Que la justicia y el cuidado se encuentren; que la dignidad de cada persona sea plenamente reconocida.
Domingo 1 de noviembre de 2026
En la Solemnidad de Todos los Santos y la víspera del Día de los Muertos, Mateo 5, 1-12 nos invita a transformar radicalmente nuestra comprensión de la santidad. Jesús sube al monte y se sienta entre la multitud; su postura no es la de un rey distante que dicta normas desde un pedestal, sino la de un maestro que acoge, escucha y dignifica los márgenes. Frente a una tradición que durante siglos encasilla la santidad en figuras eclesiásticas masculinas, podios lejanos o exigencias morales de resignación, las bienaventuranzas son un auténtico manifiesto de resistencia comunitaria, justicia e interdependencia.
El Evangelio no es un llamado a la pasividad ante el dolor. Ser «pobre de espíritu» o «mansa» no significa someterse en silencio a las violencias del patriarcado ni al despojo de la historia. En la lógica de Jesús, la mansedumbre es la firmeza no violenta de quien no utiliza las armas del opresor, y la pobreza de espíritu es el vaciamiento del ego dominador para dar paso a la ayuda mutua. Del mismo modo, el «hambre y sed de justicia» no es un concepto abstracto: es un grito visceral que nace de las entrañas, el mismo que hemos encarnado históricamente las mujeres que exigimos pan, verdad, reparación y dignidad para la humanidad. Esta sed de justicia cobra un rostro incisivo en el cuerpo de las mujeres de hoy. Las bienaventuranzas resuenan en las madres que buscan incansablemente a sus hijas e hijos desaparecidos; en las defensoras de la tierra que arriesgan su vida frente a la devastación ecológica; en las trabajadoras del hogar y de los cuidados cuya labor sostiene el mundo mientras sufren la precarización y la invisibilidad. Son bienaventuradas las jóvenes que ocupan las calles para denunciar la violencia machista, las que rompen el mandato del silencio frente al acoso y la impunidad, y las migrantes que cruzan fronteras construyendo redes de apoyo para proteger a los suyos. En cada una de ellas, el grito por la justicia deja de ser una idea para convertirse en carne, lucha y evangelio vivo.
Al conectar esta festividad con la memoria de nuestros difuntas, celebramos la «santidad de la puerta de al lado». Pensamos en nuestras compañeras, amigas, madres, abuelas y antepasadas, que han defendido la vida frente a las lógicas de la muerte, la guerra y el olvido. La «pureza de corazón» que el texto alaba no consiste en una moral sexual obsesiva con la que históricamente se ha juzgado y disciplinado el cuerpo femenino, sino en una mirada transparente, despojada de afanes de dominio, capaz de contemplar a Dios en el rostro de las vulneradas.
Las bienaventuranzas nos interpelan a convertir la memoria en acción. La verdadera santidad no habita en la perfección estática, sino en los lazos de solidaridad y sororidad que tejen la esperanza diaria. Hoy, al recordar a las santas anónimas que nos precedieron y al contemplar la valentía de las mujeres de nuestro tiempo, reafirmamos que el Reino de los Cielos no es solo una promesa futura, sino una realidad que se gesta hoy cuando rompemos el silencio cómplice, defendemos la justicia y nos atrevemos a cuidar la vida de los demás. Dios no habita en las dinámicas de dominación ni en el privilegio de unos pocos; Dios se encarna en la vida de quienes sufren, cuidan, resisten y trabajan por la equidad.
La verdadera santidad no habita en la perfección estática, sino en los lazos de solidaridad y sororidad que tejen la esperanza diaria.
Asumir este Evangelio hoy nos exige desinstalar la apatía, visibilizar las injusticias de nuestro entorno y sumarnos al proyecto colectivo del Reino: un espacio donde la justicia y el cuidado se encuentren, y donde la dignidad de cada persona sea plenamente reconocida.
Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.