La cuestión de fondo: Hans Küng

A propósito del fallecimiento del teólogo suizo Hans Küng, recordamos un artículo publicado por el P. Juan Ochagavía sj en Mensaje de marzo-abril de 1980, donde se refiere a denominado “caso Küng”.

Juan Ochagavía sj

12 abril, 2021, 6:17 pm
38 mins

Los medios de información de nuestro país han publicado hasta la fecha, alrededor de una docena de artículos, entrevistas, cartas y réplicas sobre lo que se ha llamado el “caso Küng”. Allí nuestros lectores se han podido informar acerca del curriculum vitae de este teólogo brillante y a la vez discutido, desde hace ya más de diez años: en 1967 recibió Küng la primera invitación de la S. Congregación de la Fe para aclarar su pensamiento expresado en su obra La Iglesia (1967). Asimismo, es ya conocida de todos —aunque a veces no bien comprendida— la decisión de la Congregación para la Doctrina de la Fe (15 – XII – 79), que retira al profesor Küng la misión canónica que le había sido confiada para enseñar teología en nombre de la Iglesia. La enseñanza de teología prolonga la función del Magisterio que reside en los Obispos. Por este motivo, un teólogo —a diferencia de otras disciplinas— necesita la misión canónica.

En estas páginas queremos ofrecer algunos elementos que complementen la información ya recibida y que sirven para entender mejor el fondo del problema. Pero antes de entrar en esto, vale la pena recordar el alcance preciso de la decisión de Roma respecto a Küng.

ALCANCE DE LA DECISIÓN DE ROMA

El Obispado de Rotemburgo, al que pertenecen tanto el profesor Hans Küng como la Universidad de Tubinga, ha expuesto este punto con mucha claridad en una nota del 18 de diciembre de 1979, publicada en el boletín oficial de la diócesis. Ahí se dice:

La decisión de la Congregación no significa:

— Que el profesor Küng no haya de seguir siendo considerado como miembro de la Iglesia Católica. Está, igual que antes, en la comunidad de la Iglesia Católica.

— Que el profesor Küng vaya a ser impedido en el ejercicio de su oficio sacerdotal o que se le aparte de sus funciones. Sigue siendo sacerdote con todos los derechos y deberes ligados a dicho oficio.

— Que el profesor Küng no pueda en adelante enseñar e investigar como científico. La libertad de la ciencia como principio de nuestra Constitución y como derecho individual de un profesor universitario le siguen dando la posibilidad de trabajar científicamente. No sufren perjuicio ni su situación como funcionario ni su sueldo.

La decisión de la Congregación significa:

— Que el profesor Küng no puede en adelante enseñar por encargo de la Iglesia.

— Que no puede seguir en posesión de un cargo estatal dependiente de la Iglesia”(1).

Tal es la situación actual de Hans Küng. Se le ha aplicado no una condenación ni una excomunión, sino una medida muy moderada y perfectamente congruente con la situación teológica en que él mismo se ha colocado: “…cuando se dé el caso de que un maestro de las disciplinas sagradas escoge y difunde como norma de la verdad el propio criterio y no el sentir de la Iglesia y, no obstante haber usado con él todos los medios sugeridos por la caridad, continúa en su propósito, la misma honradez exige que la Iglesia ponga en evidencia tal comportamiento y establezca que ya no puede enseñar en virtud de la misión recibida de ella”(2).

Por último, conviene hacer notar que ni el Santo Padre ni el episcopado alemán han perdido “la esperanza de que el profesor Küng rectifique su postura y su opinión”(3), lo que sugiere que en tal caso la situación actual puede cambiar. Como lo afirma una nota de la Sala de Prensa de la Santa Sede (30 – XII – 1979), esto haría “posible la restitución de la facultad de enseñar por parte de la Iglesia”(4).

LEGITIMIDAD DE LAS BÚSQUEDAS DE KÜNG

La enseñanza de Küng sobre la infalibilidad es el punto central que motivó la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Desde antes de 1963, Hans Küng se había preocupado del tema de la infalibilidad de la Iglesia y del Papa. Aparece en sus obras Estructuras de la Iglesia (1963), La Iglesia (1967), ¿Infalible? (1970), ¿Falible? Un balance (1973), Ser cristiano (1974), y en varios escritos menores. Lo que impulsa a Küng a ocuparse de este tema es una preocupación muy compleja, primando en él la intención misionera de hacer relevante la fe para un mundo cristiano secularizado y la intención ecuménica de encontrar un camino de acercamiento a las otras Iglesias cristianas que objetan la definición del Concilio Vaticano I (año 1870) sobre el magisterio infalible, en ciertas condiciones, del Romano Pontífice.

