Ojalá tengamos la audacia para transmitir con nuestra vida —incluyendo obras y palabras— y con nuestras instituciones la misericordia de un Jesús que nos mueve y nos anima a caminar.
Hace unos años, una amiga me dijo que iban a comenzar un campamento en el colegio religioso de sus hijas. Y habían preguntado si habría oraciones por la mañana, y les dijeron que no, pero que habría actividades de ecología. Ella, en su infinita bondad, daba por bueno el axioma, asumiendo que estaba alineado con el espíritu Laudato Si’ propio de Francisco, algo que por otra parte es cierto. Sin embargo, he aquí la trampa: pensar que todo buena acción vale para transmitir la fe, como si los buenos actos solo fueran patrimonio de los cristianos.
El papa Francisco reiteró en numerosas ocasiones que «la Iglesia no es una oenegé», y por eso conviene ir al sentido profundo, para no malinterpretarlo. Esto no significa que no pueda haber oenegés católicas, que las hay y son excelentes, igual que hay universidades, colegios u hospitales. Es algo más sencillo, a la Iglesia no le vale solo con hacer buenas obras —ojo, que las ha de hacer— y tener buenas instituciones al servicio de la sociedad, del bien común y de la justicia social, y son ejemplares en la grandísima mayoría de los casos, especialmente con los más vulnerables, a veces donde nadie quiere ir, que quede clara esta idea. Y supongo que como haría el propio Jesús.
El papa Francisco reiteró en numerosas ocasiones que «la Iglesia no es una ONG», y por eso conviene ir al sentido profundo, para no malinterpretarlo.
No obstante, quizás lo propio del cristiano es mirar más allá, y tiene que ver sobre todo con el anuncio de la buena noticia a todos los hombres y mujeres de la tierra de muchas maneras, porque fuimos bautizados por el agua del Espíritu Santo, no con un carné de socio o una cuota mensual. Y sobre todo, que es capaz de vivir desde el Espíritu Santo que la guía, y no a merced únicamente de planes estratégicos, que aún necesarios son insuficientes.
Hoy más que nunca el mundo tiene sed de Dios, y por tanto de fe, de esperanza y de amor. Ojalá tengamos la audacia para transmitir con nuestra vida —incluyendo obras y palabras— y con nuestras instituciones la misericordia de un Jesús que nos mueve y nos anima a caminar. Y a salir a las fronteras para anunciar a un mundo roto la buena noticia de un Dios que sigue amando y apostando por la humanidad.
Y es que a los cristianos no nos vale solo con hacer el bien, es necesario transparentar aquello que nos mueve y ha de marcar la diferencia: Jesús de Nazaret.
Fuente: https://pastoralsj.org / Imagen: Pexels.