Gastón Soublette: “La poesía de Violeta Parra nos recuerda quiénes somos”

Musicólogo y esteta, el académico Gastón Soublette habla de la alianza profesional y amistosa que formó con la folclorista hace sesenta años y de la importancia que ese vínculo tuvo en la preservación de su legado artístico.

Jazmín Lolas E.

01 Diciembre, 2017, 12:33 pm
14 mins

Aunque la anécdota de su primer encuentro ha circulado en abundancia, Gastón Soublette siempre tiene buena voluntad para recordar cómo conoció a Violeta Parra y relatar ese momento, como si nunca antes lo hubiera hecho: con entusiasmo y con lujo de detalles, describiendo a la cantautora de manera que quien lo escucha, o lo lee, cree verla.

“Yo era director de programas de la Radio Chilena y ella se presentó en mi oficina. Había escuchado su primera grabación y quería conocerla, pero no sabía cómo. ‘Me enteré de que usted sabe escribir música. Yo conservo muchas entonaciones de memoria y pueden empezar a olvidárseme, así que necesito un colaborador que me escriba lo que he recopilado’, me dijo”, cuenta el musicólogo y esteta.

El episodio que revive ocurrió en 1954, cuando él tenía 27 años y escasas o nulas nociones de cultura popular, en la que empezó a sumergirse a partir de su relación con la folclorista. “Esa reunión dio dos resultados: un ciclo de programas donde ella cantaba —también se había acercado a la radio por ese motivo—, y un trabajo de transcripción musical, a papel pautado, que hicimos en la casa de Nicanor. Ella cantaba, yo escribía”, agrega.

Soublette ha sido innumerables veces citado y entrevistado por su colaboración con Violeta Parra, sobre todo este último año, cuando Chile se ha dedicado —de sur a norte, y en el teatro, la música, la danza y la literatura, entre otras disciplinas—, a conmemorar el centenario de la artista. No es para menos, considerando el papel clave que el académico jugó en la preservación de su legado musical.

“Nuestro país tardó mucho en reconocerla, así que, bueno, ¡más vale tarde que nunca!”, comenta en referencia a los homenajes. “Ella es una figura que se ha ido haciendo cada vez más grata y trascendente, especialmente para la juventud chilena. En la Universidad Católica, en el Campus Oriente —Soublette es profesor del Instituto de Estética—, las actividades duraron más de una semana. Todo por ella. A mí los alumnos me pidieron que les hiciera una charla en el patio. Fíjese que Raúl Zurita, en el prólogo de una recopilación de su poesía que publicó la Universidad de Valparaíso, dice que ella es de otra estatura, que está sobre todos nosotros. Es impresionante lo que ha pasado”.

¿Tiene razón Zurita? ¿Es Violeta Parra de otra estatura?

Bueno, lo dice un hombre de la poesía culta. La fuerza de Violeta Parra está en lo siguiente: la cultura ilustrada se fue volviendo cada vez más un juego formal. La pintura, por ejemplo, tendió a desaparecer para dejar lugar a las instalaciones. Eso en la cultura popular es incomprensible. La poesía popular conserva algo que la poesía culta ha ido perdiendo: una dosis, una consistencia de humanidad muy fuerte. Eso es lo que hay en la poesía de Violeta: una humanidad inocente, que no ha perdido su conciencia, que vive a concho las cosas, en contraste con la abstracción exagerada. La poesía de Violeta Parra nos recuerda quiénes somos: seres humanos, en el fondo.

EL VERDADERO FOLCLOR

A propósito del momento en que se acercó a buscar su apoyo, es sorprendente que haya retenido en su memoria tantas canciones.

Todas. Las letras las tenía escritas en su cuaderno, pero las entonaciones estaban en su memoria, una memoria de elefante. Así surgió el primer libro que publicamos juntos, Cantos folclóricos de Chile. Nuestro trabajo fue muy intermitente, no es que nos juntáramos todas las semanas. Hubo cierta continuidad durante los primeros dos años, pero después ella viajó mucho y cuando volvía, me llamaba y me decía que tenía algo que transcribir. Pero podían pasar seis meses sin que nos viéramos. Al comienzo nos reuníamos en la casa de Nicanor y luego en la de ella, en la calle Madrigal. Estaban también sus hijos Isabel, Ángel y la Carmen Luisa, eran chicos. Estoy hablando ya del año 57 o 58. Nicanor aparecía en las tardes y traía algún borrador de sus nuevas creaciones. En esa época estaba escribiendo su libro Poemas y antipoemas y los leía con nosotros: recuerdo muy bien el poema «La víbora». Fui testigo de la creación de ese libro. Fue una experiencia interesante. Ambos pertenecían al Partido Comunista, así que muchos camaradas venían a la casa. Era gente vinculada con la cultura, capaz de apreciar su talento, porque Chile en ese momento no sabía nada de ella.

¿Qué fue descubriendo en esa colaboración?

