Jesús Resucitado y Magdalena: un encuentro en la descoincidencia

La descoincidencia supone mantener la tensión como espacio de creación o de aparición del pensamiento (1).

Quisiera proponer en esta columna un acercamiento al encuentro de Jesús Resucitado y María Magdalena narrado por Juan 20 a partir del concepto “descoincidencia”, propuesto por el filósofo francés Francois Jullien. La descoincidencia, para Jullien, supone la distancia que el sujeto debe mantener con el mundo que lo rodea, con los demás seres humanos, consigo mismo y con Dios. Esta distancia marca un espacio en donde surge la mirada crítica, el pensamiento y la imaginación de nuevas formas de entender el mundo. La descoincidencia evitaría la adecuación o la adaptación, lo que a juicio de Jullien indicaría que no existen miradas críticas, propuestas de novedad, imaginación de nuevas posibilidades. La coincidencia sería repetir esquemas cerrados en cuanto al sentido o significado de las cosas y la descoincidencia sería abrir campos de nuevo pensamiento y de evitar la normalización de los discursos y prácticas sociales, culturales y también eclesiales-teológicos.

Desde estas breves consideraciones terminológicas iniciales, Francois Jullien indica que Dios puede ser llamado con el nombre de la “Descoincidencia originaria”. Por ese concepto se expresa que el cristianismo une lo divino y lo mundano, el “más allá” de Dios con el “más acá” humano. Esos dos polos distintos se mantienen activos y en tensión y, justamente la tensión provoca el encuentro. Para Jullien la Descoincidencia supone la distancia abierta entre dos polos que siendo diversos pueden vincularse.

Luego agrega que gracias a esa Descoincidencia originaria de Dios respecto de sí (su libertad amorosa al querer unirse con el mundo) el Hijo logra la “coincidencia activa o efectiva”. Ese concepto indica que porque Dios salió de sí el ser humano lo puede acoger y vincularse/unirse a Él. Eso sería “coincidir”. Pero Jullien le añade el “efectiva o activa”, elemento que aporta una imposibilidad en la vinculación total.

Por tanto, si coincidimos activamente con Dios eso no significa que capturamos a Dios en una palabra, en un objeto o en un concepto. Dios continúa ubicándose en el imposible del Misterio y, por tanto, nuestras palabras, al ser palabras humanas, son provisionales y limitadas al querer comprender a ese Dios manifestado como Descoincidencia. Esto, de alguna manera, tiene que ver con lo que Jesús Resucitado dice a Magdalena: “No me toques”. La prohibición de tocar supone que María ha coincidido con el Resucitado (lo reconoció, se encontró con Él) pero que por ser un encuentro activo o efectivo María no puede apropiarse de Jesús. Entre el Resucitado y la mujer continúa existiendo una distancia, un espacio de vinculación que permite el pensamiento. El Resucitado está más allá de la comprensión de Magdalena.

Por ello la Pascua de Jesús supone la apertura de una nueva forma de vinculación con Dios (coincidencia) pero que necesariamente se mueve en la Descoincidencia de la imposible captura, y por ello la Pascua se comprende como una “coincidencia activa”. Dios y nosotros seguimos habitando el “hiato”, como lo llama Francois Jullien, o como indica la psicoanalista chilena Constanza Michelson: Dios es “una distancia”.

Con el encuentro, dice Francois Jullien, aparece la categoría del “afuera”, la cual provoca tensión, conflicto y pensamiento. La adherencia, que es lo contrario del afuera, tendría que ver con una proyección realizada por un sujeto respecto de otro sujeto. En esa tensión se termina omitiendo la identidad particular (conflictiva) del sujeto.

Por ello la descoincidencia supone mantener la tensión como espacio de creación o de aparición del pensamiento. Y de algún modo la descoincidencia tiene que ver con la experiencia de la pérdida o de la renuncia y de su consecuente duelo en cuanto figura de tensión o conflicto. Si no hay renuncia pareciera que la distancia de tensiones no se genera y, por tanto, tampoco habría pensamiento. Con ello caeríamos en la “adecuación-adaptación al otro”, al decir de Jullien.

En síntesis: si el encuentro quiere se transformador, debe incluir el duelo, la tensión y el conflicto. Eso, en la experiencia de Magdalena, se puede reconocer en los siguientes elementos: a) Magdalena y el fracaso de la no-posesión de Jesús Resucitado a partir del gesto o indicación del no tocar; b) Magdalena quiere a Jesús para sí, quiere coincidir de modo no efectivo o pasivo, omitiendo la “coincidencia activa” que mantiene la distancia y el pensamiento; c) Magdalena debe descoincidir consigo misma y con el otro que la descoincide. Se necesita un otro para la descoincidencia; d) por tanto con la descoincidencia se va “abriendo una dimensión de infinito dentro de la clausura”, al decir de Jullien. MSJ

(1) Un agradecimiento especial al Dr. Benoit Mathot (PUCV) quien ha dado a conocer en Chile las dimensiones teológicas de la descoincidencia.

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