El Evangelio que anunciamos las mujeres. “Una mujer dialoga con Jesús”

El diálogo entre Jesús y la samaritana habla de un Dios que acoge y escucha, que confía, que mira a los ojos y ama, que se muestra sediento y que a la vez es manantial de agua viva y abundante.

Alejandra Cortez Espinoza

13 marzo, 2020, 11:54 am
11 mins

Domingo 15 de marzo, 2020
Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua, así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto, así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

UNA MUJER DIALOGA CON JESÚS

Hace unos días, en nuestro país, y en todo el mundo, multitud de mujeres han salido a las calles para manifestarse reclamando sus derechos, que apelan al reconocimiento de igual dignidad respecto de los varones. Una voz que clama desde antaño, y que, a pesar de los avances en esa escucha, aún queda camino por recorrer… La riqueza de este pasaje evangélico daría para detenernos en varios aspectos de este diálogo, sin embargo, prefiero abordar desde una mirada de hoy, algunos puntos que refieren a Jesús y la mujer, como sujetos de una conversación insólita, que rompe esquemas a la realidad de esa época, y a partir de ahí, ver qué nos dice el texto ante estas voces femeninas que se alzan buscando una escucha operativa.

En primer lugar, quien inicia la conversación es Jesús: “Dame de beber”, lo cual suscita sorpresa en esta mujer acostumbrada a estar en un rol secundario dentro de la vida social de su tiempo, ya que, además de mujer, es samaritana, es decir, doblemente fuera de una posibilidad de diálogo con este desconocido: Varón, y judío. La conversación va desde una necesidad de un agua material, hasta el descubrimiento por parte de la samaritana, de un agua con propiedades que van más allá de lo puramente temporal, “un agua viva que salta hasta la vida eterna”. Jesús emplea con la mujer una pedagogía renovada, que la hace gustar la belleza de lo divino a través de las palabras y los gestos de este hombre que la trata como igual, que no se sitúa como superior a ella, sino que la considera capaz de entrar en las profundidades del espíritu y la invita a adorar a Dios de una manera espiritual, “en espíritu y verdad”. Jesús, además, ante la afirmación de la samaritana, “yo sé que vendrá el Mesías”, le hace una gran revelación: “soy yo, el que habla contigo”, y la convierte en portadora de una noticia tan importante, que la lleva a correr, del mismo modo en que lo haría después María Magdalena cuando se encuentra con Cristo resucitado. Se trata de un correr alegre, al sentirse embargadas por la fuerza de esa agua viva que calma la sed y que interpela a quien la ha bebido, a comunicarla, a darla a otros, a saciarse y a saciar la sed de trascendencia propias de todo ser humano.

¿Qué nos dicen hoy estas apreciaciones? Creo que teniendo en cuenta esta coyuntura de la mujer en nuestro tiempo, en la sociedad y en la Iglesia, sería bueno mirar a Jesús, y fijarnos en su modo de proceder llano, amistoso, rupturista ante las costumbres imperantes en su época. Jesús no hace diferencias entre las personas, para Él vale lo mismo un varón que una mujer; Él escucha, Él dialoga, Él interpela, Él ofrece y confía una misión que va desde una mujer, a un pueblo que se acerca a conocer al proveedor de esa agua viva.

Las mujeres este 8 de marzo nos hemos tomado las calles de nuestro país, y también del mundo, las que somos creyentes esperamos que esas mismas llamadas que hacemos a nivel social, tengan eco dentro de nuestra Iglesia, porque ese diálogo entre Jesús y la samaritana habla de un Dios que acoge y escucha, que confía, que mira a los ojos y ama, que se muestra sediento y que a la vez es manantial de agua viva y abundante. ¿Qué fue lo que le pasó a nuestra Iglesia que después de recibir este ejemplo del Señor, se olvidó de ver a sus hijas e hijos como iguales? Hoy, las mujeres, desde el amor a la Iglesia, queremos recuperar en ella esos gestos de Jesús, esa capacidad de diálogo y cercanía, esa apertura confiada a la mujer como tal, no mirada únicamente como figura de madre, sino como valiosa e igual, por tanto; como una interlocutora válida en las distintas decisiones y niveles. La Iglesia necesita la presencia y participación de la mujer, es una cuestión de equidad que clama al cielo. Es sorprendente constatar, por ejemplo, que en los últimos Sínodos hubo un número reducido de mujeres, y estas, sin derecho a voto, porque la estructura sigue siendo clerical e impide esta posibilidad. Sueño con que esas voces que salieron a las calles, también sean una interpelación a nuestros hermanos, para que recuerden el actuar de Jesús, rompan esquemas y abran la mente y el corazón a estas revueltas femeninas propiciando cambios, que sin duda son aire nuevo y fresco que enriquecen a la Iglesia.

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Abogada y Profesora de Ciencias Sagradas. Religiosa de María Inmaculada, Concepción. Mujeres Iglesia Chile.