La Cruz que libera, no la que aplasta

Hay una cruz que aplasta y exige silencio, y hay una cruz que libera y exige un paso. ¿Cuál eliges cargar?

Domingo 30 de agosto de 2026
Evangelio según san Mateo 16, 21-27.

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: «No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti». Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: «¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, ¡sino el de los hombres!».

Luego Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras».

En el Evangelio el sufrimiento que anuncia Jesús no es un fin en sí mismo ni algo buscado: es la consecuencia lógica de un proyecto de vida —el anuncio del Reino— que entra en conflicto con quienes sostienen el orden religioso y político establecido. Jesús no busca sufrir; asume que denunciar esas estructuras tiene un costo.

Frente a este anuncio, Pedro reacciona con un pensamiento estrecho: rechaza, propone evitar, alejarse. Jesús lo llama «Satanás» y responde invitando, con fuerza, a renunciar a sí mismo y tomar la cruz.

Cargar la cruz, entendida desde una lógica de Dios, no es aceptar pasivamente el sufrimiento ni la injusticia estructural —pobreza, opresión, violencia—. Es asumir las consecuencias de luchar activamente por la liberación de los vulnerados y vulneradas. Es una cruz que se elige por fidelidad a una causa, no una cruz impuesta que simplemente se tolera con resignación. Ignacio Ellacuría hablaba de «bajar de la cruz a los pueblos crucificados» como tarea central; Pedro, sin quererlo, propone lo contrario: evitar la cruz en vez de enfrentarla.

Cargar la cruz, entendida desde una lógica de Dios, no es aceptar pasivamente el sufrimiento ni la injusticia estructural —pobreza, opresión, violencia—. Es asumir las consecuencias de luchar activamente por la liberación de los vulnerados y vulneradas.

Esta distinción importa especialmente leída desde la experiencia de las mujeres. Varias teólogas feministas han advertido que este pasaje se ha usado de forma peligrosa: pedirles «cargar su cruz» para justificar que toleren violencia doméstica, sumisión o sacrificio permanente, presentando la auto-anulación como virtud cristiana.

Romero y Sobrino ofrecen la clave para leerlo de otro modo: la cruz es consecuencia elegida de la lucha por la justicia, no mandato de aguantar el sufrimiento impuesto. Hay un sufrimiento que dignifica, asumido por una lucha consciente, y otro que simplemente aplasta y del que hay que liberarse, no glorificarlo. En esa misma línea, Elsa Tamez sostiene que «renunciar a sí misma» no puede significar, para las mujeres, renunciar a su identidad o su voz —históricamente ya les fueron negadas—. «Perder la vida para encontrarla» se comprende entonces como liberación de cadenas impuestas, no como anulación.

Hay dos maneras de leer esa pérdida de la vida. Una que se entiende en clave personal: proteger la propia supervivencia. La otra se entiende en clave comunitaria e histórica: arriesgar algo por una causa compartida, que abre una forma de vida distinta —más expuesta, pero con un sentido que va más allá de uno/a mismo/a—.

Cada vez que aparece la tentación de pensar «así es, no se puede hacer nada» —la voz de Pedro—, el Evangelio insiste en distinguir: hay una cruz que aplasta y exige silencio, y hay una cruz que libera y exige un paso. ¿Cuál eliges cargar?


Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.

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