La IA, la encíclica y los antiguos errores

Sr. Director:

Pensadores de diferentes orientaciones han valorado positivamente la contribución del papa León XIV al debate sobre la inteligencia artificial (IA), pero poco han dicho de por qué estuvo en condiciones de hacerla. El escritor inglés G.K. Chesterton decía que la experiencia de la Iglesia la hace poseedora de un mapa donde están marcados todos los caminos equivocados que ya han sido recorridos y que, gracias a este, puede defender «a la humanidad de sus peores enemigos; esos monstruos horribles, devoradores y viejos que son los antiguos errores». La encíclica Magnifica Humanitas recuerda varios. Quisiera profundizar en dos de ellos.

Uno es la antigua creencia de que la humanidad puede ser superada: el ser humano sería simplemente una bestia algo más evolucionada que el resto, es decir, una bestia inteligente. Entonces, si la IA es superior a la inteligencia humana, puede reclamar para sí prerrogativas que le otorgaría su ubicación en la pirámide de la evolución, como la toma de decisiones vitales y el consumo privilegiado de energía y otros recursos. En consecuencia, si los humanos no quieren quedarse atrás, deben transitar hacia formas supuestamente más elevadas del ser; es decir, fundirse con la técnica en híbridos orgánico-tecnológicos. Al recordar que la IA no es una evolución del ser humano, sino una creación de este, la encíclica destaca ese callejón sin salida.

El segundo error es la también vetusta idea de que los ricos y poderosos merecen sus bienes y que, por el hecho de serlo, tienen entonces la razón. Muchos de los millonarios dueños de la IA proclaman que no hay manera de detener su avance. Así, gobiernos, inversionistas, instituciones de toda índole y personas comunes y corrientes toman decisiones apresuradas. La encíclica recuerda lo obvio: los barones de la IA son humanos, o sea, capaces también de egoísmo y maldad. Por ello, León XIV recela de las profecías de los ricos propietarios y revaloriza la labor imperfecta de los simples trabajadores. Nos recuerda que nadie «merece» lo que tiene: la propiedad se justifica solo por cumplir una función práctica en la organización social, función que pierde al acumularse en pocas manos.

Al recordar estos antiguos errores, el papa refuerza la legitimidad de la democracia para actuar con agilidad —a través de sus medios, v.g., el derecho y la formación ética de sus ciudadanos—, para poner esta tecnología al servicio de la dignidad humana. Es también un llamado a las personas a la acción frente a cierto ambiente determinista circulante —por cierto, también un monstruo antiguo—: lo que ocurra con la IA depende, en último término, de la libertad humana, a pesar de que existan adversarios poderosos que afirmen lo contrario. Como dijo también alguna vez el alegre inglés que ilumina estas líneas, si a algo se parece la esperanza es a dar una batalla perdida y, sin embargo, ganarla.

Augusto Wiegand C.
Instituto de Éticas Aplicadas, Escuela de Gobierno, PUC

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