La dictadura tecnológica

Estamos abocados a una dictadura tecnológica. Y el cepo nos lo hemos puesto nosotros solitos.

En las últimas décadas —y los últimos años de una manera acelerada— la revolución tecnológica nos ha ofrecido comodidades que, para muchos, en nuestra adolescencia aún eran ciencia-ficción. De golpe, hemos accedido al mundo en un bolsillo. Nos hemos acostumbrado a comprar online, y hemos descubierto lo cómodo que es. Hemos visto surgir todo un mundo de emprendedores cuyo común denominador es el recurso a la tecnología. En nuestro universo de iconos globales descollan nombres que brillan con luz propia y sin resplandores alternativos: Amazon, Google, Apple, Neftlix… Cada uno de ellos ofreciendo sus propios servicios. Cada vez menos. Y cada vez más poderosos. Porque a medida que van ganando implantación y alcance global, también van eliminando y absorbiendo cualquier forma de competencia. A golpe de ofertas, ofreciendo condiciones inmejorables, seduciéndonos mientras nosotros, renunciando a leer la letra pequeña, una y otra vez hacemos clic aceptando las condiciones que plantean.

Estamos abocados a una dictadura tecnológica. Y el cepo nos lo hemos puesto nosotros solitos. Porque, ahora que ya prácticamente han acabado con la competencia —y por si fuera poco, el covid ayudando—, es cuando empiezan a afilar los colmillos. Ahora es cuando pueden empezar a cobrar más por todo eso que hemos convertido en necesidad y para lo que nos hemos quedado sin alternativas. Ya pueden poner comisiones exorbitadas a transacciones que solo ellos pueden hacer. Y pueden colarnos publicidad invasiva sin que podamos resistirnos (me recuerda a 15 millones de méritos, el aterrador y cada vez más actual segundo capítulo de Black Mirror). Ya hemos asumido como normal la dinámica de las actualizaciones que obligan a que haya que estar constantemente reinvirtiendo y adquiriendo nuevos aparatos y software bajo la amenaza de que lo que tienes deje de funcionar. ¿Qué pasará el día que cierre la última librería, incapaz de competir con la comodidad de Amazon? Que esta plataforma tendrá vía libre para poner otros precios —o exigir otras comisiones a los distribuidores—. ¿Qué pasará cuando ya no quede hueco, no solo para el pequeño comercio —que ya agoniza— sino incluso para las grandes superficies comerciales, vencidas al fin por los escaparates virtuales?

Me temo que un principio básico que han tenido las economías occidentales, que era el de la defensa de la competencia, lo estamos perdiendo por vía de hechos consumados. Y la prueba de que esto no va en buena dirección es el enriquecimiento brutal y muy rápido de una minoría. ¿Quién controla instituciones globales, si nuestros gobiernos no son capaces de ponerse de acuerdo ni para las emergencias locales? Lo peor es que aquí no hay enemigo visible. Son corporaciones lejanas, intangibles, dispersas y globales.

Esto da miedo.

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Fuente: https://pastoralsj.org

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