Este intento no solo es legítimo, sino que constituye una de las tareas encomendadas por el Concilio Vaticano II a los teólogos (UR, 11). En lo que respecta al punto específico de la infalibilidad del Papa, el mismo Concilio Vaticano II expuso esa doctrina en un contexto más amplio y más profundo, facilitando así el camino al diálogo ecuménico (5).

El Decreto sobre el Ecumenismo del Vaticano II reconoce que aún en la exposición de la doctrina —que debe distinguirse con sumo cuidado del depósito mismo de la fe— pueden haberse introducido imperfecciones que es necesario corregir (UR, 6). La Congregación para la Doctrina da la Fe, en su Declaración Mysterium Ecclesiae (24 – VI – 1973), promulgada para rectificar ciertos errores teológicos actuales, entre ellos los de Hans Küng, reconoce que las verdades dogmáticas pueden estar condicionadas en su expresión por los condicionamientos históricos del momento en que fueron formuladas. Puede darse el caso de que una formulación de la fe sea expresada primeramente en forma incompleta —lo cual no quiere decir que sea falsa— y que más tarde reciba una expresión más íntegra y más perfecta. Con esto, se está admitiendo la necesidad de interpretar rectamente los enunciados de la fe para hallar su sentido verdadero. Esta es la tarea de los teólogos, los cuales hacen con ello “un gran servicio al Magisterio, al cual ellos están sometidos” (N° 5).

Esto nos muestra que sería injusto criticar a Hans Küng por su deseo de reformular y buscar el sentido más hondo del dogma de la infalibilidad del Papa y de la Iglesia. Vale la pena recalcar este punto porque hay, hoy día, personas y corrientes de mentalidad muy rígida, que pretenden detener las búsquedas teológicas acerca de las verdades fundamentales de la fe. Son mentalidades “tradicionalistas”, en el sentido peyorativo de esta palabra, que no tienen nada que ver con la inmensa fuerza, vida y creatividad del concepto católico de la Tradición. El Papa —el día 15 de diciembre último, el mismo día en que la Congregación para la Doctrina de la Fe retiraba al profesor Küng su misión canónica de enseñar— decía a los profesores de teología de la Universidad Gregoriana:

“Queridísimos profesores: el Papa, que ha sido también un hombre de estudio y de universidad, comprende muy bien las dificultades de vuestro trabajo, el peso gravoso que comporta, las asperezas que se oponen a vuestro compromiso y a vuestro ideal. No os dejéis desalentar por las tensiones cotidianas. Sabed ser creadores cada día, no contentándoos demasiado fácilmente con cuanto ha sido útil para el pasado. Tened la valentía de explorar, bien que con prudencia, nuevos caminos. La Constitución Apostólica Sapientia Christiana os reconoce ‘una justa libertad de investigación y de enseñanza, para que se pueda lograr un auténtico progreso en el conocimiento y en la comprensión de la verdad divina’ (Normas comunes, art. 39. 1, 1)”(6).

¡Ser creadores cada día! ¡No contentarse con repetir lo del pasado! ¡Tener la valentía de explorar! En otra ocasión, en la audiencia del 26 de octubre de 1979 a la Comisión Teológica Internacional, el mismo Juan Pablo II decía a los presentes, entre los cuales se encontraba el Cardenal Prefecto y los teólogos de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Realmente es claro que el estudio de los teólogos no se circunscribe, por así decirlo, a la sola repetición de las formulaciones dogmáticas, sino que conviene que ayude a la Iglesia para adquirir cada vez un conocimiento más profundo del misterio de Cristo”(7). ¿Se podrá reprochar a Hans Küng el haber sido desobediente a estos deseos y directivas del Papa? Ciertamente que no se le podrá achacar ni falta de valor para explorar ni el ser mero repetidor del pasado ni falta de laboriosidad creadora. Los problemas que señala suelen ser muy reales, como se puede ver en su último libro ¿Existe Dios? Su campo de interés es muy amplio. Si las búsquedas de Hans Küng son legítimas y necesarias, ¿dónde radica el problema?

