Agosto, 1954: “Una gran visita de Dios a la Patria”

Al cumplirse dos años del fallecimiento del padre Alberto Hurtado, las primeras páginas de revista Mensaje son empleadas para un elocuente artículo del abogado Radomiro Tomic que recuerda la trayectoria del fundador de revista Mensaje, el Hogar de Cristo y otras iniciativas sociales y pastorales.

Goethe escribió en el “Fausto” aquel grito angustioso:

“Oh, minuto que pasas… ¡detente!, que separa como el filo de una espada al hombre terrenal del hombre santo. Aquí está, resumida en una sola sentencia, la vieja ansiedad del hombre por no morir; la conciencia de cuán breve y fascinante es el latido del Tiempo fugitivo: el conocimiento de que la vida individual —nuestra vida la vida… ¡la vida mía!— es una experiencia única y una experiencia incomunicable e irrecuperable.

Grávido el corazón y los sentidos por el isócrono pasar de todo hacia la mutación y hacia la muerte, asiéndose vanamente a la cuerda de agua de sus días, el hombre terrenal exhala su tortura en el grito lastimero: “Minuto que pasas… ¡detente!”.

…¡Mas no así el Santo!

Alguien ha escrito que “la única tristeza verdadera es la de no ser santo”, porque son ellos, los Santos, los vencedores del “espíritu del mundo”, los únicos hombres que realmente alcanzan la Libertad, conocen la Verdad, viven en el Amor y no son destruidos por la Muerte. Su secreto es haber penetrado en toda su hondura la sentencia paradojal del evangelio: “Quien busque su vida, la perderá; y el que la pierda, la hallará”; y su misión, la de ser instrumentos de la gracia para restablecer la armonía entre la naturaleza del hombre y su destino; entre la Tierra y el Cielo; entre el tiempo y la eternidad.

Ellos saben que “el grano debe morir”, para que surja la espiga, y la vida se renueve en su cielo inacabable; ellos saben que Dios es “Dios de vivos y no de muertos” y que el Reino de los Cielos comienza en este mundo y no en el otro. Olvidados de todo lo demás, “negándose a sí mismos, toman Su Cruz y Le siguen”.

¡Entonces viene la recompensa desconcertante, la extraña vitalidad, la prodigiosa fecundidad, que son el premio de Dios para sus Santos!

Uno de ellos vivió y estuvo entre nosotros. Le conocimos todos, y como en el verso clásico: “Vestidos nos dejó de su hermosura”. Se llama Alberto Hurtado. Alejados ya del día de su muerte, comprobamos cómo se multiplican las obras que él amó. Comprendemos mejor quién era. Sabemos lo que quería. ¡Y no era “el Minuto que pasa”, sino la Vida Eterna!

* * *

Es curioso observar cómo los signos de un destino extraordinario se hacen presentes. Cuando de manos de un fiel amigo suyo recibí un legajo con centenares de testimonios, discursos y artículos sobre la personalidad del Padre Hurtado y el conjunto de su vida y su labor, encontré varios en que se transparenta la sorpresa por la súbita revelación de una fuerza desconocida de que apareció revestido Alberto Hurtado cuando abandonó su profesión de abogado y sus actividades laicas, para buscar en la consagración sacerdotal y en la Compañía de Jesús, el cumplimiento pleno de su destino. Pareció a muchos un “hombre nuevo” y lo fue a la manera en que lo enseña san Pablo: ya no era él, “sino Cristo, quien vivía en él”.

El señor Obispo de Talca ha contado cómo, seis años atrás, el entonces superior en Lovaina y actual padre general de la Compañía, le dijera: “En mis largos años de Superior, no he visto pasar junto a mí un alma de mayor irradiación apostólica que la del Padre Hurtado”.

Ignoraba yo este comentario al visitar, en abril del año pasado, la Casa de la Compañía, en París. Y fue para mí una experiencia conmovedora escuchar de labios del Padre Director, con la tranquila naturalidad de un juicio meditado: “En nuestra opinión, ustedes tienen en Chile el próximo General de la Compañía, es el Padre Hurtado”.

¡No fue general de la Compañía de Jesús! Ni tuvo honores o dignidades oficiales de ninguna especie. Había de morir antes de todo esto. Los informes de los médicos se hicieron perentorios: el reposo total o un agravamiento sin control. Estaba enfermo. Podía verse en su rostro enflaquecido, de rasgos más y más tirantes; en el rictus, de pájaro vencido en pleno vuelo, de su sonrisa antes tan ancha y cordial; en una como luz de cansancio y de fiebre, que asomaba de pronto vagamente a sus ojos.

