El modelo de San Francisco de Asís: La reconstrucción desde Cristo

Para ayudar a superar la crisis hemos de aprender a escuchar la voz del Espíritu en nuestro interior, entrar en las ruinas y mirar a Cristo, ser capaces de despojarnos de nuestras seguridades, e ingresar en la lógica de la donación gratuita.

Juan Pablo Espinosa Arce

23 octubre, 2018, 10:02 am
23 mins

De una u otra manera, todos conocemos —en distintas medidas— la vida de san Francisco de Asís. Su ternura con los animales, su dedicación con los pobres, el Cristo de San Damián, la Plegaria Simple, incluso la Laudato si’ del papa Francisco. Muchas cosas se nos vienen a la mente como imaginario franciscano. Lo que sigue a continuación se incardina en estas imágenes. Por ello, en las próximas líneas no buscamos hacer un estudio franciscano, sino que pretendemos recuperar algunos fragmentos de la vida de Francisco de Asís que nos ayuden a pensar la reconstrucción eclesial desde Cristo. No pertenezco a ningún movimiento franciscano y solo conozco su carisma por este imaginario popular. Sin embargo, su testimonio ha aparecido con fuerza en estas últimas semanas en las cuales la Iglesia de Chile, mi Iglesia, se ha visto fuertemente remecida. Son los sabios de la tribu —nuestros santos, profetas, hombres y mujeres— los que nos animan en esta hora. Por ello hablamos de «reconstrucción»: algo cayó en la Iglesia, algo se destruyó. Los temas de abusos, de renuncias de obispos, de suspensiones de presbíteros, de faltas de confianza y credibilidad; las crisis en las transmisiones de la fe, del dolor de las comunidades cristianas; todo ello va invitándonos a reconstruir-nos. Para esto, vamos a recuperar la experiencia de Francisco de Asís, a quien Jesús le pide que «reconstruya su Iglesia».

También la Iglesia del tiempo de Francisco se veía sacudida por cuestiones que la dañaban: las cruzadas, matar y conquistar en nombre de Dios, abusos económicos. De los muchos acontecimientos de la vida de Francisco, en esta reflexión queremos recuperar dos: el acontecimiento del encuentro que el santo tuvo con el Cristo de San Damián y el reconocimiento que hizo ante el Obispo de Asís con respecto a su deseo de vivir bajo la «lógica de Cristo», traducido en su acción de desnudarse en la plaza de esa ciudad. Todo el proceso de conversión de Francisco se entiende únicamente desde Jesucristo. Esa es la verdadera lógica de la reconstrucción.

LA HISTORIA DE SAN FRANCISCO

Hagamos un poco de historia: Francisco, entusiasmado por sus deseos de convertirse en caballero para luchar en las cruzadas, se va a la guerra. Pero en su viaje desiste de su proyecto y, movido por un deseo espiritual, decide regresar a Asís. Sin embargo, su retorno tiene como consecuencia el que se le acuse del delito de deserción y traición, por lo cual terminará preso por largo tiempo. Una vez liberado, inicia un proceso para recuperar su salud y continuar discerniendo qué es esa voz interior que siente y que lo impulsa a hacer cosas extrañas. No obstante, su corazón sigue unido a la lógica de su tiempo: el poder del dinero, el poder de las armas, el poder de una forma de ver y estar en el mundo en forma distinta a la voz que siente.

El español Jesús Capo, en su novela Francisco, ¿en qué piensas?, recuerda un acontecimiento central en la vida del santo. Un día, este se hallaba en la tienda de telas de su padre, Pedro Bernardone —acaudalado comerciante de la zona—, cuando llega un mendigo que le dice: «Por favor: ayúdeme… Francisco no prestó atención al pedigüeño y siguió con sus argumentos. La tela tornasolada, al extenderla al sol, reflejó infinitas luces de maravillosos tonos (…). Socórreme con algo: tenga piedad (volvió a repetir el mendigo). Francisco perdió la paciencia: ¡Lárgate, desharrapado, y deja trabajar; si no, voy a llamar a un guardia! El pordiosero quedó cortado. Su mirada no denotaba resquemor alguno. Solo cierta sorpresa y, allá en el fondo, algo así como un dolor oculto. Se retiró y continuó su peregrinaje de puesto en puesto»(1).

