Los símbolos nazis y la religión política

El simbolismo remite a una dimensión fundamental de la antropología religiosa y ocupa un lugar central en las religiones políticas. Como ocurre también en otros casos, los símbolos constituyen un elemento principal de la ideología nacionalsocialista.

Roberto Bosca

08 Agosto, 2017, 11:17 am
9 mins

El hallazgo de una apreciable cantidad de objetos pertenecientes al patrimonio cultural del nazismo reaviva la discusión sobre la utilización de una rica simbología, de la cual la cruz esvástica (traducción del sánscrito svastika, llamada también cruz gamada) es uno de los ejemplos más conocidos y también obviamente más controversiales.

En Alemania se ha censurado la publicidad de su uso con fines propagandísticos, de la misma manera que en algunos países como Argentina ha estado prohibida en el pasado la propaganda marxista-leninista (no solo en su versión soviética), y lo está actualmente en otros poscomunistas.

LA IDEOLOGÍA, RELIGIÓN POLÍTICA

El simbolismo remite a una dimensión fundamental de la antropología religiosa y ocupa un lugar central en las religiones políticas. Como ocurre también en otros casos, los símbolos constituyen un elemento principal de la ideología nacionalsocialista, en la que representan un instrumento movilizador tan potente como pueden serlo las propias ideas-fuerza que la sustentan.

Los gobiernos autoritarios y totalitarios tienen fama de ser invariables enemigos de silenciar las creaciones artísticas, pero debe admitirse que esta es una visión un tanto inexacta. Si la belleza es un destello de la divinidad, dicho reflejo no podía pasar desapercibido en el ideario nazi. Al contrario, el nacionalsocialismo le otorgó una enorme importancia a la cultura.

La verdad es que a veces se piensa que es mejor que los políticos no se ocupen demasiado de esta materia, pero en rigor, lo que aquellos regímenes combaten es la libertad artística, pero de ningún modo puede generalizarse su oposición al arte, al que en bastantes casos se le asigna una función instrumental propia, en cuanto transmisor de esa misma fe política.

Lo distintivo de estos sistemas consiste, en todo caso, en la instrumentación ideológica del dato artístico. Vitalismo, naturismo, sangre y tierra, pueblo, raza, fuego, voluntad de poder, son todos contenidos esenciales de esta religión política que refleja una cosmovisión anclada en antiguas tradiciones precristianas. Todas las expresiones culturales del nazismo han estado al servicio de sus intereses hegemónicos sobre la sociedad.

LAS MALAS ARTES

No hay entonces aquí un rechazo del arte considerado en sí mismo. No solo no existe en él una actitud negacionista sino que, en realidad, el nazismo fue el creador de una nueva estética, en muchísimos casos no exenta de una innegable belleza. Podría discutirse si está o no indisolublemente unida a la ideología, y lo cierto es que puede resultar harto dificultosa su diferenciación.

Frente al arte puro o supuestamente —podría decirse— verdadero del nazismo, se censuró un arte “degenerado” (el arte moderno, sobre todo con influencias consideradas bolcheviques y judías), que era el que se apartaba de los cánones clásicos de belleza, y así sufrieron anatema artistas como Wassily Kandinsky, Paul Klee, Marc Chagall y Ernst Kirchner. ¿Podríamos repetir este error ahora en sentido inverso?

LA ZOOTEOLOGÍA DEL REICH

Hay en la weltanschauung nazi una conexión con lo irracional que es propio de la animalidad, entre otras por la vía del naturalismo. Como suele suceder en las religiones políticas, nos encontramos aquí con una cuestión de orden antropológico. El esoterista austríaco Jorg Lanz von Liebenfels, sostuvo que las raíces del mal en el mundo residían en una naturaleza animal subhumana. Sus teorías están próximas al darwinismo social y contribuyeron a la conformación ideológica del nazismo. Según la zooteología de este ex monje cisterciense, la raza aria habría quedado comprometida mediante la fertilización con especies humanas inferiores.

Entre los elementos artísticos recientemente secuestrados en Buenos Aires, llaman la atención representaciones de variados animales como el león, un porcino, el águila, el ave, un caprino, el gato, el rinoceronte, incluso un simio y hasta personajes mitológicos como una esfinge.

La mitología y la religión utilizan frecuentemente las figuras de animales como representaciones de seres espirituales. Pie pellicáne, Iesu Dómine reza Santo Tomás a Jesucristo, tradicionalmente identificado en la liturgia como un cordero. El demonio aparece bajo la forma bíblica de una serpiente y el Espíritu Santo es una paloma, una caracterización quizás algo chocante para el iconoclasta espíritu protestante. El pez identifica a los primeros cristianos. Finalmente, pero en una enumeración que podría extenderse mucho más, cuatro seres vivientes de entraña apocalíptica, un león, un toro, un águila y un ángel, representan a los cuatro evangelistas.

Los objetos encontrados son cajas o estuches de diverso formato y de manufactura y material de uso en los años ‘30 que contienen dagas, instrumentos de medición, banderas, estandartes, estatuillas de soldados, relojes de sol, brazaletes, prismáticos. La efigie del Führer aparece reiteradamente en diversos estilos y modalidades. No resulta visible en cambio en ese zoológico transido de simbolismos políticos la figura del lobo, que era la denominación con la que se identificaba a Hitler a la manera de un alias. Reiteradas veces aparece, en cambio, otro símbolo de poder soberano del Sacro Imperio Romano Germánico: el águila, que el Tercer Reich adoptó como prenda de su legitimidad.

EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ

La esvástica, finalmente, muchas veces sostenida en la iconografía por el águila, es el símbolo omnipresente y el centro de la discusión, ya que reviste una cierta ambigüedad que ciertamente no caracterizaba al jefe del nazismo. La cruz gamada tiene origen indio y un despliegue en los pueblos orientales muy antiguo, e incluso se la ha encontrado en las primitivas culturas americanas. Además, reconoce una nutrida tradición en el ocultismo, al punto de que la misma Madame Blavatsky la eligió como emblema en el sello de la sociedad teosófica.

Es claro también que todo esto parece pertenecer a un (in)olvidable pasado. ¿Será tan así? El tiempo pasa y para inquietud no solamente del pueblo judío, redivivos nacionalismos autoritarios en choque con implacables fundamentalismos están cada vez más lejos de las catacumbas y cada vez más cerca de las sillas del poder político. Es la eterna encrucijada que palpita en el corazón de cada ser humano, punto clave de la existencia donde se entrecruzan la cruz del odio y la cruz del amor.

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Fuente: www.revistacriterio.com.ar

Profesor de la Universidad Austral y director del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes), en Argentina. Escribe para la revista argentina Criterio.