Meditaciones (en voz alta) para el Sábado Santo

En esta columna quisiera proponer algunas ideas, a modo de meditaciones “en voz alta” para el Sábado Santo. Están escritas en un auténtico desorden porque son la base de una mañana de espiritualidad para el Sábado Santo, que me pidieron acompañar en una comunidad parroquial. Espero que estas ideas “en voz alta” puedan ayudarles para meditar esta Semana Santa.

Dice la poeta argentina Alejandra Pizarnik (“El árbol de Diana”): “Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida”.

El Sábado Santo es el momento donde hay que dejarse caer, dejarse doler, dejarse enlazar.

El “dejarse” es ser “atrapado” por el mundo, por sus contextos, por sus circunstancias.

El Cristo se dejó caer en nuestro dolor y muerte porque se encarnó.

La encarnación es el “dejarse caer” radical. Es entender que Dios “está en la intemperie” (Andrés Soto).

Lo que sucede el Sábado Santo, la tumba, se tiene que entender desde la Encarnación: “Se hizo hombre” (Jn 1,14). Hacerse hombre/mujer es entender que la vida duele, se cae, tiene casa. Y entender que cuando esto ocurre la vida se entiende como vida humana, con “profundidad humana” (Armando Roa Vial).

Como dice Joan-Carles Mèlich: “(somos) cuerpos corpóreos, frágiles y vulnerables. Cuerpos que nacen y que gozan, cuerpos que sufren y que mueren. Cuerpos que ríen y que lloran. Cuerpos que se transforman, que envejecen. Cuerpos vivos” (Mèlich, La prosa de la vida).

Dice el poeta colombiano Miguel Mendieta (“Antimateria”): “Hablan de un mundo herido/ que se cae a pedazos/ se hablan a sí mismos/ como si las palabras/ que hacen en eco en su mente/ fueran la conciencia de las cosas”. Al tomar conciencia del mundo, tomamos conciencia de nosotros mismos. Hablar de un mundo herido significa que hablamos desde nuestra propia herida.

El Sábado Santo es la ritualización más natural de la muerte: sepultar el cadáver, acompañar a los deudos, atravesar el vacío-abismo de la ausencia física del que estaba vivo y ahora está muerto. El Sábado Santo es la confirmación de la Encarnación. Lo que ocurrió no es otra cosa que la muerte de un hombre. El Cristo es el vulnerable-vulnerado que incluso en la muerte necesita la atención de alguien que actúe de sepulturero.

El Sábado Santo nos recuerda el sábado judío (shabat: interrupción/descanso), el día de descanso del pueblo de Israel. La comunidad celebró el sábado, entonó los cantos y recordó el Éxodo (la fisura del mar rojo; el mar dividido en dos). En la tumba la Palabra del Creador (Jn 1,1) hizo silencio y la comunidad puso palabras a ese silencio.

El poeta Miguel Mendieta dice (“Ondas”): “La verdad descansa/ en un río que fluye en silencio”.

Por ello al Sábado Santo no podemos entrar solo desde o con la teoría, en la idea de la muerte, o de la vulnerabilidad corporal-espiritual. Hay que entrar al Sábado Santo con todos los dolores que tiene nuestro cuerpo, con los dolores de los cuerpos que están junto a nosotros. Hay que entrar vitalmente al Sábado Santo. Hay que ser capaces de entregar ese cuerpo vulnerable que somos, que soy. MSJ

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