Literatura. Marlow y Kurtz, vagabundos en tierras prehistóricas

“El corazón de las tinieblas”, novela de Joseph Conrad. Una travesía inusitada, profunda e inquietante en la que sus protagonistas avanzan hacia los infiernos.

Rosa Rubolino

12 Abril, 2017, 7:55 pm
10 mins

La novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, es una travesía inusitada, profunda, una narración inquietante en la que sus protagonistas avanzan hacia los infiernos. No importa qué los mueve a esta elección que para otros es indicio de locura: puede ser la codicia, la pasión por la aventura o la realización de un viejo sueño; en cualquiera de los casos, tanto para Kurtz como para Marlow, lo anecdótico no parece lo importante. Lo que los atrapa es el entorno, que no es otra cosa que la fascinación de vivir en medio de lo incomprensible.

Se trata de un clásico que sigue movilizando a los lectores que se le animan. Induce al análisis por admiración a la técnica, por la posibilidad de interpretación desde distintas ramas del arte y de la ciencia, por la universalidad de las emociones que despierta. Es tan conmovedora, tan vasta en su brevedad, que vemos su influencia en grandes autores de la literatura, y fue fuente de inspiración de películas inolvidables como la bélica Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola.

El escenario es dantesco. Dos hombres insatisfechos remontan el río Congo y se internan en la jungla africana. Lo hacen en distintos momentos por motivaciones diversas, pero en ese medio serán dos caras de una misma moneda. A los dos los mueve el deseo, y en esa búsqueda, donde chocarán con lo inaudito, solo uno va a sobrevivir: Marlow.

Conrad, maestro en la creación de atmósferas, rinde homenaje a la narración oral. La voz de Marlow describe la selva como impenetrable, caliente, silenciosa, aterradora por su poder y misterio. Como un siniestro personaje elige a sus víctimas, se cobra vidas y se expande a voluntad. Los nativos que la habitan son primitivos hasta el extremo, sin embargo trasuntan humanidad, no matan para alimentarse aunque viven hambrientos. “Buena gente los caníbales aquellos”, dice Marlow, aunque se siente un vagabundo en tierras prehistóricas.

Kurtz, idealizado y temido, también tiene el don de la palabra, pero con su elocuencia no cuenta historias sino que consigue manipular a su antojo: “Tenía el poder de seducir o intimidar a las almas más rudimentarias… y también podía llenar con amargos resentimientos las almas mínimas de los peregrinos”. Va con determinación por el marfil y lo conseguirá a cualquier precio. No era así cuando dejó la civilización: quienes lo habían conocido lo recordaban como un emisario de la piedad, la ciencia y el progreso. Una vez en el Congo, conseguir marfil se convirtió en su máximo objetivo y llegó a ser el número uno para la empresa que lo contrataba. Con su palabra se gana la confianza de los nativos, lo adoran, le consiguen más y más marfil, y no quieren que se vaya aunque está muy enfermo. A esta altura, el lector solo escucha su delirio. Meses atrás y por encargo había escrito un informe para que sirviera de guía a la Sociedad Internacional para la Supresión de Costumbres Salvajes… eso debió haber sido antes de que sus nervios se vieran afectados y lo llevaran a presidir ciertas danzas nocturnas rituales, porque después agregaría a su informe una posdata terrible: exterminen a todas estas bestias.

Marlow se pregunta en más de un pasaje si “el corazón de las tinieblas”, aquel mundo desconocido y salvaje, podría ser perturbador hasta el punto de cambiar los principios de un hombre. ¿Alguien que había llegado ahí con cierta ética sería capaz de conservarla o, por el contrario, perdería paulatinamente sus valores por el alejamiento de la civilización y, como atontado, cedería a sus aspectos más oscuros? Los blancos que veía le parecían muy extraños, tenían el aspecto de haber sido víctimas de un hechizo que los había dejado ahí cautivos. En esa categoría estaba también el muchacho ruso que lo recibe en la estación. Había llegado al Congo sin que nadie lo enviara, fascinado por Kurtz, puro, en buena relación con los nativos, no trabajaba para nadie ni le interesaba el marfil; vestía ropa con cien remiendos, pasaba hambre y noches en vela, pero no quería abandonar la jungla.

Desde las primeras páginas Conrad nos prepara para lo que viene. Nos advierte que lo primitivo es parte del ser humano, que antes de las grandes civilizaciones hubo pueblos cuasi salvajes. El nativo africano califica como primitivo para un inglés, pero los anglosajones lo fueron siglos antes para los romanos. Y si bien el hombre que sale de una civilización evolucionada, cuando se enfrenta a una cultura menos desarrollada percibe con arrogancia la diferencia, conserva en lo más profundo aspectos desconocidos e inmanejables de sí mismo. Ese reservorio oculto puede aflorar en condiciones especiales, adversas, donde fallan los diques impuestos por su ser social y lo llevan al quebranto emocional.

Kurtz, con las mejores recomendaciones, llega a África a trabajar para una empresa que comercia marfil y lo hace muy bien, pero algo que abunda o que falta en el entorno lo trastorna. Un exceso de soledad, de calor, de humedad; y por otro lado, la falta de iguales, de referentes que le marquen las fronteras de lo permitido, que le recuerden que él no es Dios, lo llevan a asimilarse a la vida salvaje de modo tal que comete los crímenes más atroces. Sometido a terribles carencias, cuando se enferma y recibe ayuda es demasiado tarde.

Marlow también arribó bien recomendado, también fue impactado por lo sórdido del ambiente, también él supo lo que es asomarse al borde, pero más allá de sus temores de volverse salvaje se mantuvo como observador y se centró en su trabajo, en aquel barco “ruinoso fragmento de otro mundo… yo llevaba el timón y miraba hacia adelante”.

Kurtz traspuso el borde, mientras que Marlow tuvo recursos que le permitieron retroceder a tiempo. Quizá toda la diferencia estribe en eso, dice el autor. Y si bien en un rapto de lucidez Kurtz grita la frase que, según Marlow, lo sintetiza todo y lo eleva: ¡Cuánto horror! ¡Cuánto horror!, hay un frágil cristal entre la demencia y la cordura; permanecer de uno u otro lado del umbral es lo que los hace diferentes.

No sabemos si el autor leyó a Freud, pero de cualquier manera, en 1899, cuando escribe esta novela, todavía no se habían publicado los trabajos psicoanalíticos sobre la importancia de la conciencia moral como guardiana y protectora de la salud mental frente a la irrupción del mundo instintivo. Conrad se adelantó, tuvo la brillantez de mostrar en sus personajes los efectos y consecuencias de su presencia o de su falla.

“La tierra es para nosotros el lugar donde vivimos, donde debemos llenarnos de visiones, sonidos, olores, donde, ¡por Júpiter!, debemos oler la carne podrida de un hipopótamo, por así decirlo y no contaminarnos. Y es ahí donde entra en juego la fuerza personal…”.

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Rosa Rubolino. Psicóloga y escritora. Escribe para revista Criterio de Argentina. Fuente: www.revistacriterio.com.ar

Psicóloga y escritora. Escribe para revista Criterio de Argentina.

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