Una gráfica mirada al estado de la pobreza que se hacía sentir en Chile en la década de los años cincuenta ofrece el artículo del padre Alejandro Lamas S.J., escrito en referencia a una de sus “obras favoritas”: el Hogar de Cristo. Resulta de especial interés la viva descripción que el autor efectúa del ambiente social y las conductas y características de los más desamparados de entonces.
Hay una puerta en nuestro Santiago golpeada por todas las miserias y todas las esperanzas. Cada tarde y cada noche, mientras se encienden las primeras luces, una oleada humana viene a morir derrotada y triste junto a ella: es la resaca amarga de la ciudad desparramándose en los pórticos bajo aquella leyenda que ha sido luminosa invitación para el pobre de la calle: “Hogar de Cristo”.
Más temprano las mujeres, después los hombres, los niños, todos saben que allá adentro espera una cama, una sopa caliente… alguien que escuche una queja o una mentira… y así habrá muerto otro día.
Hay de todo en aquel triste catálogo de la Miseria: los harapos de la vieja mendiga y el colorinche barato de las muchachas envejecidas par el ultraje… las guaguas sorbiéndose el llanto y las madres que comentan la calle y zarandean los críos pálidos y sucios que van y vienen entre las bolsas de ropa… Unos hombres zalameros y vacilantes, mecidos aún en el engaño del alcohol; endurecidos otros por el rechazo de la vida; apretujándonos todos, altaneros, egoístas, pendencieros… mientras se alarga aquella “cola” en la que procura esconderse más de un rostro avergonzado o aquel otro enfermo que tose y escupe interminablemente entre los perros y los chiquillos que se cruzan y pelean… Alguna vez la risa descarada, una pelea sin asunto o el manotón certero de un muchacho… y mientras el robado queda inerme revolcando sus groserías… sigue el apiñarse en la fogata improvisada, los dados sobados sobre el piso de la acera, el pausado rumiar de los que revuelven el recuerdo del trabajo, la mujer o el engaño del cine… Es el pobre en derrota bajo la mirada del Cristo abandonado también en su Cruz.
Sería muy fácil ahora sacar las consabidas estadísticas y hablar del número de raciones, alojamientos… entonces tal vez alguien decida una limosna, una cuota… pero esa vida que es tragedia, le quedaría siempre desconocida y esta misma noche, cuando el tibio aire familiar se le eche encima cariñoso, ya habrá dejado de pensar en ese otro mundo del fracaso, del olvido, del hombre sin nombre y sin ruta que es “mi hermano”.
Por eso va aquí mejor la visión dura, pero sin amargura, de que el pantano de la miseria en el que se levanta un himno a la caridad, pero que también es testigo de una experiencia que nos debe llenar de optimismo en las reservas de nuestro pueblo desconocido.
Después de 10 años se necesita ya —precisamente para abocar al hombre de Dios que diera la vida por ella—, rendir cuenta de una obra que es de muchos y solo tan pocos conocen en su intimidad; cumplir un deber de informar a tantas almas que en el silencio más que en la opulencia han dado de lo que era suyo. Hablar del Hogar de Cristo será siempre un mensaje… una inquietud que prolongar, un eco que no resonaba hace tiempo y que volvió a poner en los corazones de los chilenos un hombre atormentado por el amor al pobre… porque en ese pobre reconoció a su Cristo.
“¿Cómo funciona entonces el Hogar, Padre?”. Todos los días la pregunta en visitas curiosas, anhelantes, sorprendidas… Y el Capellán muestra las tres cuadras edificadas: aquí la Hostería, a la izquierda el Hogar de Niños internos, esto la Comunidad de Religiosas encargada de la manutención, hay al frente la sección Aclimatación y la Patrulla de la noche, y ahora en Hogar de Adolescentes con sus seis talleres al fondo, y su Teatro, y su Piscina y su Policlínica del barrio… una pequeña gran cantidad de los pobres de Dios. Sí, esos son los muros, los edificios… ¿pero las almas?
¡Las almas de nuestros pobres! Acerquémonos una noche cualquiera:
Una puerta que deja pasar lentamente las mujeres, hermanas desconocidas… 60… 90… Las que vengan: arrastradas por el ambiente, empleada sin trabajo, provincianas desengañadas… altaneras algunas, embusteras… y sobre todo, madres muchas madres, con sus 3, 4… 5 niños, abandonadas por el hombre que se fue con otra… las expulsadas del conventillo… las mendigas enmohecidas por el frío de las esquinas… y siempre, esas miradas recelosas de las que temen ser identificadas, esos rostros que se ocultan, silenciosos en su tragedia… o en su culpa.
