Una pregunta sobre el vínculo. Sobre aquello que hemos descubierto de Jesús cuando lo hemos encontrado en el camino.
Domingo 23 de agosto de 2026
Hay preguntas que no buscan una respuesta correcta, sino que buscan una verdad que todavía no hemos podido nombrar. Jesús llega a Cesarea de Filipo y pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Después, como quien se acerca un poco más al corazón, pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
No es una pregunta sobre doctrinas ni dogmas, es una pregunta sobre el vínculo. Sobre aquello que hemos descubierto de Jesús cuando lo hemos encontrado en el camino, cuando hemos tenido hambre, cuando hemos llorado, cuando hemos sido capaces de levantarnos unas a otras.
Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús reconoce en sus palabras una revelación. Pero quizá lo más hermoso del Evangelio de este domingo es que Jesús no entrega una verdad terminada. No dice esta es la respuesta y ahora repítanla, sino que abre un camino de búsquedas dispuesto para cada persona en su más bella singularidad.
También nosotras hemos aprendido a nombrar a Dios con palabras heredadas. Palabras que, muchas veces, fueron pronunciadas desde lugares donde las mujeres no tenían voz. Hemos recibido imágenes de un Dios poderoso, lejano, masculino, sentado sobre nuestras vidas como autoridad. Y quizá por eso necesitamos volver a escuchar la pregunta de Jesús: ¿quién soy yo para ti?
Porque la fe adulta no puede consistir solamente en repetir lo que otros dijeron de Dios. Consiste, también, en atrevernos a descubrir dónde se nos ha revelado Dios en nuestra propia historia, que es fuente de una narración auténtica y particular.
La fe adulta no puede consistir solamente en repetir lo que otros dijeron de Dios.
Tal vez lo hemos encontrado en el cuerpo que hemos aprendido a reconciliar con su propia belleza. En una herida que no nos destruyó. En una mujer que nos sostuvo cuando ya no podíamos más. En el deseo que nos devolvió la vida. En la palabra que pronunciamos después de años de silencio. En esa intuición profunda que nos dijo: no naciste para vivir pequeña.
Y entonces quizá podamos responder, como Pedro, pero con nuestras propias palabras:
Tú eres el Dios vivo que no me quiere sometida, sino de pie.
Eres el Dios que no teme mi libertad.
El Dios que no se escandaliza de mis preguntas.
El Dios que no me pide desaparecer para encontrarme contigo, sino que me invita a ser plenamente quien soy.
Jesús llama bienaventurado a Pedro porque ha descubierto algo que no viene de la carne ni de la sangre. Pero inmediatamente después le confiará una tarea: ser piedra, ser fundamento, construir comunidad.
Quizá esa sea también nuestra vocación: convertir aquello que hemos descubierto de Dios en espacios donde otras y otros puedan respirar, preguntar, creer y vivir sin miedo.
Y hoy, si Jesús se sentara frente a ti y te preguntara «¿quién soy yo para ti?», ¿qué respuesta nacería de tu corazón?
Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.