Jornada de los Pobres. El Papa: “Dios y el prójimo, los auténticos tesoros de la vida”

Homilía del Santo Padre en la Misa en ocasión de la II Jornada Mundial de los pobres, celebrada en la Basílica de San Pedro, el 18 de noviembre, en la que invitó a ir “hacia Dios, rezando, y hacia los necesitados, amando. Son los auténticos tesoros de la vida: Dios y el prójimo”.

“La injusticia es la raíz perversa de la pobreza. El grito de los pobres es cada día más fuerte pero también menos escuchado, sofocado por el estruendo de unos pocos ricos, que son cada vez menos pero más ricos”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Santa Misa en ocasión de la II Jornada Mundial de los pobres, celebrada en la Basílica de San Pedro, este 18 de noviembre, día también en el que la Iglesia celebra la Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo.

TRES ACCIONES DE JESÚS: “DEJA, ALIENTA Y EXTIENDE SU MANO”

Comentando las lecturas bíblicas del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, el Santo Padre dijo que, Jesús realiza tres acciones en el Evangelio.

Jesús va contracorriente, deja el éxito, luego la tranquilidad

La primera acción, señaló el Pontífice, Jesús la realiza en pleno día, deja: deja a la multitud en el momento del éxito, cuando lo aclamaban por haber multiplicado los panes. “En todo —afirmó el Papa— Jesús va contracorriente: primero deja el éxito, luego la tranquilidad. Nos enseña el valor de dejar: dejar el éxito que hincha el corazón y la tranquilidad que adormece el alma”.

Jesús deja el éxito —subrayó el Papa Francisco— para ir hacia Dios, rezando, y hacia los necesitados, amando. Son los auténticos tesoros de la vida: Dios y el prójimo. “Subir hacia Dios y bajar hacia los hermanos, aquí está la ruta que Jesús nos señala —puntualizó el Pontífice—. Él nos aparta del recrearnos sin complicaciones en las cómodas llanuras de la vida, del ir tirando ociosamente en medio de las pequeñas satisfacciones cotidianas. Los discípulos de Jesús no están hechos para la predecible tranquilidad de una vida normal. Al igual que su Señor, viven en camino, ligeros, prontos para dejar la gloria del momento, vigilantes para no apegarse a los bienes que pasan. El cristiano sabe que su patria está en otra parte, sabe que ya ahora es conciudadano de los santos, y miembro de la familia de Dios.

“Despiértanos, Señor, de la calma ociosa, de la tranquila quietud de nuestros puertos seguros. Desátanos de los amarres de la autorreferencialidad que lastran la vida, libéranos de la búsqueda de nuestros éxitos. Enséñanos a saber dejar, para orientar nuestra vida en la misma dirección de la tuya: hacia Dios y hacia el prójimo”.

Jesús hoy nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengan miedo»

La segunda acción —señaló el Papa Francisco—, Jesús la realiza en plena noche, alienta. El Maestro se dirige hacia los suyos, inmersos en la oscuridad, caminando «sobre el mar». “Jesús, en otras palabras, va hacia los suyos pisoteando a los malignos enemigos del hombre. Aquí está el significado de este signo —precisó el Pontífice—, no es una manifestación en la que se celebra el poder, sino la revelación para nosotros de la certeza tranquilizadora de que Jesús, solo Jesús, vence a nuestros grandes enemigos: el diablo, el pecado, la muerte, el miedo, la mundanidad.

“La barca de nuestra vida a menudo se ve zarandeada por las olas y sacudida por el viento, y cuando las aguas están en calma, pronto vuelven a agitarse. Entonces la emprendemos con las tormentas del momento, que parecen ser nuestros únicos problemas. Pero el problema no es la tormenta del momento —señaló el Santo Padre—, sino cómo navegar en la vida. El secreto de navegar bien está en invitar a Jesús a bordo. Hay que darle a Él el timón de la vida para que sea Él quien lleve la ruta. Solo Él da vida en la muerte y esperanza en el dolor; solo Él sana el corazón con el perdón y libra del miedo con la confianza”.

“Hay una gran necesidad de personas que sepan consolar, pero no con palabras vacías, sino con palabras de vida. En el nombre de Jesús, se da un auténtico consuelo. Solo la presencia de Jesús devuelve las fuerzas, no las palabras de ánimo formales y obligadas. Aliéntanos, Señor: confortados por ti, confortaremos verdaderamente a los demás”.