Francisco sigue la lógica de la invisibilización de los últimos. A nuestras lógicas de poder les conviene que los mendigos, los distintos, los extraños, queden fuera de las estructuras sociales y culturales. Es la forma de ejercer una Iglesia de unos pocos. Y eso, en definitiva, no es Iglesia de Jesús. La Iglesia de Jesús debe abrir sus puertas para reconocer cómo todos los hombres y mujeres, sobre todo las víctimas, son el otro Cristo. Cristo prolonga su presencia en los pobres. En la eucaristía tenemos presencia real de Jesús de Nazaret, pero esta presencia también se hace concreta en el rostro de los que sufren. En el alma del joven de Asís habitaba una voz interior. Algo le decía que la lógica de su tiempo no podía ser la única. ¿Había acaso que volver al Evangelio? ¿Qué quiere Jesús de mí?, se preguntaba Francisco.

Continúa Jesús Capo con su bella prosa: «Un sentimiento de compasión remeció su espíritu. Y, justo en ese instante, recordó las palabras que había escuchado en el evangelio de la misa del domingo pasado: lo que hagáis con estos pequeños, lo hacéis conmigo. ¿Serían verdad esas palabras? Si las había dicho Jesús, debían serlo. Y, si era así, aquel pobre desgraciado representaba a Jesucristo mismo. Quedó algo conmocionado por la conclusión. Sin pensarlo dos veces, abrió el cajón del dinero y tomó un buen puñado de monedas que guardó en la bolsa y salió rápidamente en busca del hombre (…) comenzó a correr (…) por fin divisó al pordiosero. Se acercó rápidamente a él y antes de que reaccionara puso en sus manos la bolsa y murmuró unas palabras de perdón»(2).

Aquí aparece un proceso de ampliación de conciencia: recuerda las palabras de Jesús, y ellas van colándose a través de sus anteriores formas de comportamiento. Es nuevamente la voz interior la que, como Pablo, lo hace empezar a cambiar su visión de las cosas. Eso es, en definitiva, la conversión. La compasión remece el corazón más duro. La conmoción de lo negativo, de lo diferente, de la vulnerabilidad, hace que la comunidad experimente la urgencia de repensar su acción. El Cristo enfermo y mendigo le sale al encuentro a Francisco, y este comienza a abrazar esa otra lógica. Su gesto de tomar lo que tiene, de correr, de buscar, de llegar y de entregar, da sentido auténtico a la eucaristía. Es una experiencia de lo gratuito y de lo nuevo. Por ahí pasa la comprensión más completa de la vida eucarística. Por ello hablamos de que la reconstrucción comienza desde Cristo y del encuentro con Él. Si no hubiera sido por la voz interior y por el contacto con la víctima cara a cara, historia con historia, Francisco quizás nunca habría experimentado esa conversión. Solo en el encuentro con la vulnerabilidad me comprendo vulnerable. Solo en el dolor del otro puedo entender que yo también sufro. Es más, la vulnerabilidad es la medida de nuestra humanidad, porque Dios se hizo vulnerable. Dios es la primera víctima de esta crisis.

EL ACONTECIMIENTO DE SAN DAMIÁN

La vida de Francisco experimenta un vuelco total. Ahora busca más afanosamente cómo saciar su sed interior. Tiene todo: dinero, bienes, éxito con las mujeres, prestigio. Pero algo hay, así como una piedra de tope, que lo hace experimentar lo incompleta que es su vida. ¿En qué piensa? ¿Cómo es su mundo interior? Sus pasos, en medio de la búsqueda y de la noche oscura del alma —como la nombran los grandes místicos—, van hacia el valle y llegan a la iglesia de San Damián. Se trata de una estructura destruida tanto en su aspecto físico y arquitectónico como en su parte más interna. El joven entra y se encuentra cara a cara con un Cristo bizantino que lo mira desde lo alto del altar. La oscuridad de lugar pronto se convierte en luz, y la soledad y las búsquedas de su alma comienzan a clarificarse. Continúa Jesús Capo: «Y, entonces, estando en la más completa paz y en el más sublime silencio, escuchó la voz: Francisco. Francisco elevó los ojos hacia el rostro del crucificado. La voz parecía proceder de allí. Quedó alelado, extasiado, pero, a la vez, traspasado de un temor irreprimible. Francisco —repitió de nuevo la voz—. ¿Qué quieres, Señor? —susurró Francisco con una voz apenas audible para él mismo—. Repara mi casa que, tal como la ves, está en ruinas. Francisco quedó perplejo. Era lo que menos esperaba, pero le encontró razón a su Señor, pues aquella iglesita estaba ruinosa»(3).