CRÍTICA A LA INFALIBILIDAD Y SUGERENCIA DE SUSTITUCIÓN

Tocante a la infalibilidad, la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe dice que el profesor Küng “pone en duda el dogma de la infalibilidad en la Iglesia o la reduce a una cierta indefectibilidad fundamental de la Iglesia en la verdad, sin excluir la posibilidad de errar en las doctrinas que el Magisterio de la Iglesia enseña que se han de sostener de manera definitiva”(8).

Esta Declaración repite en términos casi idénticos la anterior Declaración de la misma Congregación (15 – II – 75), en que se le pedía al profesor Küng que cesase de enseñar estas opiniones, petición que tenía el carácter canónico de “amonestación”. El profesor Küng no se atuvo a esto, sino que siguió escribiendo sus opiniones acerca de la infalibilidad, incluso de manera más acentuada. La suspensión de la misión de enseñar teología en nombre de la Iglesia debe entenderse a la luz de este período de casi diez años de diálogo tanto de la Congregación de la Fe como del episcopado alemán con Hans Küng. Está, pues, muy lejos de haber sido —como lo ha presentado Küng— un acto precipitado e inquisitorial.

Excedería las posibilidades de este breve artículo el presentar y criticar de manera adecuada las objeciones de Küng al concepto de infalibilidad, en qué sentido le parece admisible y por qué prefiere reemplazarlo por el de “indefectibilidad”. Pero tampoco es posible omitir alguna declaración sobre este punto tan central en la controversia. A riesgo de simplificar demasiado, permítasenos esquematizar su discurso en los siguientes pasos:

1) La noción de infabilidad está ligada a una concepción griega de la verdad: la verdad como captación de las ideas o las esencias inmutables y eternas. De ahí que se la haya asociado a afirmaciones o proposiciones incambiables, que excluyen cualquier error.

2) Pero esto es inaceptable, si tenemos en cuenta: a) el carácter históricamente condicionado de la verdad; b) la verdad no se alcanza de manera estática, como un objeto captado de una vez para siempre, sino que es encontrada en un proceso dialéctico y dinámico en el cual se hallan mutuamente implicados tanto el sujeto cognoscente como el objeto conocido. Afirmación, negación e integración en una afirmación superior, sin que el proceso se detenga, son el camino hacia la verdad, la cual no se da en una afirmación aislada sino en el todo (Hegel); c) toda afirmación es, a la vez, manifestación de un cierto aspecto y ocultamiento de otros aspectos de la realidad. Esto vale, en especial forma, para las afirmaciones apologéticas, que buscan condenar un error, porque sucede que, en estos casos, se suele perder la parte de verdad que contiene todo error; d) de hecho —piensa Küng— la historia de los dogmas nos alecciona que afirmaciones que en algún tiempo fueron tenidas por irreformables, después fueron cambiadas.

3) La Iglesia ha recibido de Dios la promesa de que permanecerá incólume ante los ataques de las fuerzas del infierno (Mt. 16, 18), de que el Señor estará con ella hasta el fin de los tiempos (Mt. 28, 20), de que vendrá a ella el Espíritu de la verdad (Jn. 14, 16), que éste la conducirá a la verdad total (Jn. 16, 13). Ante estas promesas, que están en continuidad con las de la Antigua Alianza de Yahweh con Israel, surge la pregunta: ¿Es posible conjugar las promesas hechas a la Iglesia con la desaparición de proposiciones infalibles? “¿Depende realmente la infalibilidad de la Iglesia de la existencia de proposiciones infalibles?”(9). Küng dirá sí a lo primero y no a lo segundo.

Según Küng, la infalibilidad de la Iglesia en la verdad no se refiere a sus enseñanzas; aún las más solemnes, pueden contener error. Se refiere al hecho que ella, debido a la promesa de Dios, no va a sucumbir al poder de la mentira, es inengañable. “A pesar de todos los errores y equivocaciones, Dios la conserva en la verdad”(10). En este sentido, Küng acepta hablar de la infalibilidad de la Iglesia. Pero prefiere que se sustituya la palabra infalibilidad —dado que se presta a malentendidos— por el término “indefectibilidad” o “perpetuidad” en la verdad. Lo indefectible es lo que no puede ser destruido, lo que tiene permanencia, perpetuidad. “La verdad de la Iglesia no depende de proposiciones fijas, infalibles, sino del hecho de que ella permanece en la verdad a través de todas las afirmaciones, incluyendo las erróneas”(11).

