En busca del medioambiente y la justicia económica en la Pan-Amazonia

La vida y los territorios de los pobladores de la Amazonia, específicamente los pueblos indígenas, están siendo gravemente afectados por el modelo económico y de desarrollo que se impone sobre la región.

Ecojesuit

21 febrero, 2018, 9:11 am
12 mins

La Pan-Amazonia es un territorio que engloba zonas de nueve países, con siete millones de kilómetros cuadrados y abarca un tercio de toda Sudamérica. Se trata de un territorio que está siendo profundamente afectado por la búsqueda de gas y petróleo, la tala ilegal, la rápida expansión de la ganadería y la agricultura, y la acción de actividades de extracción imperativa y descontrolada de recursos naturales. El futuro del planeta depende bastante de la cuenca del Amazonas. Y el futuro de todos los seres humanos también depende de que cuidemos estos espacios vivos, estos bosques, estas aguas, pero, sobre todo, que valoremos la riqueza y el conocimiento de sus pueblos.

A lo largo de las últimas décadas, se han dado una serie de transformaciones en el territorio a causa de actividades productivas. En 1890, se dio la extracción de caucho; en la década de 1940, un segundo boom de esta materia prima; en 1960, la fascinación por las pieles y las plantas; en 1970, el auge de la madera; entre los años ’80 y ’90, la coca y el narcotráfico, y, finalmente, desde 2008 hasta hoy, se intensifica el modelo económico extractivista, caracterizado por la industrialización con obras de infraestructura (hidroeléctricas, carreteras, puertos, etc.) y la extracción de oro y minerales, además de la pesca ilegal, que está contaminando el medioambiente y alterando la salud de las poblaciones.

La intensidad de los proyectos económicos que actualmente se viven en la Amazonia, amenaza seriamente la vida de sus pobladores. A su vez, constatamos en los últimos años una acción sistemática, organizada y estructurada que atenta contra los derechos humanos fundamentales de los pueblos de la zona, particularmente del derecho a la tierra.

La vida y los territorios de los pobladores de la Amazonia, específicamente los pueblos indígenas, están siendo gravemente afectados por el modelo económico y de desarrollo que se impone sobre la región. Un modelo que se asienta en la sobreexplotación de los bienes naturales, para incorporarlos a la lógica productivista y de consumo de los principales centros económicos del mundo.

Esta explotación cada vez más intensa y acelerada de la floresta, el agua y la tierra, solo es posible despojando a los pueblos de su vínculo con los territorios, dejándolos expuestos al control de grandes empresas y grupos económicos. La actuación de los Estados, principales responsables por el cuidado del bien común, se direcciona la mayor parte de las veces a facilitar esta lógica de acumulación y explotación, con visiones muy cortoplacistas y coloniales del desarrollo, contribuyendo a una situación de permanente violación de derechos humanos fundamentales.

Desde 1994 se llevaban adelante algunos tratados en el marco de la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que darían la base para lo que más tarde propuso el presidente FHC del Brasil, que acabó configurándose en el 2000 con el nombre de “Iniciativa de Integración Regional Sudamericana” (IIRSA). El objetivo de la IRSA, es el de ejecutar los proyectos materiales (carreteras, represas, centrales hidroeléctricas, puertos, aeropuertos, comunicaciones) complementarios al plan de ajuste estructural según las normas del Consenso de Washington, que se hacían necesarios para una nueva fase de acumulación de capital.

La Amazonia tiende a ser vista como “naturaleza”, “reserva de recursos”, “fuente inagotable” o incluso “vacío demográfico”, ideas que acaban siendo asumidas por las clases dominantes nacionales en sus relaciones de integración subordinada o “servidumbre voluntaria”, y la creciente importancia de China en el escenario económico mundial abre una nueva brecha en las relaciones exteriores de los países del continente americano, brecha que no se ofrecía en la geografía política mundial desde fines de la Guerra Fría.

Las oportunidades de negocios con Asia, sobre todo con China, principal importador de commodities del mundo, darían lugar a la expansión del capital en el ámbito de los agronegocios (soja, maíz, carnes, eucaliptus), las compañías mineras y las grandes empresas de ingeniería y construcción civil (carreteras, centrales eléctricas, puertos, etc.), fundamentales para la generación de la infraestructura que los otros sectores necesitaban.

Nos encontramos así ante una profunda reconfiguración geográfica regional, continental y global, con la apertura de una nueva fase de acumulación de capital y nuevas alianzas. Y son enormes las implicaciones concretas de este nuevo “megaproyecto de megaproyectos” para la Amazonia, sobre todo en relación con el cambio de escala que representan.

