Hacerse cargo de la carne vulnerada: la fe como proximidad a los cuerpos heridos

Abrirnos al riesgo y a la conversión que exige todo encuentro con la propia vulnerabilidad y la de los demás.

«Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro,
y el oro se acrisola por el fuego»
(1 Pe 1, 7)

En las lecturas de este domingo se expresa de manera elocuente una conexión íntima entre las heridas, el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad y la esperanza en la resurrección. En este breve comentario, quisiera contrastar a dos heridos de los Evangelios: el hombre asaltado en el camino de la parábola del Buen Samaritano y el Jesús resucitado que se presenta ante los discípulos con sus heridas expuestas. Ambos personajes sufrieron un ataque violento a su integridad: el hombre de la parábola, por parte de ladrones que querían apropiarse de sus bienes materiales; Jesús, por las autoridades políticas y religiosas que lo condenaron a muerte en la cruz. Y ambos, al exponer sus heridas, nos invitan a la conversión.

En el caso del hombre del camino, el asalto lo dejó al borde de la muerte, pero un «buen samaritano» se detuvo para salvarle la vida. En el caso de Jesús, aunque hubo quienes lo acompañaron y ayudaron —las mujeres, Simón de Cirene—, nadie lo salvó de la cruz. Murió condenado por las autoridades, traicionado por los suyos y gritando la ausencia de Dios. Sin embargo, el Justo es resucitado por Dios, recordándonos que el mal y la violencia no tienen la última palabra. Aun cuando el poder y la cobardía parecen prevalecer e incluso ejercerse en nombre de Dios, el Abbá de Jesús se revela como aliado, no de asaltantes y asesinos, sino de los heridos en el camino y de los condenados a muerte.

Las reacciones de quienes rodean estas escenas de violencia nos muestran las tentaciones que enfrentan las comunidades religiosas ante ellas. La tentación de las autoridades religioso-políticas: usar el nombre de Dios para condenar a muerte a un inocente y preservar el orden establecido. La tentación del sacerdote y del levita: la indiferencia ante los heridos del camino, provocada por el apego a las tradiciones religiosas y a los deberes impuestos por la pureza ritual. La tentación de los discípulos: el encierro y el aislamiento ante el peligro de ser asociados a un crucificado; el miedo a ser víctimas de la misma violencia que les arrebató a su maestro; la vergüenza que les impide reconocer al resucitado y sus heridas, pues los confronta con su propia cobardía y traición. Todos estos ejemplos hablan de maneras de evadir, minimizar o incluso justificar las heridas y crucifixiones de las que nos toca ser testigos en la historia.

Por otra parte, tanto el Samaritano como Tomás nos muestran el camino alternativo ofrecido por Cristo, que consiste no en evadir, sino en enfrentar con honestidad, vulnerabilidad e integridad las heridas del otro. Aunque las interpretaciones tradicionales suelen resaltar la «falta de fe» de Tomás, su demanda —«si no meto mi mano en su costado, no creeré»— esconde una lucidez fundamental. Su intuición marca la vida del seguidor de Jesús: no es posible creer en la resurrección sin enfrentarse a la verdad que revelan las cicatrices del crucificado. En esto, el Samaritano y Tomás se parecen; ambos saben que la verdadera fe se juega en la capacidad de detenerse y comprometerse con el dolor ajeno, de mirar las heridas a la cara y tocarlas, por muy incómodo o peligroso que sea.

Tanto el Samaritano como Tomás nos muestran el camino alternativo ofrecido por Cristo, que consiste no en evadir, sino en enfrentar con honestidad, vulnerabilidad e integridad las heridas del otro.

Para el samaritano, esto implicó desviar su ruta, hacerse cargo de un desconocido, hacer más lento su camino y compartir sus bienes. Para Tomás y los discípulos implicó tocar las llagas provocadas, en parte, por su propia traición. Al invitarlo a tocar su costado, Jesús responde a la demanda de Tomás y se vuelve vulnerable ante quienes lo traicionaron, a pesar de ser sus discípulos y amigos. Tocar las heridas lo llena de su paz, le devuelve la esperanza y le ofrece un perdón que solo nace tras confrontar la verdad del daño. La demanda de Tomás y la vulnerabilidad de Jesús se encuentran en un intercambio de heridas, dolores y dudas que restablece la amistad, restaura la esperanza y los reconecta con la vida.

Las heridas de los demás, en su exposición y apertura, nos impiden ser observadores neutrales o indiferentes. Nos obligan a discernir y elegir una respuesta que se sitúa entre dos polos: el amor o la violencia. Parafraseando a Emmanuel Levinas, podemos decir que las heridas ajenas, de alguna manera, nos convierten en «rehén» del otro ante su vulnerabilidad expuesta y nos obligan a tomar una opción1. Allí reside la ambigüedad de nuestra vulnerabilidad compartida, pues esa misma vulnerabilidad nos puede conducir al odio, al miedo y a la indiferencia o a la conexión, a la posibilidad de amar y ser amado, a la esperanza compartida.

Hacerse cargo de la carne ajena, con sus dolores y su posibilidad de vida, es la gracia y la tarea ofrecidas por el resucitado. Es el gesto de Cristo al mostrar sus manos y el de Tomás al meter la suya en el costado. Es el gesto del samaritano que se detiene en el camino para curar las heridas de un desconocido. Los tres personajes nos enseñan a abrazar la vulnerabilidad propia y de nuestros semejantes y nos invitan a darnos cuenta de que la fe no se juega en la mantención violenta del orden establecido, en la pureza ritual, en el encierro sectario o en promesas ofrecidas solo de palabra. La verdadera fe y la verdadera esperanza necesitan de la carne, de la proximidad de cuerpos vulnerables y vulnerados, del riesgo de mirar a la violencia a la cara y de resistirse a que tenga la última palabra sobre nuestras vidas. Que la fe de Tomás, que demanda tocar las heridas, nos abra al riesgo y a la conversión que exige todo encuentro con la propia vulnerabilidad y la de los demás.

1 Emmanuel Levinas, De otro modo de ser, o más allá de la esencia (Salamanca, 1999), 180.


Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.

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