CRÍTICA A KÜNG: UNA BÚSQUEDA INSUFICIENTE

Detengamos aquí este apretado resumen del pensamiento de Hans Küng sobre la infalibilidad. Habría mucho más que explicar, pero no es éste, ni el lugar ni el momento. Quien haya seguido esta exposición, comprenderá fácilmente por qué Roma y el episcopado alemán se han sentido obligados a pronunciarse. Por nuestra parte, limitémonos a hacerle unas pocas precisiones.

1) Según la teología católica, la infalibilidad es una prerrogativa de las personas que enseñan (los Obispos con el Papa; o el Papa, Cabeza del Colegio episcopal) y no de las proposiciones enseñadas. Como afirma el Concilio Vaticano II. Los Obispos en comunión con el Papa actúan como “testigos de la verdad divina y católica” (LG, 25). Las definiciones de fe de los Concilios o del Papa pertenecen al orden de la verdad testimoniada; vale decir, la verdad de Cristo profesada por la Iglesia gracias al don del Espíritu de Verdad. Cuando un Concilio o un Papa —en ciertas circunstancias— proclaman que una enseñanza ha de ser tenida como definitiva, su testimonio está respaldado por la prerrogativa de la infalibilidad, es decir, por la asistencia del Espíritu Santo para no poder errar en su oficio de enseñar. La infalibilidad no está en las proposiciones de fe, como lo afirma Küng, sino en la Iglesia que, mediante su Magisterio solemne, da testimonio de la verdad de Cristo mediante proposiciones que han de ser definitivamente creídas por todos los fieles(12). Cuando el Concilio Vaticano I afirma que tales definiciones son “irreformables”, no quiere decir que su formulación sea la única posible o la mejor para todos los tiempos. Lo que indica la palabra “irreformable” es que lo que el Papa define como dogma de fe es verdad definitiva por el sólo acto magisterial del Papa, asistido por el Espíritu Santo, y no necesita de ninguna aprobación de otros ni admite apelación a otro tribunal (LG, 25), como lo pedían ciertas corrientes jansenistas.

De lo dicho se desprende que los ataques de Küng a la doctrina de la infalibilidad de la Iglesia, los Concilios y el Papa no apuntan al blanco. En realidad no tocan a la infalibilidad sino al hecho de que la Iglesia proponga verdades definitivas o dogmas de fe. Pero esto nos lleva al punto siguiente.

REINTERPRETACIÓN DE LOS DOGMAS

2) Fundándose en el carácter histórico y necesariamente fragmentario de las afirmaciones dogmáticas de fe, Küng rechaza con vehemencia que la Iglesia sea poseedora de verdades definitivas. Pero en esto va demasiado lejos y, paradojalmente, como indicaremos después, cae en una postura arcaizante que ni respeta la evolución del dogma ni se abre a las nuevas problemáticas de los tiempos.

Es claro que la verdad surge siempre de en medio de un determinado horizonte o contexto histórico y que toda afirmación —también las definiciones dogmáticas— está situada: se expresa en la lengua de ese horizonte, responde a los problemas de los hombres de ese horizonte y pretende darles un aporte eficaz para solucionarlos. Las varias presentaciones de Jesucristo que se encuentran en el Nuevo Testamento son una prueba de esto: lo que es claro y constructivo para la comunidad cristiana palestinense de los primeros años no resulta tanto para los cristianos de Efeso de una época más tardía. La historia de los dogmas está llena de ejemplos que corroboran esta aserción. Por esto será siempre necesaria una relectura y reinterpretación de los dogmas. También en algunos casos será necesario llegar a una nueva formulación que testimonie la verdad de Cristo presente en la Iglesia de manera más completa, más integradora de otros aspectos de este misterio insondable, más atenta a la evolución del pensamiento y de la sensibilidad religiosa que traen consigo los nuevos tiempos. Asimismo, esto explica que ciertas formulaciones dogmáticas del pasado pierdan actualidad vital para los creyentes de una determinada época y horizonte cultural, sin que por tal motivo jamás pueda decirse que se hayan hecho falsas.

