Jesús dio su vida para probar que este amor tiene un alcance cósmico. Su resurrección constituye el triunfo del Creador con su creación.
Dice el apóstol san Juan que «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Que Dios sea amor fue una experiencia intensa de las y los discípulos de Jesús. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), añade Juan. Todos ellos llegaron a esta conclusión tras su resurrección. Esta constatación produjo en ellos una alegría enorme. Con sumo entusiasmo salieron a anunciar que Dios ama y salva a la humanidad.
San Pablo precisa. Este amor se expresó al máximo en la crucifixión de Jesús: «Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). Jesús mismo lo había anticipado a los suyos cuando se acercaba su pasión: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). A Pablo, que no conoció a Jesús en vida, le fue revelado que Dios lo amaba radicalmente a él y a la humanidad. Esto fue lo que se dedicó a proclamar por todo el Mediterráneo. La salvación que Pablo, como los demás judíos, él creía reservada a los judíos mediante el cumplimiento de la Ley, debía ofrecérsela también a los gentiles sin exclusión. Su personal experiencia podía, en principio, ser la de cualquier cristiano.
Esta experiencia del «por mí» caracterizará la cúspide de la mística cristiana. La Encarnación no es simplemente para el perdón de los pecados o para hacernos hijos e hijas de Dios. Los santos y santas supieron que la salvación era para ellos en particular. San Ignacio recomienda a la persona que hace ejercicios espirituales: «Considerar cómo Dios se ha hecho hombre por mí, y cómo el mismo Señor ha nacido en suma pobreza, y después de tantos trabajos, hambre, sed, calor y frío, ha padecido afrentas y tormentos, para finalmente morir en cruz; todo por mí» (Ejercicios espirituales, n. 116). De este amor único de Dios por una persona hablan Juan de la Cruz, Teresa de Ávila y Teresita de Lisieux. Santa Catalina de Siena afirma: «Con amor indecible soportó Cristo la pasión, y derramó su sangre con tanto ardor que lo hizo como si solo por ti hubiera padecido» (Diálogo, cap. 26).
Tal vez pocas personas alcanzan el «por mí», pero todas están llamadas a conocer a Dios íntimamente. Cada una de ellas ha de saber que este «por mí», si es auténtico y no una especie de delirio místico, tiene que realizar su originalidad con que y para que fue creada. Ningún «por mí» se parece a otro. Dios quiere a cada una de sus criaturas de una manera irrepetible.
Demos un paso más. El «por mí» puede considerarse la cumbre de la vida espiritual; pero hay que tener cuidado. Un «por mí» sin un «por todos» no es cristiano. Para serlo, se requiere llegar a creer que la Encarnación también es «por ti». Este «por ti», en el cristianismo, debe considerarse igualmente importante que el «por mí».
Recordemos la parábola del Buen samaritano. Quien recoge al hombre asaltado por unos ladrones y dejado luego a la vera del camino, necesitado de auxilio, fue, como este herido, un desconocido. Pero Jesús nos da una pista importante: tú debes hacer con cualquier ser humano lo que un ser humano cualquiera debiera hacer «por ti». El samaritano era un extranjero, es decir, alguien a quien no era exigible comportarse como los judíos debían hacerlo. El evangelista Lucas, que cuenta esta historia, aterriza la salvación eterna de la que habla san Pablo. Dios salva del pecado y de la muerte a cualquiera que crea en Jesús muerto y resucitado. Pero, antes de que se cumpla esta voluntad salvífica universal suya, es menester socorrer a la universalidad de los hombres malheridos y sufrientes. La misma primera carta de san Juan, que enseña que Dios «es amor», introduce un correctivo. Nadie puede decir que Dios sea amor si no ama a su hermano. Si no se ocupa del hermano, es un «mentiroso» (1 Jn 4,20).
Llevemos el «por mí» todavía más lejos: el «por mí» llega a ser auténtico cuando se tiene viva conciencia de que otros se han ocupado de nosotros antes, y gratuitamente. El «por ti» es, en sentido estricto, anterior a la experiencia del amor personal de Dios. A «ti» alguien te amó primero. Nadie puede, en consecuencia, jactarse de amar a los demás, pues este amor se funda psicológica y espiritualmente en haber sido nosotros amados primero. Amamos porque otros nos enseñaron a amar amándonos. Tal vez lo hicieron de un modo interesado. En un examen de nuestra vida espiritual debiéramos aprender a reconocer esta posibilidad. Y, sobre todo, caer en la cuenta de que tuvimos una madre, un padre, unos abuelos, unos profesores o unas amigas o amigos que lo hicieron de un modo gratuito. Hicieron así tal vez sin ser conscientes de que, de este modo, amaron como Dios ama y manda hacerlo.
El «por mí» llega a ser auténtico cuando se tiene viva conciencia de que otros se han ocupado de nosotros antes, y gratuitamente.
Vamos incluso más lejos: Dios también tiene un «por ti». En este estás incluido junto a los demás y a todo el universo. En lo inmediato y cercano podemos decir que el Hijo de Dios se hizo un ser tan terreno como cada uno de nosotros, y más. Dios ama a la Tierra como si fuera su esposa. «La tierra ha dado su fruto» (Sal 85; 67), enseña el salmista.
Jesús dio su vida para probar que este amor tiene un alcance cósmico. Su resurrección constituye el triunfo del Creador con su creación. El autor de la Carta a los Efesios dice que Dios quiso «recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra» (Ef 1,10). El Resucitado lleva en sus manos las huellas de la cruz por toda la eternidad. Ya no sangran, pero son cicatrices corporales, visibles y palpables para todos quienes resucitaron con él y comparten hoy su vida.
El Creador te creó «a ti» y murió «por ti». Nos debemos a la Tierra, porque Dios ha querido amarnos de un modo terrenal, biológico, temporal y genealógico. En la genealogía de cada uno de nosotros se ha transmitido un ADN que llegó a configurarse después de millones de años y que todavía mutará hasta que la vida en el planeta se extinga. ¿Se extinguirá? Los científicos dicen que sí. La muerte es un dato en el devenir de los seres humanos y de las demás especies vivas.
Pero la muerte no es lo último. Aquella participación en el Resucitado se traducirá en una vida eterna, de la cual no tenemos clara idea en qué consistirá. La fe cristiana enseña que será feliz y que será compartida corporalmente. La muerte es el giro definitivo. Ella es nuestra hermana (san Francisco). La muerte en Cristo nos purificará y la resurrección nos realizará de un modo inimaginable. Entonces Dios descansará con su creación como un esposo con su esposa.
La vida eterna comienza, sin embargo, a este lado de la historia. En nuestra vida terrena es posible ya activarla. ¿Cómo? La mística cristiana ha de traducir la unión con Dios en cuidado de la Tierra. Una mística que no concrete el amor de Dios por la Tierra es mentirosa, diría el evangelista Juan. Al amarla, protegerla y hacer que ella despliegue su belleza, nosotros mismos participamos terrícolamente en el itinerario hacia el destino final. A Dios se lo ama tal como él nos ama a nosotros, a saber, a través de su creación.
Fuente: https://jorgecostadoat.cl / Imagen: Pexels.