La Pascua transforma por medio de las preguntas y las preguntas nos abren a los otros sentidos del pensar, del decir y del actuar.
Por las preguntas que nos hacen querer caminar juntos
Las preguntas son un elemento constitutivo de la experiencia humana. Hacemos preguntas, nos hacen preguntas; hay preguntas incómodas que nos pueden paralizar; hay preguntas que esperamos. La pregunta es signo de algo que no hay. Hay una falta que se busca completar, hay una incompletitud que se marca con una pregunta. El que pregunta lo hace movido por una crisis, es decir, por un momento de falta. La pregunta es una ritualidad vivida en medio de la crisis y digo ritualidad porque el rito, que es una característica del ser humano, también puede ser comprendido como un preguntar o el preguntar mismo es una práctica ritual.
Lo que los cristianos y cristianas recordaremos y celebraremos en la próxima Pascua es un acontecimiento profundamente crítico: es la muerte de Dios. Como dice el teólogo John Caputo, en la Pascua somos testigos de la debilidad de Dios, de un cambio total en la comprensión de quién es Dios. El Dios Pascual es el Dios de la debilidad, el «Dios menor», como lo llama Jon Sobrino. El Dios Pascual es el Dios de la crisis y en la crisis de la cruz, del sepulcro, de la incertidumbre, de los días de silencio, las preguntas cobran su propio protagonismo. De hecho, Jesús mismo pregunta: ¿por qué me has abandonado? La pregunta por el abandono de Dios solo tiene lugar en la crisis o, en otras palabras, sin crisis radical no hay auténtica pregunta por Dios. La pregunta por el abandono divino implica la toma de conciencia de la crisis.
En la Pascua hay preguntas fundamentales que ayudan a comprender en cuanto momento de transformación. Aquí se nos hace interesante mostrar cómo esas peguntas nacen de una crisis. En la Pascua judía hay un momento central en la celebración en donde tienen lugar las llamadas «Cuatro preguntas». En este momento del rito el integrante más pequeño de la familia que tiene la capacidad de preguntar interroga al mayor de la familia sobre por qué la noche de la celebración pascual es distinta a las otras noches. La noche más importante en la identidad de Israel está inaugurada por preguntas que se direccionan a la memoria de ese mismo pueblo. La pregunta de la Pascua es una pregunta «hacia atrás», hacia el pasado de la historia pero que por la fuerza de ese mismo preguntar hace que la comunidad se haga contemporánea del acontecimiento originario. Con ello la pregunta implica la movilización de la memoria y del rito.
En la Pascua hay preguntas fundamentales que ayudan a comprender en cuanto momento de transformación.
El filósofo Jacques Derrida en su libro sobre la hospitalidad dice que esta práctica comienza con una pregunta que otro me dirige y que cuando me es dirigida hace que mi marco de comprensión se abra ante esa otra voz. La alteridad entra a través de una pregunta.
En el caso de la Pascua cristiana el encuentro de Emaús es la manifestación de cómo las variables de crisis y pregunta se interseccionan para dar lugar a una experiencia de profunda transformación. En Emaús el que inaugura la pregunta (diríamos «la hospitalidad», según Derrida) es el mismo Resucitado: ¿de qué conversan? Me gusta leer este texto a la luz de las cuatro preguntas de la Pascua judía. Es sugestivo pensar cómo Jesús comienza actuando como el menor de la familia que es el que pregunta. Jesús pregunta a los discípulos y pide que le cuenten la historia de lo que está aconteciendo. Ante la pregunta de Jesús los discípulos le cuentan los hechos más recientes, lo más próximo, en cambio Jesús narra comenzando por Moisés y pasando por los profetas, es decir, contando los acontecimientos fundacionales de la fe de Israel. Aquí Jesús actúa como el dueño de la casa y de la fiesta, como el mayor de la casa. Es sugestivo pensar, nuevamente, cómo Jesús es el más joven y es el mayor, es quien pregunta porque «no sabe» y es el que responde porque su identidad está en el ser contado y en el contar, es Palabra y es historia.
La Pascua es la ritualidad de las preguntas que construye memoria. La Pascua abre el sentido de la comunidad. La Pascua es el gesto de la pregunta que intenta decir y contar algo, es el gesto hacia lo que no podemos entender de manera total pero que permite la apertura hacia otro espacio del relato. La pregunta como ritualidad pascual permite la transformación de los partícipes de la misma pregunta. Por ello la pregunta moviliza, no es una experiencia de la pasividad. La Pascua transforma por medio de las preguntas y las preguntas nos abren a los otros sentidos del pensar, del decir y del actuar.
Fuente: Pexels.