La cultura tradicional, popular, de la que no tenía idea. Conocía el folclor de los Huasos Quincheros y los Huasos de Algarrobal, así que jamás me imaginé que pudiera haber algo como «Casamiento de negros» o un verso que describía el fin del mundo. Entendí que estos huasos con manta no nos mostraban el verdadero folclor, el trasfondo de sabiduría que hay en él. Ella también recopilaba anécdotas, refranes y cuentos. Me enseñó a apreciar el valor y la sabiduría contenidos en la tradición oral chilena.

«PITUCO DE MIERDA»

¿La suya fue solo una relación profesional o también amistosa?

Forjamos una enorme amistad, aunque ella tenía un carácter muy difícil, sobre todo lo demostró las primeras veces que nos reunimos. Fue bastante severa conmigo, porque yo era un pituco, porque pertenecía a la cultura ilustrada y no era para nada conocedor de la cultura de mi pueblo. A ella eso le molestaba y a veces me lo hacía sentir con bastante violencia. Una vez me dijo «pituco de mierda».

¿Y usted qué le respondió?

Bueno, le contesté que era muy insolente y que no trabajaba más con ella. A la semana, estábamos trabajando juntos de nuevo. Mucha gente me preguntaba: “¿Por qué no dejas a esta mujer, que te trata mal, que te insulta?”. Yo les contestaba: “Porque me doy cuenta del privilegio que significa estar junto a una persona como ella”. Es lo que Nicanor me reconoce: «El mérito de Gastón Soublette es haberse dado cuenta de que Violeta era un gran valor». Ella me apreciaba, obviamente. Yo creo que me agradecía que reconociera la importancia de lo que hacía.

Entre los libros que se han publicado este año sobre Violeta Parra, hay uno que reúne sus entrevistas. En una, ella dice que en su carrera solo ha habido sacrificios y penurias.

Creo que exageraba. Le voy a poner un ejemplo: en los tiempos en que se montaba una gran feria de artistas en el Parque Forestal, ella estaba haciendo arpilleras y pintando, y fue donde el responsable de la feria, el señor Gasman (Germán), creyendo que se las iba a aceptar. Pero él se las rechazó. Solo le permitió que cantara. Y luego, estando en París, conoció al director del Museo de Artes Decorativas del Louvre, que se fascinó con su trabajo, y llegó a un acuerdo para una exposición. El diario Le Figaro publicó un comentario en el que decía: “Leonardo da Vinci terminó en el Louvre y Violeta Parra comenzó en el Louvre”. ¡Notable! Cuando se inauguró la exposición, el señor Gasman estaba en París y tuvo la honestidad de ir a pedirle perdón: «Violetita, vengo con la cabeza gacha, con la cola entre las piernas. No fui capaz de darme cuenta del valor de su obra».

Bueno, es una entrevista de enero de 1966, su último año de vida.

Yo creo que se está refiriendo al fracaso de la carpa, pero eso que dice no es exactamente así. Ella tuvo mucha aceptación de todos los países latinoamericanos a los que fue, así como en París. Estaba desesperada por el fracaso de la carpa y eso influyó en lo que dice. Hablaba por la herida, creo yo, porque el fracaso de la carpa fue tremendo, creo que eligió mal. El lugar era inhóspito, inaccesible, podría haberse acercado más a la ciudad. Quiso una carpa como contraste a la Peña de los Parra, sus hijos. Yo creo que su suicidio se debió a las penas de amor y que el fracaso de la carpa fue un empujón. El hecho de que Gilbert Favre, que fue su gran amor, se hubiera ido al norte le hizo una gran herida. Pero eso de que ella cosechó puros sinsabores no es cierto.

LA VOZ DEL COLECTIVO

—¿Cómo sintetizaría usted el valor de una obra tan múltiple y voluminosa?

Cuando viene un nuevo modelo de civilización, ese proceso de cambios se hace pagando un gran precio, que es la muerte de la cultura tradicional. Pocos países han sabido hacerlo sin pagar ese costo. Chile, con una cultura débil en las capas superiores, se entregó a la innovación sin pensar en esa consecuencia. La cultura tradicional tiene un fundamento espiritual, ético, y junto con perder refranes, el canto a lo divino y algunas costumbres, se fue yendo también nuestro fundamento espiritual. Eso es muy grave y hemos pagado un costo tremendo, no ha habido sabiduría en nuestros gobernantes. Violeta apareció en ese momento como para recordarle al país la cultura que estaba perdiendo. Yo diría que su obra no es solo la voz de un genio individual, sino también la voz del colectivo. Ella representaba el alma nacional y ese es el secreto de su fuerza. El alma nacional está hablando por boca de ella, como sucedía en la Antigüedad con los profetas. El mensaje de Violeta Parra tiene algo de profético. MSJ

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Fuente: Entrevista publicada en Revista Mensaje n° 664, noviembre de 2017.

Escribe habitualmente para la sección “Cultura” de Revista Mensaje.