Contribuir para que nuestro mundo sea más humano, justo, fraterno.
Domingo 7 de junio de 2026
Evangelio según san Juan 6, 51-58.
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida, y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre; de la misma manera, el que me come, vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».
Palabra del Señor.
Siguiendo las enseñanzas de Juan, este texto continúa explicando qué implica el seguimiento de Jesús, usando la imagen de la comida, y cómo el pan y el vino que Él nos ofrece, son Verdadera Vida. Las palabras «vida y vivir» se repiten nueve veces en este breve texto (cuando los escritores bíblicos quieren resaltar algo, repiten más de una vez el concepto).
La vida de la que nos habla Juan, es una calidad de vida distinta de la que recibieron «los padres». Esta vida que nos comunica Jesús es «vida en abundancia» (Jn 10,10). Una vida que no solo satisface necesidades básicas, como hambre, salud, vivienda, educación, seguridad, etc., urgentes para demasiadas familias hoy; sino una vida que considera vivir en ambientes bientratantes, siendo reconocidas/os cada una/o, sin trato injusto, abusivo o discriminatorio; sin miedos, sin violencias; vida donde se acoge, se acompaña, se sostiene, se atiende, que no deja a nadie atrás o fuera; es la Vida en clave de Reino.
Esta vida que nos comunica Jesús es «vida en abundancia» (Jn 10,10).
Necesitamos alimentarnos. En nuestras familias el alimento es central. Cada mamá, papá o persona responsable de familia se preocupa por esto, y hay angustia cuando no se consigue o no alcanza. Del mismo modo Nuestro Padre, que nos conoce y sabe de nuestras necesidades, por medio de Jesús quiere compartir Su Vida. El Padre, «que tiene Vida», busca y quiere comunicarla a nosotras/os, sus hijas e hijos, por medio de su Hijo Jesús, porque «esta comida» que compartimos entre las y los hermanas/os, en las distintas formas de comunidad que vamos construyendo, nos invita y nos compromete a extender «la Vida» recibida de Jesús, al comer el pan, a su modo. Modo que se verifica en el Servicio y en la Misión.
Considerando lo que hoy nos toca vivir, en medio de violencia, guerras, sufrimiento, precariedad, mentiras, etc., la propuesta del Reino de Jesús se hace más urgente y necesaria, pero para ello necesitamos mirar como Él lo hizo y atender a las/os débiles, a las/os enfermos, a las/os despreciadas/os y marginadas/os; necesitamos hacernos cercanas y solidarias, colaboradoras, no competidoras, sumándonos, construyendo comunidad, dejando nuestros espacios seguros y cómodos, de forma de contribuir para que nuestro mundo sea más humano, justo, fraterno.
Comemos no solo para vivir, comemos también para participar de la Vida del Padre por medio de Jesús, que busca entregarnos la fuerza del amor que está contenida en el compartir en comunidad. Este símbolo del pan-alimento es la expresión de la vida, de la entrega, del deseo de Jesús de ser nuestro alimento y fortaleza. En la humildad de este signo se esconde toda la fuerza irresistible del amor de Jesús que se dona, se entrega para dar fuerza y vitalidad a nuestro pobre amor, para que, a ejemplo de Él, seamos capaces de compartirnos.
Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.