Sr. Director:
La publicación de la Magnifica humanitas nos ha tenido hablando mucho de ia y, sobre todo, de la humanidad. Yo quisiera aprovechar el momentum para poner sobre la mesa un tema del que hablamos poco: las metáforas. Hablamos poco «sobre» ellas, sin embargo, sería imposible que habláramos «sin» ellas. Y es que no es posible escaparnos de su eficacia a la hora no solamente de comunicarnos, sino también (y esto es lo que se nos pasa desapercibido) de configurar nuestra visión del mundo, es decir, nuestro sistema conceptual, el cual comanda todas nuestras relaciones con las personas, el mundo y Dios.
Invito a preguntarnos qué metáfora utilizamos con mayor frecuencia para describir lo humano. Porque, aunque no lo notemos, ya la estamos usando: cada vez que hablamos de «procesar» una experiencia, de «resetearnos» tras el cansancio o de sentirnos «programados» para tal o cual conducta, estamos pensando lo humano desde una metáfora muy concreta y poderosa: la de la máquina.
Esa metáfora no es inocente. Trae consigo un estándar de evaluación: eficiencia, rendimiento, precisión, utilidad. Aplicado al ser humano, ese estándar termina reduciéndonos a engranajes de un sistema que exige siempre mayor productividad, a proyectos que hay que optimizar, a datos traducibles y comparables.
Es lo que Magnifica humanitas llama, con razón, el «paradigma tecnocrático»: una lógica que amenaza con normalizar una visión antihumana de nosotros mismos, en la que «florecer» se confunde con «acumular» y la vulnerabilidad se percibe como un error por corregir.
Frente a esa metáfora, la encíclica no ofrece una imagen idealizada del ser humano que compita con la máquina en su propio terreno. Ofrece algo más radical: recuperar la finitud como condición, no como defecto. La humanidad, escribe León XIV, «no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite». El sufrimiento, la fragilidad y el error son precisamente el suelo donde germinan la compasión y el amor. Eliminar por completo esa fragilidad, advierte León, significaría también extinguir el amor y el deseo.
Y, en el fondo, de esa fragilidad late otra «metáfora» (entendiendo esta palabra en su sentido pleno), mucho más antigua: no somos máquinas, somos imagen de Dios. Una dignidad que no depende de nuestro rendimiento ni de nuestra utilidad, sino que nos pertenece por el solo hecho de ser queridos y creados. Ninguna falla, ningún pecado, ninguna exclusión pueden alcanzarla.
No se trata de escoger entre dos metáforas equivalentes. La de la máquina pretende describirnos por completo; la de la imago Dei nos abre, en cambio, hacia un misterio que ningún concepto agota. Por eso, antes de seguir hablando de inteligencia artificial, convendría preguntarnos con qué metáfora pensamos lo humano. De esa elección, silenciosa y cotidiana, depende mucho más de lo que imaginamos.
Fernando Soler
Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile