Jesús reafirma su identidad como hijo de Dios y nos invita a confiar y construir relaciones basadas en la verdad y la transparencia.
Evangelio de 1 de marzo de 2026
Mateo 17, 1-9
Hoy, Jesús, estamos nuevamente en tu presencia, invocando tu suavidad profunda, que mueve y renueva todas las cosas. Calma nuestras angustias y preocupaciones; haz de ellas fermento de esperanza, que en la oscuridad irrumpa tu luz, como suave brisa que cobija y consuela en el desierto. Sostén nuestras dudas y haz que se transformen en confianza y seguridad. Puedes escuchar la canción «Que tu luz alumbre», de Salomé Arricibita: https://www.youtube.com/watch?v=aK-kDhK9hf4
Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente: su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. En seguida vieron a Moisés y Elías hablando con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, levantaré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Estaba Pedro todavía hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube dijo: «¡Este es mi Hijo, el Amado; este es mi Elegido, ¡escúchenlo!». Al oír la voz, los discípulos se echaron al suelo, llenos de miedo. Pero Jesús se acercó, los tocó y les dijo: «Levántense, no tengan miedo». Ellos levantaron los ojos, pero ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos».
El Evangelio de este domingo nos conduce al misterio de la transfiguración de Jesús, quien revela su gloria divina a Pedro, Santiago y Juan en una montaña, anticipando su resurrección y confirmando que es el hijo de Dios. Esta experiencia es un llamado al movimiento, al dinamismo y a la apertura; una invitación a salir de nuestras comodidades y seguridades para abrazar lo nuevo y lo desconocido que Dios padre y madre nos propone.
Los discípulos que acompañaban a Jesús se quedan sobrecogidos, estupefactos por la visión, ven cómo Jesús «cambió completamente: su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz». Escuchan, además, el diálogo de Jesús con Moisés y Elías, quienes aparecen hablando con Él. «En seguida vieron a Moisés y Elías hablando con Jesús». Un encuentro que, desde la experiencia humana, resulta difícil de comprender y describir; solo se puede acoger desde la interioridad abierta y disponible. ¿Quiénes forman parte de tu red de apoyo?, ¿quiénes son testigos de tus luchas y conquistas cotidianas? Jesús escogió a sus amigos y amigas para compartir este momento. ¿Qué cualidades valoras de tus amistades?, ¿te consideras una persona segura y acogedora para ellos/as?
A través de la transfiguración, Jesús nos invita a salir de nuestros miedos y mezquindades, a mirar más allá de nuestros cálculos y sesgos. Que la luz de la verdad nos impulse a romper las barreras de nuestro egoísmo y nos haga conscientes de que a nuestro lado está presente el dolor que necesita ser sostenido y acompañado.
Pedro, al vivir la transfiguración, se arriesga a expresar su libertad interior; sus miedos e inseguridades se fortalecen en el vínculo seguro y circular con el Maestro. Deja que su corazón hable sin cálculos humanos, y por eso exclama: «Señor, ¡qué bueno que estemos aquí! Si quieres, levantaré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro experimenta la descentralización de su yo y se atreve a soñar con una comunidad donde sea posible construir y compartir. ¿Cómo es tu relación con las personas con quienes convives, trabajas y te encuentras cada día?, ¿cómo acoges e integras las diferencias intergeneracionales e interculturales? El sueño de Pedro sigue vigente.
Pedro, al vivir la transfiguración, se arriesga a expresar su libertad interior; sus miedos e inseguridades se fortalecen en el vínculo seguro y circular con el Maestro.
La simbología que acompaña a la transfiguración es profunda, «una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube dijo: ‘¡Este es mi Hijo, el Amado; este es mi Elegido, ¡escúchenlo!’». Con estas palabras, Jesús reafirma su identidad como hijo de Dios y nos invita a confiar y construir relaciones basadas en la verdad y la transparencia, tan necesarias en nuestra sociedad. Es un llamado a dejar de lado las apariencias y la mediocridad que tanto daño causan. Vivir desde la verdad es permitir que la transfiguración de Jesús abrace nuestra fragilidad y vulnerabilidad, porque solo desde Él la vida y las relaciones adquieren pleno sentido.
El miedo y la angustia que experimentaron los discípulos y que también nosotros/as vivimos, se agravan en contextos donde la inseguridad y la violencia aumentan, como en nuestras sociedades latinoamericanas. Por eso, necesitamos con urgencia Escuchar a Jesús que nos dice, «levántense, no tengan miedo». Que este tiempo de cuaresma sea un espacio para vivir en itinerancia y discernimiento, permitiendo que en nuestra interioridad resurja la conversión auténtica orientada al encuentro con los demás.
Jesús, permíteme comprender el misterio de tu transfiguración. Ayúdame a acoger mis miedos y a desvelar aquello que supuestamente me da seguridad, pero que en realidad me ata. Quiero aprender, como Pedro, Santiago, Juan y María Magdalena, a vivir en tu cercanía. En muchas ocasiones, el miedo, la inseguridad y la desconfianza se apoderan de mí, y me vuelvo incapaz de escuchar el susurro de tu presencia; más aún cuando contemplo cada día la violencia y la injusticia, y en mí corazón me pregunto: ¿dónde estás, Jesús de Nazaret?
Te sugiero volver a leer el texto bíblico de manera pausada y serena. Escucha y contempla a los personajes; observa cómo cada uno se relaciona con Jesús. Entra en la dinámica del relato, déjate sorprender y permite que el Maestro también te hable a ti, invitándote a confiar y confirmar su identidad de hijo de Dios.
Acoge el gesto tierno y fundante de Jesús: al ver a sus discípulos postrados por el temor, Él se acerca, los toca y les dice, «levántense, no tengan miedo». Su gloria no aplasta, sino que levanta. Su divinidad no anula; su humanidad es cercana y compasiva. En ese toque de proximidad, se me revela el corazón de Dios: una gloria que se inclina para sanar nuestro miedo y ponernos en camino.
Jesús, aquí me tienes. Quiero colaborar contigo; me coloco a disposición para caminar al lado de mis hermanos/as. Ayúdame a ser instrumento de Paz, Esperanza y Reconciliación en un mundo fragmentado. Que mi vida, transformada por tu encuentro, sea testimonio de que es posible vivir desde la verdad, la acogida y la valentía que brotan de haberte escuchado.
Imagen: Pexels.