Lo verdaderamente relevante, desde el punto de vista de las ciencias sociales, es el nuevo escenario histórico que se configura en el siglo XXI.
Durante la madrugada del día sábado nos vimos enfrentados a un acontecimiento tan inesperado como perturbador, a saber, la acción militar mediante la cual Estados Unidos habría atacado la ciudad capital de Venezuela, Caracas, procediendo además a la aprehensión de Nicolás Maduro. Este episodio generó una cadena inmediata de reacciones, particularmente entre la población venezolana residente en el exterior. Para un sector significativo, dicho acontecimiento fue vivido como una instancia de alivio e incluso de celebración, lo que se expresó en concentraciones públicas en diversas ciudades de Chile, incluida nuestra región [N. de la R.: Región de Coquimbo], con especial visibilidad en La Serena, así como en múltiples urbes del norte del país, entre ellas Copiapó y Antofagasta, entre otras.
Sin embargo, para otros observadores el hecho despertó una inquietud profunda, especialmente a raíz del discurso pronunciado por Donald Trump en relación con el porvenir político de Venezuela. La idea de que Estados Unidos asumiría un rol directo en el gobierno del país hasta una supuesta transición, cuyo horizonte temporal resulta completamente indeterminado, instala un escenario francamente alarmante. Ello no solo implica una vulneración abierta del derecho internacional, sino que además inaugura una reconfiguración del tablero político regional, evidenciándose con nitidez la voluntad estadounidense de restituir su hegemonía en América Latina y el Caribe. En esa misma lógica se inscriben Cuba y, de manera aún más reveladora, Groenlandia, territorio perteneciente a Dinamarca, respecto del cual Trump ha manifestado con inusual franqueza su interés estratégico, amparado en consideraciones geopolíticas.
La situación amerita preocupación, pues queda de manifiesto que Estados Unidos no vacilaría en recurrir al uso de la fuerza para desestabilizar o remover gobiernos que no se alineen con su orientación ideológica. Ahora bien, este diagnóstico no equivale en modo alguno a una defensa del régimen de Nicolás Maduro. Su carácter dictatorial era evidente desde hace años, así como también lo era el proceso de degradación autoritaria que atravesaba el sistema político venezolano, proceso que derivó en un éxodo masivo de población hacia distintos países de la región.
Desde una perspectiva personal, resulta asimismo inquietante el tenor de ciertas opiniones expresadas por venezolanos residentes en Chile. En ellas se percibe una disposición explícita a renunciar a la soberanía nacional e incluso a la nacionalización de los recursos petroleros, con tal de poner término al régimen vigente. La magnitud de la desesperación experimentada por quienes abandonaron Venezuela parece conducirlos a privilegiar, aunque sea de manera dramática, una noción abstracta de libertad por sobre la autodeterminación nacional, con tal de no continuar bajo el denominado socialismo bolivariano. Tales posiciones, por comprensibles que resulten en el plano humano, abren interrogantes políticas de enorme calado.
La magnitud de la desesperación experimentada por quienes abandonaron Venezuela parece conducirlos a privilegiar, aunque sea de manera dramática, una noción abstracta de libertad por sobre la autodeterminación nacional.
También merece atención la sorprendente facilidad con la que Nicolás Maduro habría sido capturado. No existe claridad respecto de la eventual existencia de negociaciones previas, particularmente en relación con el rol que pudo haber desempeñado Delcy Rodríguez, su vicepresidenta. No obstante, más allá de estos detalles contingentes, lo verdaderamente relevante, desde el punto de vista de las ciencias sociales, es el nuevo escenario histórico que se configura en el siglo XXI. Nos encontramos ante la emergencia de una derecha radical con ambiciones expansivas de poder, encarnada de manera paradigmática por Estados Unidos, que busca reinstalar una hegemonía global sin ambigüedades.
Tal como se ha sostenido en diversas columnas previas, no parece exagerado afirmar que el siglo XXI se perfila como el siglo de las ultraderechas. En ese sentido, lo ocurrido no constituye un episodio aislado, sino apenas el inicio de una dinámica más amplia. Este contexto plantea, además, un desafío mayúsculo para las izquierdas, cuyos países de referencia y experiencias emblemáticas se ven progresivamente arrinconados, lo que exige una reflexión profunda y sostenida, no solo reactiva, sino estratégicamente orientada.
En este marco, el papel de China adquiere una relevancia particular. Si bien su presencia en América Latina ha sido considerable en términos comerciales, su actuación se ha limitado casi exclusivamente a ese ámbito. No hubo, por parte del gigante asiático, un esfuerzo sistemático por disputar el plano ideológico ni por proyectar un modelo político o cultural asociado al socialismo chino. Esa ausencia constituye, sin duda, un aspecto que requiere ser examinado con detención, pues en ella se juegan parte de las claves para comprender las correlaciones de fuerza que hoy estructuran el orden internacional.
Imagen. Crédito: Foto por Martin Bernetti / AFP.