— “Pero —decía— ¿para qué quiero veinte años de reposo? Quiera Dios permitirme todavía un año bien vivido”.

¡Tuvo su año “bien vivido”!

Dios le premió permitiendo que no se cumpliera en él la advertencia que recoge el Evangelio de San Juan: “Uno es el que siembra y otro el que cosecha”. Le fue concedida la gracia de ver, con los ojos de su cuerpo, la generosidad de muchos que aceptaron el llamado que Dios les hacía por su intermedio para consagrarse al sacerdocio; el hondo venero de caridad y compasión, capaz todavía de mover el corazón de miles y miles de creyentes y de incrédulos, para ver en los pobres, en los niños sin hogar, en los derrotado de este mundo, el rostro adorable de Jesucristo; las reservas de confianza en las ideas cristianas, todavía intactas en vastos sectores de obreros y empleados organizados sindicalmente en nuestra patria, y en lucha por la transformación de un “orden” social del que Dios está ausente y que sienten hostil y enemigo.

Antes de morir, puede crecer el grano y madurar la espiga. “Si silenciáramos su lección —escribió Monseñor Larraín Errázuriz—, desconoceríamos el tiempo de una gran visita de Dios a nuestra Patria”.

El signo visible más seguro de su supervivencia terrenal es el amor sin tristeza con que lo recordamos.

“Mujer, ¿por qué lloras —preguntaron los ángeles a María Magdalena inclinada sobre el sepulcro vacío—. Y dice el evangelio que ella entonces se volvió “y vio a Cristo”… ¡porque ya estaba cumplida la Redención!

* * *

Diamante de mil facetas, el espíritu del hombre santo quiebra la gran luz del amor de Dios de mil maneras diferentes. Las formas de santidad son infinitas. Pero cada alma tocada por la Gracia, lo es de un modo propio y singular.

La del Padre Hurtado fue estremecida de parte a parte por el “sentido del pobre” que Dios puso su corazón como exigencia avasalladora. “Es verdad que en su rica vida pueden reconocerse muchas formas del apostolado moderno: sacerdote, maestro, sociólogo, escritor, formador de sacerdotes, guía de juventudes, consejero espiritual, apóstol de caridad… ¡Pero no hay cómo engañarse! Corriendo todo a lo largo de su fecunda vida es el amor a los pobres, es “el sentido del Pobre”, el hilo brillante que nos conduce al secreto de su corazón y nos entrega la clave del diálogo que el alma de Alberto Hurtado sostuvo con su Creador.

Mas si el amor en los pobres tendrá invariablemente como causa la presencia de Cristo en ellos, las formas de este amor, para que sea fecundo, y no sentimental y estéril, necesitan adecuarse a las circunstancias de la civilización que configura la vida de los hombres en un lugar y en una etapa determinados de la historia.

En un curioso libro sobre los jesuitas en el mundo, el alemán Fulop-Miller describe cómo, a poco de llegar a Roma san Ignacio de Loyola y sus discípulos, cayó sobre la ciudad el azote de una terrible hambruna, en el invierno de 1538; y cómo el pequeño grupo de jesuitas recorría la ciudad noche tras noche, con antorchas y angarillas, llevando a los enfermos a las mansiones de personas ricas. En grupos organizados iban de casa en casa pidiendo dinero, víveres, ropas, leña y paja, y con lo que reunían daban a los recogidos de comer, los vestían, les procuraban fuego y jergones.

Según Fulop-Miler, fue esta una experiencia valiosa para san Ignacio, porque no tardó en comprender cuán infructuosa era la altruista y esforzada ayuda individual en medio de necesidades sociales cuyo origen no era la desgracia imprevisible. Ya no se dio por satisfecho con ayudar a un enfermo aquí y a un hambriento allá. Y se propuso en adelante combatir al mal en sus orígenes, no limitando solamente sus esfuerzos a levantar al caído en su necesidad, sino a modificar las condiciones sociales.

El amor al prójimo y el servicio de los pobres, tomó así, por primera vez, la forma de un apoyo social reflexivo. Entonces, en los albores de la Edad Moderna, habría nacido conscientemente la preocupación de la Iglesia por que sus hijos dieron cumplimiento al gran mandamiento, “resumen de toda la ley”: “Amarás al señor tu Dios con todas tus fuerzas… y a tu prójimo como a ti mismo”, de un modo más cabal que con la tradicional limosna en obsequio del desgraciado.

