ahora, en su presencia. Por lo tanto, toda hora es la hora, el Esposo encontrará la lámpara encendida y el otro tendrá acogida en nuestra mesa, será recibido cuando llegue, tome el tiempo que tome para llegar. Cuando alguien se dispone a peregrinar, sabe que necesitará algunos elementos básicos, en este caso, lámparas, vasijas y aceite. Son fundamentales los tres, para que la luz alumbre el camino. El Esposo no tiene una hora cronológica agendada, lo que desea es que las lámparas siempre estén prendidas. Así como su presencia es constante, habita en todos y en todo, también, es su deseo que seamos Pueblo de Dios, que hace camino con otros, preocupados por el bien común; que genera y restaura los vínculos entre hermanos con personas concretas que tienen un nombre, una historia, sueños, deseos, que no son un número, sino hijos de Dios. Hermanos que hacen camino, se involucran, participan, aportan a la sociedad y la Iglesia, sin distinción ni fragmentación.

Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta”.

Al encuentro del Esposo, salgamos siendo portadoras de Él, conscientes de su presencia. Salgamos para encontrarlo en el otro, en su creación, en el cosmos, y seamos testigos de su manifestación. Anunciemos de la alegría y la belleza divina manifestada en cada obra suya. ¿Cuál es el aceite que nos falta, hoy, para que las lámparas estén siempre encendidas, a nivel personal, familiar, comunitario? Y luego, ¿qué aceite hace falta en la Iglesia, en la política, en la economía, para que la vida y la luz brillen para todos?

Quizás necesitemos el aceite de la solidaridad e igualdad, del respeto y cuidado por el otro, del perdón y reconciliación, de la tolerancia, sinodalidad, diálogo, generosidad y gratuidad, de la humildad y aceptación, de la no violencia… etc. Necesitamos el aceite que genera encuentros profundos, con sentido evangélico que cambia nuestras vidas. Que nos provoque y desestabilice, descentrando el interés personal para volcarnos sobre el comunitario, sobre la Iglesia, Pueblo de Dios. Somos peregrinos por el lindo mundo, obra del artista Divino, disfrutémoslo caminando con lámparas que iluminan, que energizan corazones, que devuelven la Esperanza. Los que tenemos aceite: ¿Dé que calidad es? ¿Estamos convencidas que podemos quemarlo caminando al encuentro del Esposo? Este camino es experiencial, se hace peldaño por peldaño, encarnados en la realidad y jamás solos.

Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos! Mas Él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir”.

La vida en la faz de la tierra es una maravilla a ser contemplada, cuidada y disfrutada. Para esto hay que vivir despiertos y plenos en cada momento; cada encuentro y cada circunstancia deben ser vividos con la intensidad correspondiente y así, no permitir que los que son pueblo sin Dios apaguen nuestro entusiasmo y convicciones de trabajar por el Reino y hacerlo posible ya. La violencia y el pecado de unos no ofusque ni apague la luz de la fe, la esperanza, la justicia y la solidaridad que hay en tu corazón. ¡Vigilemos nuestro vivir! Vivamos con intensidad y profundidad para que este peregrinar sea el peregrinar de quienes buscan humanizar y construir una sociedad con Dios. Fortalezcamos los vínculos de fraternidad, encarnando el modo de proceder de Jesús: descentrado de sí mismo y cumpliendo la voluntad del Padre.

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Centro de Espiritualidad Ignaciana, CEI.