Del hecho que la Iglesia de Dios vaya peregrinando en el tiempo y que los creyentes de los diversos pueblos, culturas y subculturas coexistan simultáneamente en diversos horizontes históricos y pasen sucesivamente de un horizonte a otro se desprende la necesidad de vivir la fe con honda confianza y apertura de búsqueda: San Agustín nos impulsa a esto: “Busquemos para encontrarle, busquémosle encontrado… Él sacia a quien le busca, según la capacidad del buscador. Y a quien le encuentra le hace más capaz, para que de nuevo trate de llenarse viendo que ya tiene mayor capacidad”(13). Esta confiada búsqueda no debe entenderse tan sólo de las personas individuales sino de la Iglesia entera. La obra de Hans Küng insiste mucho en esto. Es bueno reconocerle este mérito y evitar, por temor a sus posiciones extremas, de caer en un fixismo de las formulaciones de la fe.

El pensamiento cristiano no ha tenido que esperar a Hegel para descubrir que a la verdad —y a Dios, que es la Verdad suma— nos acercamos por un proceso dialéctico. San Agustín está lleno de esto. Los grandes maestros de la Escolástica han practicado y enseñado el proceso de ir a la Verdad divina por el triple paso de la afirmación, la negación y el exceso o eminencia (S. Tomás, I – 12 – 12). Lo mismo hay que decir de la conciencia de la radical inadecuación de nuestras palabras para designar el misterio infinito de Dios. Es bueno recordar estas cosas para que, sin que disminuyamos en nada los aportes de Hegel, no apelemos a él para decir que sin él no se comprendía el proceso dialéctico de aproximación a la Verdad divina y el carácter siempre limitado de las afirmaciones dogmáticas. El acto humano de conocer —y también el conocimiento del Dios revelado mediante la luz sobrenatural de la fe— no se detiene en la formulación del enunciado, que es siempre limitado, sino que alcanza a la realidad misma. Por esto podemos decir confiadamente que la Iglesia posee verdades definitivas —la verdad de Cristo que permanece con ella— y que el Papa y los Obispos, por la asistencia especial del Espíritu Santo, pueden formular de manera infalible su propio testimonio de esta Verdad.

El condicionamiento histórico de los dogmas no los hace ser efímeros. Su verdad no desaparece una vez que pasa el momento cultural en que surgieron. Por mucho que estén influidos por éste, los dogmas contienen una verdad permanente: la de Cristo presente en la Iglesia como nuestro camino hacia el Padre, que es la verdad de la cual dan testimonio todas las afirmaciones infalibles.

EL CONTEXTO GLOBAL

3) La pluralidad de horizontes o contextos históricos y su influjo en las formulaciones de la fe no debe entenderse en forma tan extrema que desaparezca toda posibilidad de intercomunicación entre ellos. La gran fuerza unificadora de todo el universo y de la pluralidad de los horizontes culturales porque atraviesa la historia es Jesucristo. Él es la Palabra del Padre mediante la cual todo ha sido creado y recibe luz y vida (Jn. 1, 1-5). Él es su Imagen, en quien todo se apoya y cohesiona y hacia quien todos los hombres —con sus contextos culturales— convergen (Col. 1, 15-20). Pero precisamente de esta Verdad —inserta en la historia y que la dirige por la fuerza de su Espíritu hacia su meta, recapitulando en un todo la pluralidad de los hombres y de sus situaciones— da testimonio la Iglesia tanto en la Escritura como en su Magisterio ordinario y extraordinario.

Küng acentúa tanto la discontinuidad entre éstos, que llega a una verdadera ruptura de la verdad surgida en una situación histórica particular en relación a las que le precedieron y a las que le siguen. Esto lo mueve a buscar la continuidad no en la línea de la doctrina expresada en proposiciones, sino en la de la confianza en las promesas de Dios, que conserva a su Iglesia incólume a perpetuidad, pese a todos los errores. Considera que su aporte —el hablar de la indefectibilidad de la Iglesia en la verdad— es un retorno al concepto bíblico de verdad tanto del Antiguo como el Nuevo Testamento (emet, alétheia). En lo que constituye, a mi modo de ver, una simplificación inmensa, le resta importancia al elemento de enseñanza y doctrina, que también están presentes en la verdad bíblica. Consigue así construir una solución a los problemas de las enseñanzas dogmáticas definitivas, que no está en continuidad ni con la Escritura ni con la tradición de la Iglesia. Contra todo su intento, el descuido del carácter doctrinal definitivo de la verdad lleva a Küng a posturas retrógradas. Esto se ve en el modo como vuelve a las “cristologías de exaltación” más primitivas del Nuevo Testamento. Se ve también en el menor interés por todos los escritos más tardíos del Nuevo Testamento y los que dicen relación a la autoridad en la Iglesia, la transmisión de la doctrina y otros puntos. Sin saberse bien por qué piensa que el hombre actual sintoniza más con el emet bíblico y con la noción de indefectibilidad en la verdad. ¿Pero no es esto arcaísmo y falta de sentido de la evolución de las culturas?

