La memoria de la comunidad pascual no puede olvidar el dato de la ausencia inaugural desde la cual emergió, ausencia que se busca resignificar a través de nuestros modos de pensamientos y de nuestras prácticas.
Para que recomenzar se transforme en una pascua cotidiana
La Pascua nos hace hacer memoria del resucitado. Volver a mirar y abrazar los días de la Pascua es mirar a los acontecimientos fundacionales de nuestra experiencia creyente. ¿Cómo hacemos esa memoria y cómo esa memoria surte efectos determinados en la práctica de la comunidad? Hay un determinado vínculo que se establece a la luz de la resurrección y es ese modo de relación el que va constituyéndose un espacio de lo performativo. La memoria de la comunidad es performativa. Incluso el rito mismo de la resurrección lleva dentro de sí una performance, una acción que implica un efecto (paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la tristeza a la fiesta).
En la resurrección hay un cambio en el orden de lo real, incluso un modo de acceder a eso real, a aquello que se escapa de nuestras posibilidades de comprensión total y definitiva. Con ello la resurrección no la podemos reducir ni a un hecho cronológico ni a un momento de la pura materialidad, sino que es un acontecimiento, es decir, un momento en donde el orden de lo cotidiano se transforma para siempre. Aquí es relevante mostrar que la Pascua, en tanto acontecimiento, va dando una fisionomía particular a la comunidad. Por ello hacíamos hincapié en que la memoria de la comunidad queda trastocada debido al acontecimiento, es decir, el acontecimiento transforma para siempre la memoria de la comunidad.
Se da lugar un cambio efectivo en lo real, es decir, en aquello que pretendemos alcanzar pero que sin embargo se nos escapa. La indicación de Juan 20 en la escena de Magdalena nos puede ayudar a entender esto. Cuando el resucitado se encuentra con la mujer le dice que no lo toque, que no lo aprese, que no lo posea. Al prohibir tocar el resucitado abre una brecha, un espacio de lo incompleto, un punto de fuga que, permaneciendo abierto, es capaz de generar otra ficción o relato en la comprensión del acontecimiento.
La incompletitud del tocar o lo que podemos llamar el tacto imposible hace que Magdalena se desplace y active la emergencia del relato pascual: «he visto al Señor y [me ha] dicho estas cosas» (Jn 20,18). Magdalena debe involucrarse activamente en el espacio incompleto para poder ver al resucitado. La no posesión del resucitado es el gesto propiamente cristiano en tanto camino de «acceso a lo real», al sentido, al origen. La pretendida posesión terminaría fetichizando (convirtiendo en fetiche) al Misterio, haciéndolo suficientemente acorde a, deseo humano, y no dejándolo como un espacio donde el deseo —que siempre es imposible— pueda desplegarse en toda su potencia. En cambio, la incompletitud es lo que permite la configuración del deseo en tanto camino de captación del Misterio.
Magdalena debe involucrarse activamente en el espacio incompleto para poder ver al resucitado. La no posesión del resucitado es el gesto propiamente cristiano en tanto camino de «acceso a lo real», al sentido, al origen.
De este modo se reconfigura el espacio del discurso y de la experiencia a través de la falta, siendo dicha falta o ausencia el lugar para vivir una determinada relación, en este caso, con el Misterio. Es lo Otro, la diferencia, la ausencia, lo que comparece como Otro, generando la activación del deseo en el sujeto. Por ello Lacan dirá que «el deseo del hombre es el deseo del Otro» (Seminario X). El punto es que, para Lacan, el Otro (con mayúsculas) no es el otro (con minúscula) en cuanto semejante, sino que «es el Otro como lugar del significante» (Seminario X). Lacan añade: «Es un semejante entre otros, pero solo en tanto que es también el lugar donde se instituye como tal el Otro de la diferencia singular». Para Lacan, como lo recuerda Anika Rifflet-Lamaire (1986), el significante es lugar de una diferencia entre tal palabra y otras. Hay una dinámica oposicional en el significante en tanto diferenciación o reconocimiento de una singularidad de manera de evidenciar que el deseo habita en la singularidad.
Para Lacan el significante organiza el pensamiento en tanto cuanto es parte de una cadena de otros significantes. Por lo tanto, este espacio mercado por un decir-todavía va marcando el movimiento del deseo hacia el intento de captar o comprender el acontecimiento, es decir, como una falta. En el acontecimiento, además, experimentamos la singularidad, ya que el modo de completar o significar dicho significante nunca responde a una única manera de decir, sino que es siempre amplia, polifónica y siempre en movimiento.
El teólogo y psicoanalista Jean-Daniel Causse habla directamente de la resurrección como significante, mostrando cómo desde ella se organiza una nueva subjetividad. Dice Causse (2006): «El acontecimiento resurrección no tiene lugar más que en el momento en que María (Magdalena) oye cómo alguien se dirige a ella por su nombre y, efectuando el gesto simbólico de darse vuelta, reconoce a ese alguien. El significante ‘resurrección’, en cuanto que designa a Cristo, no tiene efectividad más que en el instante en que María adviene como sujeto nuevo (…) se trata de una irrupción imprevista, excesiva, que arranca al sujeto de sí para volver a darle a sí mismo en una nueva comprensión de su ser». Por ello la idea lacaniana de un espacio incompleto y articulado del significante nos puede resulgar sugerente para entender el acontecimiento plural en tanto experiencia de diferenciación, de novedad o de emergencia de un relato. Nuevamente: la ausencia y la tensión hacia la diferencia del Otro tienen la capacidad de organizar el discurso de modo de permitir otra narración.
En otro lugar Causse (2015) indica que el espacio ausente hace hablar. En particular, hablando de la resurrección, Causse establece que «el cuerpo cristiano se construye sobre la base de una ausencia inaugural (…) es el Cristo ausente el que hace hablar y escribir. Es el noli me tangere —el «no me retengas», «no me toques», lanzado por Cristo a María Magdalena— el que da nacimiento a una palabra y a un cuerpo. El cuerpo se compone únicamente sobre la base de aquello que le falta. Por ello la ausencia del cuerpo, de la palabra o del Otro en cuanto momento de falta implican una performance, es decir, un movimiento de cambio o transformación tanto en el orden del discurso como de las prácticas comunitarias del cristianismo.
Por ello la memoria de la comunidad pascual no puede olvidar el dato de la ausencia inaugural desde la cual emergió, ausencia que se busca resignificar a través de nuestros modos de pensamientos y de nuestras prácticas.
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