¿Cuáles son nuestras ruinas, mis ruinas? ¿Qué parte de nuestras iglesias está en esas condiciones? En San Damián, el Cristo seguía mirando desde el altar. ¿Damos espacio para que en nuestras ruinas hable Cristo?

Francisco fue capaz de escuchar al Cristo bizantino de San Damián. ¿Lo estamos escuchando hoy en medio de la crisis? Aquí surge algo llamativo: Dios en Jesús habla entremedio de las ruinas. No escapa de las murallas quebradas, sino que las ocupa para hablar. Dios no aparece como lo pulido, sino que lo hace en la negatividad, en el silencio, en la lejanía, en la necesidad de reparación y reconstrucción; ahí está resonando la voz de Cristo. Como sostiene Josep María Ballarin: «Dios le habló (a Francisco) de caballero a caballero (…) Francisco vuelve a casa, aparentemente no cambia de vida. Pero anda más solo. Tiene más trato con los pobres, visita a los leprosos y vive con ellos (…) el chico oye la voz de un cristo de San Damián: le pide que apuntale su iglesia. San Damián es un pequeño templo, entre el llano y la ciudad. Francisco lo reconstruye, hace el trabajo con sus manos y compra los materiales con el dinero de su padre»(4).

El acontecimiento de San Damián marca un antes y un después en la vida del futuro santo. La voz que había sentido en la guerra ahora se materializaba en la voz del Cristo. Aquí se inicia la conversión. Esta es la lógica eucarística: escuchar la voz de Dios en medio de la muerte, para mantener la esperanza en la resurrección. La esperanza aparece como el gran horizonte hacia el cual se mueve el ser humano. Eso es eucaristía: es la síntesis de la muerte y la vida, de la cruz y la resurrección, de la guerra y de la voz de San Damián. La noche oscura de la crisis de la Iglesia nos tiene que animar a poder escuchar la voz de Dios de manera de adentrarnos en las ruinas y reconstruir desde Cristo la pequeña Iglesia. De alguna manera hemos de aprender a llegar al oasis de San Damián, pero luego de hacerlo, tenemos que volver a la ciudad. Por eso, este se ubica entre la ciudad y el valle. Está al medio. San Damián es el punto crítico de nuestra búsqueda. Allí aconteció algo nuevo en la vida de Francisco, y eso es lo que lo hizo volver a Asís.

Ya en la ciudad, el joven tiene un fuerte altercado con su padre, Pedro, quien aún vive en la lógica de la acumulación y la ganancia, y no está dispuesto a que su hijo malgaste sus bienes con los pobres; no vive la lógica eucarística de la donación. Buscando que olvide sus ideas extrañas, toma preso al muchacho, quien pide ayuda al obispo Guido de Asís. Pedro protesta ante la autoridad eclesiástica y exige que su hijo respete sus leyes o, de lo contrario, lo desheredará. Francisco mira la discusión en silencio hasta que irrumpe su voz de joven que busca saciar la sed de sentido en su vida. Como dice Jesús Capo: «Si había (Francisco) tomado el camino de la pobreza y se había puesto bajo la tuición del obispo, o sea de la Iglesia, su decisión debería ser absoluta. En el Evangelio no había medias tintas. Jesús no era un miedoso: conmigo o contra mí. Todo o nada. Deja todo y sígueme. Y él no lo había dejado todo. Aquella ropa que vestía había sido comprada con dinero de su padre; luego, también le pertenecía. Se soltó su capa y se la dejó al obispo»(5).