Por esto, nos parece que su posición es el resultado de una búsqueda insuficiente. No ha trabajado lo bastante los datos teológicos del problema como para ofrecer una nueva comprensión de la infalibilidad, que abra nuevas perspectivas y sea a la vez capaz de integrar lo permanente de la Tradición de la Iglesia. Esto explica —como observa el profesor Bernhard Welte— que sus ideas resulten atrayentes para muchas personas que son especialmente sensibles a los problemas que él toca; pero que al mismo tiempo resulten destructivas y chocantes para muchos otros cristianos(14).

OTROS PUNTOS

Pese a lo anteriormente expuesto, Küng reconoce el valor y la función del Credo, de las formulaciones dogmáticas, especialmente las de los primeros Concilios ecuménicos. Duda, sin embargo, de la validez permanente de proposiciones de fe definitivas. Esto lo ha llevado a intentar formular la doctrina sobre la consubstancialidad de Cristo con el Padre en términos que son verdaderos en lo que expresamente dicen, pero insuficientes por lo que silencian. Mucho más insuficiente se muestra en la exposición del dogma de la Iglesia sobre la virginidad de María, que resulta vaciado de su contenido tradicional sin ser integrado éste en una nueva síntesis que, estando en continuidad con lo anterior, lo ilumine y profundice más.

En varios otros puntos, Küng se aleja de la enseñanza tradicional de la Iglesia. Su manera de entender el quehacer teológico lo independiza excesivamente del Magisterio. Como ha sido reconocido por sus críticos, tiene páginas de mucha penetración y hondura. Sus preguntas muchas veces son válidas porque tocan cuestiones vitales. Su afán misionero de hacer comprensible la fe al hombre de hoy es muy intenso. Pero el teólogo no puede contentarse con esto sólo, sino que debe elaborar respuestas más integradoras y constructivas. Küng tiene el valor, la capacidad y la amplitud de horizontes. Esperemos que él rehaga su trabajo con mayor rigor teológico, prestando así un servicio inapreciable a la Iglesia y a la teología.

(1) Tomado de la revista Ecclesia (26 de enero de 1980, Madrid), p. 13. Subrayado es nuestro.
(2) Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 15-XII-79. Ver L’Osservatore Romano, edición semanal española (6 – 1 – 80), p. 9.
(3) Comunicado del Episcopado alemán del 7 – 1 – 80. Ver revista Ecclesia (26 – 1 – 80), p. 12.
(4) L’Osservatore Romano, edición semanal española (6 – 1 – 80), p. 11.
(5) Ejemplo de esto, y de lo mucho que se está avanzando, lo podernos ver en “Teaching Authority and Infallibility in the Church. Lutheran – Roman Catholic Dialogue”, Theological Studies 40 (1979) 113 – 166. Sobre lo que aporta el Vaticano II a la definición del Vaticano I sobre la infalibilidad, ver ibid. 143 – 145.
(6) L’Osservatore Romano (6 – 1 – 80), p. 8. El subrayado es nuestro.
(7) L’Osservatore Romano (23 – XII – 79), p. 7.
(8) L’Osservatore Romano (6 – 1 – 80), p. 9.
(9) Infallible? An Enquiry, London (1972, Fontana), p. 144.
(10) Ibid., p. 149.
(11) Ibid., p. 150.
(12) LG, 25: “definitive tenendam”; “definitive actu proclamat”.
(13) Comentario al Evangelio de Juan, 63, 1.
(14) “Die philosophisch – Theologische Problematik” Herder Korrespondenz (1980), p. 81.

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 287, marzo-abril 1980.

Teólogo. Director de Mensaje entre enero de 1971 y diciembre de 1972.