El laberinto de la incomprensión

A veces solo queda mirar adelante. Solo queda la aceptación, y si acaso, el olvido.

José María Rodríguez Olaizola sj

28 octubre, 2020, 12:53 pm
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Nunca llegamos a entender del todo a las otras personas. Y quizás eso sea parte de la magia de las relaciones humanas. Por más transparentes que lleguemos a ser, cada uno albergamos también buenas dosis de misterio; de privacidad que guardamos celosamente; de intimidad que solo compartimos, acaso, con Dios. Por eso mismo, en ocasiones los otros pueden resultar inalcanzables.

¿Cuántas veces nos descubrimos pensando en el «por qué» de decisiones ajenas o de reacciones que no entendemos? En el mundo de la pareja, de la amistad, de las relaciones laborales, de la vida comunitaria… En todo aquello que nos implica a las personas. En ocasiones nos damos de bruces con el muro de la incomprensión. No entendemos el porqué de cosas que ocurren. No entendemos los caminos que han llevado a donde estamos. Y la falta de comprensión se vuelve un quebradero de cabeza. ¿Cuántas veces nos atormenta la incertidumbre, nos preguntamos si hubiéramos podido hacer las cosas de otra manera, si tendríamos que haber reaccionado mejor en determinadas circunstancias, si hay en nuestra contabilidad vital deudas sin pagar? Cuántos «¿es culpa mía?» que no conducen a ningún sitio.

En la vida no siempre tenemos explicaciones para todo. Especialmente en el ámbito de las relaciones humanas, las personas somos tan complejas, y tenemos tantos motivos, tantas historias íntimas, tantas palabras que no hemos sabido decir… que en ocasiones no podemos comprender algunas acciones, algunos silencios, o algunas opciones. Pero que no lo comprendamos no significa que no tengan sentido. Tan solo significa que nosotros no tenemos todos los datos. El otro tiene derecho a ser otro.

Hay ocasiones en que querer entender se convierte en el peor de los laberintos. Hay decisiones que no son tuyas. O reacciones que pertenecen a quien reacciona. Acierte o se equivoque, tiene derecho. Solo puedes aceptarlas y respetarlas. Y el otro puede no querer explicarse.

Pretender comprenderlo todo, controlarlo todo, explicarlo todo, se vuelve una prisión, una celda, un laberinto sin salida cuando no está en tu mano y el otro no quiere. Tan sencillo y tan complejo. Así que a veces solo queda mirar adelante. Solo queda la aceptación, y si acaso, el olvido. Solo queda salir del laberinto por la puerta de la ignorancia, y cerrar con llave.

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Fuente: https://pastoralsj.org

Jesuita. Licenciado en Sociología por la Universidad de Salamanca y en Teología por las universidades Comillas, de Madrid, y Berkeley, de California, donde se especializó en Sociología de la religión.