JESÚS: LA ÚNICA MEDIDA POSIBLE PARA EXPERIMENTAR LA CONVERSIÓN

No existe ningún plan pastoral válido que no sea el de Jesús: las bienaventuranzas, Mateo 25, el Misterio Pascual, la Eucaristía. El que quiera endulzar el Evangelio terminará creyendo en un Jesús a su medida. El Evangelio es radical, porque Cristo es radical. El camino de seguimiento a Jesús tiene que hacerse y vivirse desde la experiencia de la donación y de la gratuidad. Por lo tanto, la lógica de la Eucaristía es la única medida posible para adentrarse en la ruta que lleva al Maestro Jesús. Francisco entendió que tenía que dejar de lado su antigua vida y recomenzar desde Él. Como Iglesia, debemos entender que solo desde Jesús podemos comenzar a caminar de nuevo.

Continúa Jesús Capo: «Luego, se adelantó un paso y rápidamente comenzó a desvestirse. Un rumor progresivo se acrecentó a su alrededor. Oyó algunas risitas. Depositó la ropa en el brazo de su padre, quien apenas atinó a reaccionar y la tomó. Después volvió, pidió la capa al obispo y se la entregó a su padre. ¡Eh!, ¿qué es esto? —farfulló Bernardone—. Es lo único que me quedaba de ti. Desde ahora, ya no te debo nada. Hasta ahora te he llamado a ti padre; en adelante podré decir con plena verdad: Padre Nuestro, que estás en los cielos. Ese será mi único padre y en él he puesto toda mi confianza»(6).

El gesto de desnudarse tiene una densidad simbólica enorme. Es el gesto físico de dejar de lado aquello que impide llegar a Jesús. El despojo —eso es quitarse las vestiduras— tiene que leerse necesariamente desde Él y desde la Encarnación. San Pablo, en la carta escrita a los cristianos que peregrinaban en Filipos, recuerda un antiguo himno en el que se narraba cómo el Hijo de Dios se despojó de su ser Dios y apareció como siervo y esclavo (Cf. Flp 2,6-11). Francisco actúa desde la lógica de Jesús y desde la óptica eucarística. La crisis pasa por despojarnos de aquello que nos ata a una historia de negación del Evangelio. Reconoce que la fuente de su confianza, de su fe y de su vida es el Padre del cielo. No es que niegue su fundamento sanguíneo, pero sí es capaz de asumir que su vida debe vivirse en la lógica de la eucaristía y de Jesús. Ha asumido la libertad de Jesús. En medio de la crisis, la Iglesia tiene que liberarse desde Jesús, única medida de plenitud. Ballarin sostiene: «Ahora podré buscar cómo decir: Padre nuestro, que estás en los cielos (…) ya soy libre. No puedo volver atrás. Aunque parezca una esclavitud, el no poder volver atrás es una libertad: no tengo obstáculos para seguir adelante»(7).

VIVIR LA LÓGICA EUCARÍSTICA

El acontecimiento de la guerra, las voces interiores, las palabras en San Damián y el acto de desnudarse ante el Obispo y ante los ciudadanos de Asís, marcaron el comienzo de la gran conversión de Francisco. Fueron instancias en que vivió la lógica eucarística; formas concretas de acceder al Misterio del Evangelio, del Evangelio radical.

Para ayudar a superar la crisis hemos de aprender a escuchar la voz del Espíritu en nuestro interior; hemos de aprender a entrar en las ruinas y mirar a Cristo; hemos de ser capaces de despojarnos de nuestras seguridades y entrar en la lógica de la donación gratuita. Con Francisco de Asís, el gran reformador y el gran soñador de una Iglesia popular, de pobres y para pobres, podremos ingresar en un tiempo nuevo. Él nos anima en esta hora. Son los grandes reformadores los que nos motivan a caminar en este momento, pues fueron ellos quienes comprendieron que la gran reforma y la reconstrucción comienzan desde Jesús. MSJ

(1) Jesús Capo, Francisco ¿en qué piensas? Novela sobre Francisco de Asís. Grijalbo, Santiago de Chile, 1998, p. 45.
(2) Ibid., p. 46.
(3) Ibid., pp. 60-61.
(4) Josep María Ballarin, Francesco. Sígueme, Salamanca, 1974, p. 13.
(5) J. Capo, op. cit., p. 77.
(6) Ibid., p. 77.
(7) J. M. Ballarin, Francesco, p. 51.

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 673, octubre 2018.

Académico, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Católica de Chile.