La fuerza que Dios nos da solo con amarnos y estar en nosotras

Oremos por nuestras madres (o mujeres que han sido como nuestras madres), todas ellas vasijas vivas de la Ruah, para que el amor que ellas tienen en Cristo Jesús, nos continúe acompañando e iluminando.

Domingo 10 de mayo de 2026
Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 14-23. 

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: 

Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce.

Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque Yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él.

Palabra del Señor

Jesús, en esta, su Última Cena, nos dejó grandes esperanzas. Nos consuela, por su pronta partida, pero no pensando en la ausencia, que tanto dolor provoca en las separaciones, sino que en la permanencia, ese estado de acompañamiento en la vida que a veces cuesta tanto sentir. Y quien nos acompaña es el Espíritu de la Verdad, el Paráclito, el Espíritu Santo, la Ruah, como gustamos decirle en nuestra comunidad de mujeres, reconociendo en ella el lado femenino de Dios Padre y Madre.

Las mujeres somos buenas para acompañar, mejores amigas, mejores madres, enfermeras, psicólogas. Nuestras formas de amar son, generalmente, desde ese «estar junto a ti», contra toda tormenta o pesar. Por eso podemos entender cuando Cristo nos promete la venida del Espíritu de la Verdad, porque aun cuando no lo veamos, sabemos que está en nosotras, tal como nosotras estamos en nuestros seres amados, o en aquellos que sufren.

Las mujeres no necesitamos tantas pruebas físicas, ni grandes estandartes, ni trompetas al ataque, para mantener vivo el fuego de nuestra fe. Dice el Señor: «Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes», y ciertamente lo conocemos, por eso llenamos iglesias, organizamos ollas comunes, atendemos a los sin calle, damos aliento a los entristecidos y oramos de manera constante. No son todas mujeres ni todas las mujeres, pero siempre son más mujeres, excepto en los puestos eclesiales de importancia, pero eso ya es para otra reflexión.

Las mujeres no necesitamos tantas pruebas físicas, ni grandes estandartes, ni trompetas al ataque, para mantener vivo el fuego de nuestra fe.

Por eso siempre mi mejor ejemplo de cada don, de cada fruto del Espíritu, es siempre una mujer; en la certeza que en ella vive, o ha vivido, el Espíritu de la Verdad. Y qué fácil es comprender lo que nos dice Jesús, si aprendemos de los seres semejantes a nosotras que nos han antecedido en nuestra búsqueda de fe y amor. Por eso, cuando pienso en la frase «Él permanece con ustedes y estará en ustedes», no puedo dejar de recordar a la querida hermana Anita Gossens y su hermosa sonrisa llena de amor de Dios. Y cuando dice «el que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama», mi mente viaja a una seguidora fiel de Jesús hasta sus últimos días, a la cual solo he conocido por referencias amorosas que testimonia la gente que la conoció: Cristinita Correa. Y si resuena en mí el pasaje «Yo lo(la) amaré y me manifestaré a él (ella)», recuerdo a la hermana Karoline Meyer, una mujer sencilla, que ha impulsado la creación de colegios, comedores, centros de atención de salud y socorrido a muchos y muchas, que se mueve como si tuviera veinte años, teniendo sobre ochenta. Y con la frase «el que me ama será amado por mi Padre», recuerdo a Irene, Herly, Guada, Berni, Patricia, María, Enriqueta, Judith, Pouline, Mirna, Jessica, Soledad, Carolina, Sandra, Luisa, Lucía, Marcela, Verónica, Myriam… tantos y tantos nombres de mujeres fuertes, generosas y creyentes que bailan en mi corazón. Porque eso es la Ruah, el Paráclito, el Espíritu de Verdad: la fuerza que Dios nos da solo con amarnos y estar en nosotras.

Este Domingo se celebra en Chile el Día de la Madre. Aun cuando es una celebración muy comercial, nos da la oportunidad de mirar a tantas y tantas mujeres que han sacado adelante a sus hijos y hogares, acompañadas por la esperanza de saber que no están solas, que son amadas por Aquel que las habita, al que conocen, porque han orado a Él por comida, vivienda, educación, para ellas y sus hijos e hijas, pidiendo también fortaleza en la dificultad y agradecimiento en la prosperidad. También volver a mirar a todas aquellas que, sin ser madres, han escuchado las Palabras de Jesús y, sabiendo que la Ruah es parte de su propio ser, han cumplido los mandamientos de amor en su prójimo, con amor maternal o fraternal. Porque amar y ser amada/o es un mandamiento, el mandamiento de Jesús, unido a la promesa de estar siempre acompañadas/os.

Mi invitación, en este domingo de mayo, es que oremos por nuestras madres (o mujeres que han sido como nuestras madres), todas ellas vasijas vivas de la Ruah, para que el amor que ellas tienen en Cristo Jesús, nos continúe acompañando e iluminando.


Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.

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