La religiosa o la señora de turno en el control, anota y anota, harneando trabajosamente la verdad de la mentira, el dolor de la ociosidad… Hay reclamos por el número de la cama, por las guaguas, peleas, chismes… y allá dentro del gran comedor de la hospedería, sorben ya, parloteando, su sopa, mujeres, chiquillos… mientras allí, en la sala cuna, en inmaculado contraste de sus delantales, un grupo de señoras o señoritas lavan y cambian sus pañales a esas criaturitas que están pagando en sus carnes la ignorancia, la desidia de la madre de la calle… ¡cuántas veces en invierno se acaban las camas… y allá quedan apiladas en el suelo, con sus frazadas; siempre mejor que bajo el frío y el vicio de la noche!
Terrible e ignorado desfile de la Señora Miseria: al día siguiente las visitadoras sociales tendrán que reanudar sus correrías tras el Hospicio, la cama del Hospital, la Maternidad… pero también han de ponerse severas con esas pensionadas que vuelven y vuelven sin remedio, después de abandonar por tercera o cuarta vez el empleo conseguido.
Pero ahora es el portón de los hombres que se abre a la apresurada caravana que se ha ido retorciendo bajo la noche… inflexible el nochero va separando los borrachos… los pájaros de cuenta… la escoria de la calle… y mientras quieran ellos mascullando sus insolencias, pasan y pasan rostros y rostros… ¡Qué admirables son los rostros de los nuevos pobres!: si los hay repugnantes, marcados por el tajo rápido de la riña, encendidos por el alcohol, implacables, hieráticos… en otros hay una dignidad que ni ellos mismos saben les ha impreso el paso misterioso del sufrimiento… unos ojos suplicantes de perro fiel… la sonrisa llena de enigmas, aventuras… agradecidos o calculadores… ¡Cuántos derrotados, pero cuántos amargos poetas de las calles: el horizonte por delante y no buscar nada!
Humildes al pedir, soberbios al recibir… allí están tragando apurados por apoderarse de la cama: aquel alto, barba venerable y encanecida, no quiso entrar el otro día sino le admitían su perro: “¡Donde quede el Duque, quedaré yo!”. Aquí está José… ¿quién no conoce a José?… El ciego que se niega a ir al asilo y prefiere la incertidumbre de las esquinas y el trago que mata las penas… está también Manuel que dejó a su madre… y espera cama en el sanatorio… el provinciano que no encuentra pega… el viejo obrero y ya no sirve… el chuico, el pituco, el capitán… tanto apodo que oculta compasivo apellidos a veces conocidos… enlodados por el vicio o la aventura.
Hoy reapareció Juanito, cuya humilde oración del borracho, conmovería hasta las lágrimas a muchos cristianos… Ayer mataron, dicen, a “Coronta”; ¡pobre rucio! Encontró la cuchillada por eterno don Juan de muchachas deshonradas… ya está de nuevo don Chuma, siempre recordando a su viejita en el asilo del Carmen y al que pertenece esta frase: “El pobre necesita mentir para que lo compadezcan…”, pequeña filosofía del desamparado… También ha aparecido N.N. Destrozado con la amargura de 15 años de cárcel que esterilizaron su vida, o aquel otro marcado por el estigma, acorralado por la sospecha, que intenta en vano rehacer su condición humana.
Más de una vez a alguien, que como el fariseo de la parábola, “no es como los demás hombres…”, repara: “¿no será en todos el hogar el refugio del vicio y de las flojera?… ¿Y qué?”. Con la prudencia del evangelio no podemos arrancar la cizaña sin riesgo de arrancar el trigo limpio que tenía la real necesidad: el Hogar acepta: son las manos del Padre que se abren a todos, justos y pecadores.
Aquí y sólo aquí en el Hogar, se descubre o un pobre más allá del pobre de los harapos… Un pobre que antes de carecer de ropa y de trabajo, careció del consejo de padre o ternura de madre… el que rastreó en vano una palabra que lo alentara, un amor que permaneciera, una sonrisa cualquiera que lo animara… Un pobre total que ahora no sabe agradecer, miente para sobrevivir, ni es simpático… y, lo peor de todo, tal vez ya no tiene remedio en su indigencia interior. ¿Quién tirará la primera piedra? Además, ¿sabemos cuántas meretrices y publicanos se nos adelantarán en el Reino…? Cuando los capellanes y las madres del Hogar han visto escenas como las del Mes de María y a esa masa humana que canta y reza a una madre hasta entonces desconocida, con qué reverencia, con qué atención… no les cabe duda que, aún para los peores —cogoteros, ladrones tal vez— algún día, cuando encuentre la muerte en algún hospital, o ante el balazo de la policía o en la cuchilla del reparto del botín, encontrarán también ese perdón y el amor misericordioso que no le dan los hombres.
