Luces no reflectores

La luz está tomada del mismo Jesús que se ha convertido en la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Sus discípulos solo podemos ser luz si tomamos su luz. V Domingo Ordinario.

Monseñor Enrique Díaz Díaz

06 febrero, 2020, 10:57 am
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Isaías, 7-10: “Cuando compartas tu pan con el hambriento, brillará tu luz en las tinieblas”.

Salmo 111: “El justo brilla como una luz en las tinieblas”.

Corintios 2, 1-5: “Les he anunciado a Cristo crucificado”.

San Mateo 5, 13-16: “Ustedes son la luz del mundo”.

El nuevo párroco quiere actualizar su iglesia y ponerla al día, para ello ha adquirido un moderno aparato de velas, eléctrico, no produce humo, no chorrea cera, y solamente se le deben poner unas monedas para que se enciendan el tiempo necesario. Pero a muchos, sobre todo a las comunidades indígenas, no les acaba de gustar el nuevo invento pues afirman que “la vela debe tener la misma vida de uno, gastarse y desgastarse, dar luz desde adentro y no de forma mecánica. La vela debe ser como la fe del creyente que está viva y comprometida, que se deshace para alumbrar a los demás no para deslumbrar, que pasa su luz a los demás, que da calor… No nos convencen esos foquitos artificiales”.

Después de haber proclamado a los cuatro vientos sus maravillosas bienaventuranzas que vienen a trastocar todos los valores del mundo, Jesús se dirige a sus discípulos y les hace como una petición, un encargo, que tendrán que cumplir en cada una de sus acciones: ser sal y ser luz. Para nuestro mundo actual el ser sal tiene mucho sentido y con una sola imagen ya Cristo está definiendo a sus seguidores. Mientras la sociedad se adormece en una rutina de aburrimiento y pierde el sentido de la vida, Cristo exige mucho más a sus seguidores: ser sal. Debe ser un rasgo característico de los discípulos el saber dar sabor a la vida. Para las gentes sencillas esta imagen está muy cercana y es fácil captar todo el simbolismo y entender que el Evangelio infunde una energía y da un sabor especial a la vida. Sin embargo, parecería que a muchos la fe se les ha vuelto sosa, avinagrada y acartonada, y les ha faltado dinamismo y entusiasmo para llevar con alegría el Evangelio. Hay la constante queja de que la Iglesia ha perdido su dinamismo, su energía y su vitalidad. Y no se pretende que la Iglesia se acomode al desenfrenado mundo moderno, sino que ofrezca esa esperanza y esa alegría de quien ha encontrado a Cristo. Una de nuestras tareas actuales será la de volver a salar nuestra fe al calor del Evangelio, de la oración y del clima de la comunidad fraterna.

Pero junto a este sentido de sabor debemos también recuperar el otro sentido que para los judíos era más significativo: la conservación de los alimentos que, como signo, es traducido en fidelidad. Por eso una “alianza de sal”, como se proclama varias veces en el Antiguo Testamento, es una alianza duradera que asegura la permanencia y la fidelidad del pueblo elegido al que Dios nunca falla. Por eso cuando Jesús afirma que los discípulos deben ser sal, les indica que entren al mundo, pero en alianza con Dios y que deben mantener en el mundo las exigencias de la justicia verdadera que evitará que las comunidades se estanquen en la mediocridad y en la injusticia. Pequeña, sencilla y humilde es la sal, pero debe dar sabor, conservar y dinamizar a toda la sociedad. Para eso necesita dos condiciones muy claras: la primera es no encerrarse en sí misma porque quedará hecha terrón, y produce un sabor terrible; y la segunda es que debe deshacerse en el alimento para dar sabor. El discípulo no puede permanecer encerrado en sí mismo porque dañaría tanto a la comunidad como al Evangelio, y su labor consiste en “deshacerse” en verdadero servicio como lo exige Isaías en la primera lectura: “Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre y sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu hermano”.

Las obras nacen del amor y son signo del amor. Deben manifestar el amor y no ser ocasión de prestigio o de negocios. Ser luz es cuestión de amor y solo en el amor se puede iluminar a los demás. No es el signo de superioridad y ni la señal de sabiduría que muchos quisieran adoptar, como si hicieran el favor de iluminar a los demás. No, la luz brota de dentro y va mucho más allá de la sabiduría humana. La luz está tomada del mismo Jesús que se ha convertido en la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Sus discípulos solo podemos ser luz si tomamos su luz, si nos dejamos encender de su pasión, si disipamos nuestras tinieblas con su palabra. Isaías nos da la pista para ser luz: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva, cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”. La luz está viva y comprometida con el sufrimiento de los hermanos, no es la luz artificial que se enciende para que los demás la vean. Es la luz que brota desde el interior, espontanea, como una fuente, porque está llena de amor. Están tan concretas las obras de la luz que siempre serán la piedra de toque para distinguir si alguien es discípulo del Señor.

En estos momentos hay muchas dudas e inseguridades, suicidios y vidas absurdas, que no podremos iluminar con ideas brillantes sino con compromisos serios a favor de los que han sido reducidos a la miseria y a la discriminación. Hay quien ya no cree en nada y va cargando con fastidio su vida. El discípulo puede dar sentido, sabor y luz a todo el que se encuentra desencantado. Y esto empieza con los más cercanos, porque estamos dispuestos a ser luz de las naciones, luchando y manifestándonos contra las guerras extranjeras, pero no somos capaces de exigirnos nuestro tiempo y nuestra aportación para los que están junto a nosotros y en nuestra casa. Somos candil de la calle y oscuridad de la casa. Somos reflectores que deslumbran y corazones en tinieblas. ¡Así no somos verdaderos discípulos! Nos quejamos amargamente de la oscuridad que reina en nuestro ambiente, pero no somos capaces ni de encender un cerillo para disipar las tinieblas. El compromiso es grande y exige reflexionar seriamente cómo estamos siendo luz en nuestro mundo, cómo estamos dando sentido y sabor a nuestras vidas y a las vidas de los cercanos, y cómo estamos contagiando de Evangelio a quienes se acercan a nosotros.

Señor, que tu luz ilumine nuestras tinieblas, y que podamos dar sentido y sabor a nuestras vidas con la luz de tu Evangelio. Amén.

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Fuente: https://es.zenit.org

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