El futuro de la Iglesia: Menos influyente, pero más espiritual

Sr. Director:

Fue en el año 1969 cuando, a través de cinco discursos radiofónicos poco conocidos, el entonces teólogo Joseph Ratzinger exponía su visión sobre el futuro del hombre y la Iglesia. Allí, quien después se convertiría en el papa Benedicto XVI presagiaba el caminar de la Iglesia para los siglos venideros. Sus predicciones no fueron desafortunadas ya que gran parte de lo anunciado tiene vigencia en pleno siglo XXI. Entonces hablaba de “una Iglesia redimensionada, con menos seguidores, obligada incluso a abandonar buena parte de los lugares de culto que ha construido a lo largo de los siglos. Una Iglesia católica de minoría, poco influyente en las decisiones políticas, socialmente irrelevante, humillada y obligada a ‘volver a empezar desde los orígenes’”.

En ese momento, los teólogos Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac y el mismo Ratzinger estaban convencidos de que la Iglesia en general iba hacia un proceso de “cambio”, como aquel que se vivió después de la Ilustración y de la Revolución francesa, o como aquel que ocurrió en la Baja Edad media, cuando la sociedad de esa época iba perdiendo su eje en Dios para saltar a la exaltación del hombre por el hombre, es decir, cambiaba de ser una sociedad teocéntrica a una antropocéntrica. Coincido con ellos. Hemos llegado a un punto de inflexión.

Si el teólogo Ratzinger comparaba la época actual con la del papa Pío VI, raptado por las tropas de la República francesa y muerto en prisión en el año 1799, se entiende por qué en aquella época la Iglesia se encontró frente a frente con una fuerza que pretendía cancelarla para siempre. Hoy nuestra realidad como Iglesia nos golpea como el viento fuerte en el rostro. Cuando creíamos que los sacerdotes y religiosos se constituirían en los garantes del Evangelio y su praxis, aparece la tentación de reducirlos a meros “asistentes sociales”, como también el ejercicio de su caridad a un simple trámite filantrópico, y muchas veces, poco evangélico. Por eso es importante reconocer que, ante la crisis general de la Iglesia, sin duda esta ha perdido mucho. Sin embargo, es “justo y necesario”, como señala la liturgia.

Después de esta crisis, la Iglesia tendrá que volver a empezar desde sus orígenes, rescatando lo esencial del mensaje evangélico. Ya no será capaz de habitar los edificios que construyó en tiempos de prosperidad. Son cada vez más las iniciativas pastorales que se abandonan o no se materializan por la escasez de personal. Han disminuido mucho los asistentes a los cultos. Ha perdido peso en materia de opinión pública. En el futuro tendrá que aglutinar a pequeños grupos, alentando la fe de las “minorías creyentes” y reavivar su propia experiencia de fe. Sin duda, Ratzinger no se equivocó en su vaticinio de “Iglesia indigente” cuando dijo: “Será una Iglesia más espiritual, que no suscribirá un mandato político coqueteando ya con la Izquierda, ya con la Derecha. Será pobre y se convertirá en la Iglesia de los indigentes”.

Creo que la Iglesia vive un “retraso cultural”. Se puso a defender enfoques que estuvieron de moda en un momento y no alcanzó a ser efectiva en su discurso o accionar. Aquellos que promovieron líneas de pensamiento o ciertos criterios, se dieron cuenta de que, pasado un tiempo, estos no tuvieron mayor valor ni sentido. Como Iglesia, hemos apostado a conceptos o formas de ver la sociedad que ya son anacrónicos y están fuera de lugar.

Sin embargo, no todo es desazón y desesperanza. En este Año de la Misericordia hemos aprendido que le será posible renacer, por más disminuida o poco influyente que se encuentre, como lo decía en su discurso el teólogo Ratzinger, aunque sin duda será más orante y más espiritual.

Encabezada por el papa Francisco, nuestra institución continúa en su tarea de plasmarse en una nueva Iglesia, cuyo primer principio sea el de la pedagogía de la misericordia y la pastoral de la auténtica caridad. Una Iglesia más cerca de sus fieles, abierta a los diferentes contextos sociales, disponible y acogedora a todo criterio de hospitalidad, deseosa de entender y acoger lo que hoy se entiende por “familia”, a la que siempre deberá orientar en su camino. Tendrá que ser una Iglesia asertiva y creíble en su testimonio evangélico. También una que, a través de esta enorme sacudida, pueda reencontrarse a sí misma y renacer más humilde y espiritual. La invitación que nos queda es a redescubrirla en su contexto para reconsiderar qué nos falta por construir: ¡Aquel pequeño rebaño de creyentes como algo completamente nuevo!

Fredy Peña Tobar ssp.

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