El mundo moderno ha hecho más y más agudo el problema, y los tiempos recientes acentúan la constante preocupación de la Iglesia por difundir las proyecciones sociales de la verdad cristiana en defensa de los derechos y posibilidades de los pobres a una vida moral y digna.

No hay en ello novedad alguna, en verdad. Todo el Evangelio, en la enseñanza tradicional y en la economía misma de la Redención confirma esta verdad elemental. Elemental, pero no siempre resplandeciente para el juicio de no pocos cristianos.

Bousset, predicando a los reyes de Francia, les recordaba con dura precisión que “la Iglesia de Cristo había sido fundada para los pobres, que era la Iglesia de los Pobres, y que los ricos y poderosos solamente eran emitidos en ella bajo la condición de servir a los pobres”.

“No hay sino un medio de estar en contacto con Dios —ha escrito Leon Bloy— y ese medio absolutamente único es la Pobreza. No el contacto con la pobreza fácil, interesante y ‘cómplice’, que ofrece su limosna a la hipocresía del mundo, sino con la pobreza difícil, irritante y escandalosa que es preciso socorrer sin esperanza de Gloria y que no tiene nada que dar en compensación”.

Los pobres en nuestros siglos son mejor conocidos por otro nombre: se llaman el proletariado; el pueblo multiforme. Y sus cuadros organizados son hoy los sindicatos.

Desde hace un siglo el desarrollo de las fuerzas económicas al margen de la moral cristiana, ha acelerado dramáticamente la deshumanización del trabajo, la materialización de los valores sociales y ha multiplicado el resentimiento, la inseguridad y el desamparo.

En un proceso de implacable encadenamiento lógico y humano, los principios materialistas que infisionaron a los grupos dirigentes de la sociedad, han corroído el corazón de las grandes multitudes.

Hace 70 años León XIII acusaba en su encíclica famosa: “Habéis puesto sobre la inmensa muchedumbre de los desposeídos un yugo que difiere poco del yugo de los esclavos”.

Y Pío XI, vuelto hacia los cristianos, nos increpa: “El mayor escándalo de nuestro siglo es la apostasía de las masas”.

La Jerarquía de nuestra Iglesia en Chile ha hablado también con penetrante claridad en repetidas ocasiones sobre el deber social de los católicos.

Y es en el apostolado social que el Padre Hurtado nos deja la flor de su mensaje. Este es su aporte decisivo a la evangelización de nuestra Patria. De aquí a 50 años se habrán olvidado algunas de sus preocupaciones y tareas, pero su figura habrá crecido hasta asumir proporciones gigantescas en la transformación social de Chile.

Bien es verdad que no aceptó limitaciones metodológicas o técnicas en el rescate de los pobres para quienes Cristo fundó su Iglesia. Los buscó uno por uno, en su soledad y en su desamparo. Para ellos fundó el hogar de Cristo. Y al que estaba hambriento le dio de comer; y al desnudo, lo cubrió; y dio consuelo al triste. Como otros santos sacerdotes y laicos que en esta misma hora de nuestra patria multipliquen prodigiosamente la siembra de la palabra divina entre los pobres de Chile, el Padre Hurtado no fue un funcionario, sino un apóstol; y en cada uno de aquellos desgraciados veía al divino pobre que para ellos murió crucificado.

De aquí a 50 años se habrán olvidado algunas de sus preocupaciones y tareas, pero su figura habrá crecido hasta asumir proporciones gigantescas en la transformación social de Chile.

Los amaba. No con el amor teórico del doctrinario o del ideólogo, sino tales como eran, en su carne concreta, en la hosquedad de sus vidas, en sus necesidades y desesperanzas de seres humanos.

La última vez que estuve con él en el hospital, tenía un libro en las manos. Apenas si podía sostenerlo. Con voz suave, entrecortada, leyó: “¡Cuándo llegará el día en que al entrar un pobre en una iglesia, el ‘suizo’ golpee el suelo con su alabarda y diga: ‘¡Aquí viene Jesucristo!’”.

No pudo seguir. Lloraba en silencio, cubiertas de lágrimas sus descarnadas mejillas de agonizante: lloraba por los pobres en cada uno de los cuales Cristo oculto espera el pan, el vaso de agua, el refugio contra la noche, la protección contra la injusticia, el consuelo contra la inseguridad y el desamparo.

* * *

Pero ya he dicho que los pobres en nuestro tiempo, cuando quieren ser mirados en su rostro multitudinario, se llaman el Proletariado y los Sindicatos.

