La actitud de aceptación

Es propio de toda condición humana buscar su desarrollo, perfeccionarse y mejorar, pero “crecer como ser humano no significa querer salirse de uno mismo”.

La aceptación es hacer las paces con la realidad – Rafael Vidac.

Ninguno de nosotros se creó a sí mismo. Desembocamos en esta tierra no por decisión propia y nos encontramos con un mar de deseos y necesidades que surgen de nuestro interior, y con un mundo exterior conformado de determinada manera y que no siempre responde a nuestros requerimientos.

Ante esta situación, nuestra libertad nos permite opciones: reconocer la realidad y establecer un buen vínculo con ella, indignarnos y acusarla, encerrarnos y “cortar relaciones”, o desconocerla y actuar “como si ella no existiera”, o elaborar mecanismos mentales de autojustificación.

Llamamos aceptación al simple reconocimiento de la realidad objetiva tal cual es. Si me encuentro en una situación difícil, la aceptación no significa resignación (que supone no tratar de actuar para cambiarla) ni desconocer que me hace sufrir ni buscar argumentos para convencerme de que “la situación es buena”, sino simplemente admitir su realidad y no tratar de deformar su percepción con negaciones, evasiones, pretextos o cualquiera de las formas que tenemos los seres humanos de “resistencias a la verdad”.

Fácil y espontáneamente tenemos una enfermiza “irritabilidad” ante toda norma que coarte nuestra libertad, y en forma automática brota desde dentro de nosotros una reacción de no-aceptación, y con frecuencia recurrimos al mecanismo más primitivo que el psiquismo humano posee para su defensa: la negación de la realidad. Claro está que luego sufrimos las consecuencias, que en algunos casos hacen de la vida una real “mentira existencial”.

Lo más importante aquí es comprender que la aceptación es una actitud que nos “reconcilia” con el mundo y nos pacifica interiormente, y que es la base de toda salud psicológica.

Al mismo tiempo, hay que reconocer que son múltiples los recursos que enmascaran la no-aceptación y nos impiden descubrirla; y que el camino de la aceptación, por su parte, no es fácil y demanda un cuidado permanente. En cualquiera de nosotros, una simple mirada introspectiva nos permitirá el hallazgo, en nuestra propia experiencia cotidiana, de numerosos episodios de velados engaños y mentiras, y de íntima “insubordinación” y “resistencia” a la realidad.

Como ya mencionamos, la aceptación no es resignación. La primera es admitir cómo son las cosas (tener “la mirada limpia de la verdad”), pero también buscar mejorarlas; la segunda, propia de la depresión, es no actuar cuando la solución o la curación es posible.

La ansiedad y la depresión son los fenómenos más difundidos de nuestro tiempo y en la raíz de las mismas está la no-aceptación. La actitud que aquí propiciamos significaría un inigualable bálsamo para la sociedad.

LA ACEPTACIÓN DE UNO MISMO

Dentro de la presente temática, la aceptación de sí mismo ocupa un lugar privilegiado. Y al respecto, Romano Guardini nos ha legado unas páginas perdurables: estas reflexiones tratarán de seguir su línea de pensamiento.

La comprensión de uno mismo es una cuestión muy compleja porque, por un lado, en todo acto mental me presupongo yo (no puedo pensar sin mí), pero al mismo tiempo “yo” soy un misterio para mí. La existencia de mi Yo me ha sido dada, no es algo generado por mí, y como alguien, persona única e irrepetible.

No puedo ser otro que yo; y soy una persona determinada: nacida en este tiempo, en este lugar, con este entorno. Y, además, “soy así”, con una serie de condiciones definidas y poco modificables.

Pero no solo eso, y aquí estriba lo esencial de nuestro tema: “debo querer ser el que soy, querer ser yo realmente y solo yo”.

Lo importante es que querer serlo; “aceptarme” es la base existencial que me permite una vida mentalmente sana. Pero, sin embargo, a veces puedo experimentar resistencias a la aceptación de tener que ser yo; puedo desear querer ser otro, con otras cualidades, y tener que renunciar de veras a no haber nacido con otra condición física, intelectual o social puede hacerme guardar resentimiento; o no perdonarme de no haber previsto cierta situación… Pero es así: no querer ser quien soy y como soy, no aceptarlo es rebelarme contra una “verdad existencial” y arruinarme la vida.

Es propio de toda condición humana buscar su desarrollo, perfeccionarse y mejorar, pero “crecer como ser humano no significa querer salirse de uno mismo”. Y, por otro lado, si he cometido algo incorrecto, la aceptación de uno mismo señala no caer en la negación soberbia, ni en el autocastigo de la angustia, sino en ser capaz de arrepentirme simple y sinceramente.

Podemos afirmar con fundamento que en la raíz de la mayoría de los males actuales está la rebeldía hacia la realidad y la intolerancia hacia la limitación humana y el misterio. Por eso, “es bueno volver siempre a tomar nueva conciencia de esa ‘Carta Magna’ del existir, el principio y fin de toda sabiduría: la renuncia a la soberbia, la fidelidad a lo real, la limpieza y decisión de ser uno mismo y por lo tanto la raíz del carácter. La valentía que se sitúa ante la existencia y precisamente así se alegra de esa existencia”(1).

El fundamento de la aceptación de sí mismo, para el creyente, es la fe, y para el no creyente, es el misterio de la vida. Su plenitud es llegar al agradecimiento.

(1) R. Guardini, La aceptación de sí mismo, pág. 27 (Edic. Lumen – México – Bs. As. 2016).

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Fuente: www.revistacriterio.com.ar

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