El acceso a la tierra, el agua, los minerales del subsuelo, el petróleo y el gas entran en una disputa entre sectores de poder desigual. Si desde las décadas de 1960 y 1970 podemos hablar ya de una fase inicial de megaproyectos para la Amazonia, ahora nos encontramos ante un megaproyecto que aglutina y estructura varios megaproyectos.

Los megaproyectos extractivos y de infraestructura forman parte de otro modo de adaptación humana: la industrialización. Los megaproyectos requieren grandes cantidades de energía, dependen de millares de personas para su construcción, reciben altas cantidades de capital financiero y tecnológico, y transforman el paisaje forestal y los flujos hidrológicos donde se localizan.

En suma, los megaproyectos transforman el modo de adaptación a la floresta, cambio que resulta ser particularmente brusco en áreas rurales donde las formas tradicionales de adaptación siguen estando vigentes. En el caso de los megaproyectos amazónicos, estamos frente a procesos extremadamente veloces de industrialización en los cuales áreas rurales se transforman en áreas urbanizadas en el lapso de pocos años.

Frente a esta propuesta de “desarrollo”, constatamos que, en general, no se consulta a los pueblos locales, antes de la instalación del megaproyecto, acerca de la “industrialización” de sus territorios y el cambio en su modo de adaptación. Por eso, son procesos forzosos de industrialización de la selva.

La magnitud del impacto social y ambiental generado por ese modelo de desarrollo, es de un nivel cualitativamente superior debido al tamaño y la amplitud geográfica de los proyectos, el número de obras llevadas a cabo simultáneamente y la cantidad de capital inyectado en ellas.

Así, la Amazonia se ve involucrada en una dinámica ideada para integrar al subcontinente en el mercado global a través de un rediseño geográfico de gran magnitud o de una expansión espacial. Por ello, la Amazonia cobra una relevancia particular no solo para los pueblos que la habitan, sino para todo el planeta y la humanidad.

CUIDANDO A LA AMAZONIA, CUIDANDO DE SUS COMUNIDADES

La Amazonia es uno de los rincones de nuestra Casa Común (Laudato Si’) donde convive una mayor y más rica diversidad cultural. Esta riqueza de experiencia humana tiene como uno de sus principales protagonistas a los cerca de 400 pueblos indígenas —diversos entre sí— que habitan la región amazónica.

Representan una multiplicidad de saberes propios, conocimientos y prácticas; una pluralidad linguística; una riqueza espiritual y de densas cosmologías; y una percepción del territorio que les une a sus antepasados, a otras formas de vida y a la dimensión sagrada de la existencia (LS 146).

Significan, en fin, la diversidad de formas de estar y ser en el mundo y con el mundo. Partimos de un reconocimiento de la contribución imprescindible que los pueblos indígenas representan en la búsqueda de soluciones y alternativas a la actual crisis socio-ambiental que vivimos en nuestra Casa Común.

Los desafíos de la Amazonia y sus pueblos indígenas son enormes y desalentadores, y la esperanza es frágil. Pero también hay signos de vida y de gran riqueza para todo el planeta. Vemos una esperanza a partir de las múltiples expresiones culturales del Buen Vivir, de Tajimat (un proyecto de inclusión económica del pueblo Awajun a través de cadenas de valor de cacao y banano) y la abundancia; de su densa narrativa mítica y sus cosmologías; sus saberes y conocimientos propios; de las prácticas y modos de organización social y de uso de la tierra; de la biodiversidad guardada ancestralmente por estos pueblos; de las formas comunitarias de propiedad y uso de los bienes naturales.

De modo especial, destacamos la situación de los más de cien pueblos indígenas en aislamiento voluntario de que se tienen referencias en la Amazonia; pueblos que, por propia voluntad o por presión del avance de las fronteras económicas, optaron por controlar la relación que quieren mantener con la sociedad envolvente.

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Fuente: Texto parte del informe de Alfredo Ferro Medina sj, Coordinador del Servicio Jesuita a la Panamazonia (SJPAM) de la Conferencia de Provinciales en América Latina y el Caribe (CPAL), del Grupo de Trabajo sobre Medio Ambiente y Justicia Económica de la Secretaría para la Educación Superior que se reunió en Roma del 15 al 17 de enero de 2018 / www.ecojesuit.com

Los jesuitas y todos aquellos que comparten su Misión, están llamados a trabajar y comprender mejor la difícil tarea de la reconciliación y la preocupación ecológica (CG 35, Decreto 3). El Centro Social Europeo de los jesuitas (JESC), junto a la Conferencia Asia-Pacífico de la Compañía de Jesús (JCAP), han puesto en marcha Ecojesuit, una revista digital editada en español e inglés, abierta a todos aquellos que comparten su visión y acción.