En esta nueva forma de ser Iglesia deberíamos tener el foco en el llamado…
Domingo 11 de octubre de 2026
El Evangelio de este domingo nos pone en la encrucijada de leerlo como una parábola extraña e incluso terrorífica o una alegoría de distintos momentos que se van suscitando en la medida que vamos viviendo.
El relato nos introduce en una cena, y no cualquiera, sino una de bodas, de esas que se celebran con todo lo que se tiene, que se organiza con detalle, y ante la cual uno se prepara expectante. Todos sabemos lo difícil que es organizar una celebración, lo complejo que es quedarse a ordenar cuando termina, pero no dejamos de regocijarnos cuando se avecina un gran evento. Ahora bien, este organizador es un rey, y cualquiera que fuera invitado debería sentirse, al menos, gozoso de haber sido considerado, pero no fue así. Los invitados no quisieron asistir, es más, se esforzaron de formas incluso homicidas para no acudir al banquete. Quiero centrarme en tres aspectos que me quedan resonando en esta lectura: el llamado, el vestido y el amor.
El llamado. La parábola muestra que, a pesar de ser invitados, hubo algunos que prefirieron no ir a la boda para no presentarse ante el rey. Si la cena es el encuentro con aquel que da sentido, lo sensato sería que respondamos de manera positiva a esa invitación. Esa gran cena de bodas representa la Eucaristía, donde nos encontramos con Dios hecho presente de manera real. La Eucaristía es comunión con Jesús y acción de gracias, sin embargo, hemos de preguntarnos: ¿qué hace que sintamos que el llamado no es para nosotras? Cuando creemos que dentro de los convocados no estamos, se nos dificulta la respuesta, no porque no queramos, sino porque se nos ha privado de las herramientas necesarias para hacerlo y, como no somos tan ilustradas, elocuentes predicadoras o autoridades certificadas, nos sentimos fuera del llamado universal a hacer común unión con Cristo que me amó y se entregó por mí (Gal 2,20), sin excepción, sin acepción de personas.
El vestido. Se nos ha dicho durante mucho tiempo que precisamos de una preparación apropiada para asistir al gran banquete de bodas, que no solo basta con responder, sino con cumplir cabalmente con lo que se exige para no errar en el blanco, y así poder ser «dignas» de ese llamado. Porque el vestido que llevamos no es muchas veces el que quisiéramos portar, sino el que se nos ha permitido utilizar. En este sentido, ocurre muchas veces que, como mujeres, nos vestimos con los mejores atuendos que podemos adquirir, con la mayor dedicación, una profunda fe y filial convicción, sin embargo, no encajamos con el código de vestimenta, porque no pedimos permiso a quienes deciden para usar aquello que queremos usar. Entonces, mi pregunta se enfoca en quienes llevan o se encargan de llevar los atavíos a nosotras, que también somos invitadas: ¿cuánto se han esforzado por entregar la vestimenta adecuada para cada una de nosotras? ¿O, más bien, se han dedicado a guardarla, apartarla o alejarla de nuestro alcance? Ciertamente, el vestido ya no debería decidirse desde las esferas de poder, sino desde una sinodalidad que nos debe hacer sentir parte, dándonos espacio, generando diálogos y con disposición a comprender que somos también objeto de la gracia transformante y transformadora de la comunidad cristiana, tomando en consideración nuestro potencial profético para poder detectar toda aquella vestidura que no realce la dignidad de ser Iglesia de Cristo.
Ciertamente, el vestido ya no debería decidirse desde las esferas de poder, sino desde una sinodalidad que nos debe hacer sentir parte, dándonos espacio, generando diálogos.
El amor. Hace más de 800 años, una joven noble comenzó a crear y trenzar su ajuar porque se le había impuesto una forma de vida que ella no quería. Ciertamente, no fueron sus vestiduras nupciales las que confeccionó, sino su hábito religioso, y fue acogida sabiamente por quienes tenían que entregarle «el vestido de bodas». Paradójicamente, esta joven se inspiró en la predicación y acción de otro contemporáneo que no tejió sus ropas, sino que se despojó de ellas puesto que ya no le servían para el banquete al que estaba haciendo ingreso. Entonces, volvemos a preguntarnos: ¿es que no nos vestimos adecuadamente o no se nos provee de vestiduras adecuadas? O, aun más, ¿será que se nos priva de usar las vestiduras propias para el gran banquete? Pareciera ser que la vestidura se encuentra en el primer punto antes tratado: el llamado que nace se expresa y expande desde y hacia el amor en donde se realza la capacidad de encuentro recíproco, la continua purificación no solo como ritual, sino como forma de vida y fortalecimiento de la comunidad. Porque en esta nueva forma de ser Iglesia deberíamos tener el foco en el llamado, que es para muchos, sin perder de vista que quienes queremos dar respuesta apasionada, en comunión y sinodalidad seamos cada vez menos escogidas.
Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.