Como la Iglesia Católica, como la Compañía de Jesús, como Ignacio de Loyola, lo sabía el Padre Hurtado.

Las fuerzas del trabajo constituyen la más sólida realidad social de nuestra época. En todas partes de la Tierra, el pueblo, la incontable muchedumbre de los que abren los surcos en los campos; de los que rompen la entraña en los montes, en las minas; de lo que maneja en las máquinas que dan forma y sentido de la industria, al transporte y el comercio sobre la Tierra, el aire y el mar; de los que pueblan las ciudades y las aldeas, las montañas y las costas… en todas partes, están irrumpiendo con creciente conciencia de su fuerza, de su unidad y de sus derechos.

¿Cómo podrían los cristianos estar ausentes de esta gigantesca transformación que en un porvenir apenas distante dará un nuevo eje a la historia humana, solo Dios sabe por cuántos siglos…?

Para buscar al pueblo en donde está; para hallar trabajo organizado su lucha por un mundo más moral, más justo y mejor; para estar presentes en los sindicatos, el Padre Hurtado fundó la acción sindical chilena más conocida por su sigla: la ASICH.

Otros han recordado la intensidad de sus desvelos por dar a los obreros católicos en Chile un instrumental de ideas, de información y de acción, adecuado para hacer del sindicato una herramienta de la “Redención del Proletariado”.

Sirvan apenas estas palabras para que sepamos que no hay otra fidelidad que fuese más conmovedora para el corazón del Padre Hurtado que retener este “sentido del pobre” como la primera y más intensa razón de su apostolado sacerdotal y de su paso entre nosotros.

No estuvo solo. Nunca la Iglesia en Chile tuvo en su seno tantos apóstoles de Jesucristo como en estos difíciles tiempos. El amor de Dios se derrama en nuestra patria como nunca antes en su historia. Sacerdotes y laicos, poseídos, como él, del “sentido del Pobre”, dan testimonio del Cristo Crucificado entre las poblaciones callampas, entre los niños abandonados, entre los obreros cuyo corazón corroe el resentimiento y la cólera, entre los fieles de tibia devoción. Denso, cargado hasta los bordes corre el río de la Gracia en el corazón de estos apóstoles y ella encuentra anchos o sutiles caminos para saciar las almas de los que padecen “hambre y sed de justicia”.

* * *

Fui este primer viernes al Hogar de Cristo. Docenas de muchachitos desgreñados y pobres se acercaron a comulgar. Miraba sus cabecitas hirsutas, los pies descalzos de muchos, su impetuoso celo de novicios. Uno sentía crecerle en el pecho la ternura pensando en el bien que para ellos representó el Padre Hurtado.

Seguí mirando el alto templo rústico de la Parroquia de Jesús Obrero. Por las ojivas de los ventanales sin vidrios ni protección, el aire circulaba libremente. Un rumor estridente de pájaros alternaba con el latín de la misa. Hacía frío. Los niños ocupaban una de las dos naves de la tosca iglesia sin estucos, ni mitrales, ni bancas confortables. La otra, en un extraño contraste de apariencias, estaba ocupada por señoras de manifiesta elevada condición. Podía verse claramente en las facciones, en las maneras, en el atavío. Tal vez llegaban a cien. Ellas hacen posible el funcionamiento del Hogar, ellas ayudan en la atención de los niños, ellas sirven en la noche la humilde comida a los hombres y mujeres sin techo que llegan para dormir ellas recogen alimentos y dineros y prestan asistencia de diverso orden.

De pronto, comprendí.

El prodigio mayor no eran los niños rescatados del albañal y del Mapocho; la riqueza mayor no era el pan ni la cama ni el oficio con que estos pequeñuelos se incorporan al mundo de los seres humanos; el milagro mayor del Padre Hurtado no era haber dado hogar a quienes lo habían perdido… ¡Era el golpe del amor cristiano que encendía el corazón de estas señoras por hijos que no eran sus hijos; por seres ajenos; por hombres y mujeres de rostro anónimo y sombrío y de labios silenciosos para la gratitud o el reconocimiento!

Son ellas, y todos los demás hombres y mujeres, jóvenes y niñas, encadenados, con ellas, al amor de Cristo por la ardiente caridad del Padre Hurtado, quienes justifican la vida del buen apóstol, quienes prolongan su labor para él ya terminada, quienes constituyen la mejor Gloria del siervo fiel ante el Trono de Dios.

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