Jesús extiende su mano para que nos saque del mal

La tercera acción, explicó el Papa Francisco, Jesús la realiza en medio de la tormenta, extiende su mano. Agarra a Pedro que, temeroso, dudaba y, hundiéndose, gritaba: «Señor, sálvame». “Podemos ponernos en la piel de Pedro —invitó el Papa—, somos gente de poca fe y estamos aquí mendigando la salvación. Somos pobres de vida auténtica y necesitamos la mano extendida del Señor, que nos saque del mal. Este es el comienzo de la fe: vaciarnos de la orgullosa convicción de creernos buenos, capaces, autónomos y reconocer que necesitamos la salvación. La fe crece en este clima, un clima al que nos adaptamos estando con quienes no se suben al pedestal, sino que tienen necesidad y piden ayuda”.

Por esta razón —explicó el Santo Padre—, vivir la fe en contacto con los necesitados es importante para todos nosotros. No es una opción sociológica, no es la moda de un pontificado, es una exigencia teológica. Es reconocerse como mendigos de la salvación, hermanos y hermanas de todos, pero especialmente de los pobres, predilectos del Señor.

“Pidamos la gracia de escuchar el grito de los que viven en aguas turbulentas. El grito de los pobres. El grito de los pobres es cada día más fuerte, pero también menos escuchado, sofocado por el estruendo de unos pocos ricos, que son cada vez menos pero más ricos”.

PIDAMOS LA GRACIA DE ESCUCHAR EL GRITO DE LOS POBRES

Jesús escuchó el grito de Pedro —concluyó el Papa Francisco—, y a partir de ello pidamos la gracia de escuchar el grito de los que viven en aguas turbulentas. “El grito de los pobres: es el grito ahogado de los niños que no pueden venir a la luz, de los pequeños que sufren hambre, de chicos acostumbrados al estruendo de las bombas en lugar del alegre alboroto de los juegos. Es el grito de los ancianos descartados y abandonados. Es el grito de quienes se enfrentan a las tormentas de la vida sin una presencia amiga. Es el grito de quienes deben huir, dejando la casa y la tierra sin la certeza de un lugar de llegada. Es el grito de poblaciones enteras, privadas también de los enormes recursos naturales de que disponen. Es el grito de tantos Lázaros que lloran, mientras que unos pocos epulones banquetean con lo que en justicia corresponde a todos. La injusticia es la raíz perversa de la pobreza. El grito de los pobres es cada día más fuerte pero también menos escuchado, sofocado por el estruendo de unos pocos ricos, que son cada vez menos pero más ricos”.

EL CREYENTE EXTIENDE SU MANO, COMO LO HACE JESÚS CON ÉL

Finalmente, el Papa Francisco dijo que, ante la dignidad humana pisoteada, a menudo uno permanece con los brazos cruzados o con los brazos caídos, impotentes ante la fuerza oscura del mal. Pero el cristiano no puede estar con los brazos cruzados, indiferente, o con los brazos caídos, fatalista; no. El creyente —puntualizó el Papa— extiende su mano, como lo hace Jesús con él. El grito de los pobres es escuchado por Dios, ¿pero, y nosotros? ¿Tenemos ojos para ver, oídos para escuchar, manos extendidas para ayudar? «Es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar la caridad de sus discípulos» (ibíd.). Nos pide que lo reconozcamos en el que tiene hambre y sed, en el extranjero y despojado de su dignidad, en el enfermo y el encarcelado.

“El Señor extiende su mano: es un gesto gratuito, no obligado. Así es como se hace. No estamos llamados a hacer el bien solo a los que nos aman —concluyó el Santo Padre—, corresponder es normal, pero Jesús pide ir más lejos, dar a los que no tienen cómo devolver, es decir, amar gratuitamente. Miremos lo que sucede en cada una de nuestras jornadas: entre tantas cosas, ¿hacemos algo gratuito, alguna cosa para los que no tienen cómo corresponder? Esa será nuestra mano extendida, nuestra verdadera riqueza en el cielo”.

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Fuente: www.vaticannews.va

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