Los mandamientos que «contienen» todos los demás

Amar a Dios en mí misma, en el prójimo, en los elementos y seres que nos sustentan.

Jesús era controversial; su mensaje, controvertido. Lo querían dejar en evidencia los grupos poderosos de la época: saduceos, fariseos. Cada grupo venía con la pregunta que estaba en el centro de su propia interpretación de la fe. Los saduceos habían consultado sobre la resurrección (en la que no creían, y sabían que Jesús sí); los fariseos vienen con una pregunta sobre la ley. Todos y todas quienes estaban allí, comprendían que era una pregunta sobre la ley de Moisés, el núcleo central de la religión judía.

La respuesta de Jesús debe haber llamado la atención a quienes le escucharon. Jesús evita claramente dar a uno de los diez mandamientos más jerarquía que a otro, o incluso avalar la interpretación farisaica de los mandamientos, que era imposible cumplir, especialmente para familias pobres. Más bien, equipara dos citas de la Torá: el inicio de la entrega de los mandamientos a Moisés, que cada judío y judía hasta hoy recita diariamente. «Shma Yisraël», «Escucha, pueblo de Israel», y sigue: «amarás a Adonái, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Dt 6,5). Así inicia el decálogo en el libro Deuteronomio. Jesús equipara otro mandamiento, que cierra la lista. Este se encuentra en el libro Levítico, terminando la enumeración de los mandamientos sobre las relaciones entre los integrantes del pueblo de Israel: «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18).

Jesús evita claramente dar a uno de los diez mandamientos más jerarquía que a otro, o incluso avalar la interpretación farisaica de los mandamientos, que era imposible cumplir, especialmente para familias pobres.

Es lo novedoso que propone Jesús, unir las dos frases, como un brazalete para el resto de los mandamientos, y así, en el texto, los dos mandamientos realmente «contienen» los demás: el segundo hace espejo al primero, y es igual de importante, porque el amor a Dios se muestra, se hace vida, en las relaciones humanas.

Amarás a Adonái, tu Dios… y amarás al prójimo como a ti mismo. Tres puntos en equilibrio, el amor sostenido por Dios que es amor. Donde está la real provocación de Jesús, en comparación con el decálogo y las normas de su pueblo, es en la expansión de ese amor al «pecador», al «expulsado» a quien es propiedad. Incluye, en prédica y práctica diaria, a los niños, a las niñas, y a las mujeres, con valor propio (no como pertenencia del padre de la familia); incluye a los traidores, que participaban en la explotación del pueblo, invitándoles a restablecer las relaciones humanas sanas, de confianza. Incluye incluso a quienes no creían en un solo Dios, como el centurión romano —quien nada menos ¡ofende el primer mandamiento adorando a otros dioses!—. El amor de Dios, que Jesús nos invita a practicar entre nosotros, es un amor que rompe esquemas y para nada obedece a lógicas humanas.

Hoy, ¿a quién tendríamos que incluir? Jesús seguramente nos invita también a nosotras amar más allá de los esquemas. Tal vez nos mostraría cómo realmente amar a la naturaleza que gime por el calentamiento global, al bosque que se seca, al agua que contaminamos. A todas las especies que se extinguen por la especie humana.

Amarás a Adonái, tu Dios, y te amarás a ti misma como a tu prójimo. Con las ciencias modernas, aprendimos lo que Jesús sabía: que sanar las heridas permite amar mejor. Descubrir la aceptación y valoración de mí misma, gratuitamente, sin tener que cumplir, sin tener que demostrar que merezco el amor, sin tener que acaparar fama, reconocimiento, dinero, títulos, porque lo que me hace amar, es el amor de Dios, y alcanza para todos y todas. Respirando la Vida, inhalando Amor, exhalando Amor, recibiendo y dando, aprendiendo de a poco que somos todos y todas hijas e hijos de una misma Madre que nos da vida, y que nos manda a cuidar la vida.

Así, estos dos mandamientos logran abarcar «la ley entera y los profetas», como dice Jesús a los fariseos, todas las maneras de amar, porque establecen el Norte, que es amar a Dios en mí misma, en el prójimo, en los elementos y seres que nos sustentan.


Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.

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