El capellán entretanto intercede por alguno en el Control, ¡por última vez!; o soporta y se deja inconscientemente encandilar por las aventuras increíbles, las mentiras y los sufrimientos… todo va allí mezclado. No falta alguien que hable alemán o inglés —nuestros rotos, siempre tan viajados— y aun se ha oído el Ave María en perfecto latín en boca de algún impenetrable desconocido.
Por fin se apagan las luces… se han repletado ciento 80 camas, pero tantas veces ahí han quedado 30, 40, tendidos en las duras mesas del comedor… rara vez hay desorden en la noche. Salvo algún repugnante rastreador de carne humana que haya logrado pasar, o algún raterillo de bolsillos aquí husmee la ocasión entre las camas… los demás… esconden un rato el cigarrillo prohibido, susurren imperceptibles… y pronto el pesado torrente del cansancio a labrado su cauce monótono, interminable… El pobre descansa ya en paz.
Todo el que quisiese comprender la pobreza podría venir a escuchar esa oración de la oscuridad bajo el Cristo de la hospedería: de vez en cuando el quejido del ciego, del cojo, de incorregibles mendigos; el suspiro profundo del anciano abandonado por los suyos o del alma atormentada por el cielo, en odio o el recuerdo;… las lágrimas que No se ven pero se adivinan deslizándose por rostros amargados; el revolverse agitado del niño que revive la aventura callejera con los “tiras” (detectives), el “macheteo” (limosnear) y la escapada… Y sigue en la noche maternal bajo la linterna del nochero que debe esperar alerta al rezagado, acoger aun la volante camioneta de Investigaciones o la de la “Patrulla de la noche” o la de la Asistencia Pública con sus cargas de madrugada.
Esta es la visión de las noches del Hogar de Cristo, repitiéndose implacable, con la lenta majestad del sufrimiento. Cuando se la conoce así ya no pueden abrirse los ojos como antes al brillo de las luces de la ciudad y tal vez comienza a sentirse como una profanación el haber puesto al descubierto la pasión y el doloroso misterio del hermano abandonado… de los hermanos.
Esa es la visión nocturna de la caridad, el testimonio del amor al pobre hecho realidad por la delicadeza de miles de seres, la mayor parte anónimos, que al darle un hogar comprendieron el mensaje del “Cristo de la calle”.
Pero hay aún otra tragedia más honda que grita las conciencias responsables, otra realidad que es escándalo entre las luces y la farándula callejera, otra vida que se agita colgando de los parachoques de los trolley, retorciéndose de frío en los huecos de las puertas, revolviendo los cajones de basura, husmeando la ocasión del robo y la escapada… ¡la del niño vago…!
Esta es la visión de las noches del Hogar de Cristo, repitiéndose implacable, con la lenta majestad del sufrimiento.
Conventillos y callampas, aquella triste condecoración de la miseria sobre el corazón de Santiago, lo ha lanzado a la calle: no volverá a ver al padrastro que borracho aturde a golpes todas las noches a su madre…; no habrá quien lo azote amarrado al catre por el poco dinero recogido…; no se acostarán ya los cinco o más hermanos hambrientos arremolinados entre el humo y las fonolas. Y, en cambio, un día conoce el placer de la libertad: pringosos, desnudos… son libres… Y allí se han quedado: ratones de ciudad grande, comiendo de la limosna, robando por necesidad los “cueros” (billeteras) de los bacanes (ricos), los “merengues” (carteras) de las “teclas” (señoras), ocultos en las mallas de su vocabulario desconcertante para los no iniciados. Verdaderas tribus recorren, a veces ellos y ellas, la gran selva de luces y escaparates, amontonándose en las galerías de los rotativos o en las nocturnas fogatas bajo los puentes del Mapocho… acorralados por los carabineros… huyendo siempre, recelosos hasta que el vicio y la cárcel terminen el “adiestramiento” en contra de una sociedad que ha sido tan pronta para vituperarlos como indiferente para salvarlos.
Así los conoció y desde entonces los buscó el Padre Hurtado: revolviendo bajo los puentes, las estufas, los solares… y fue por ellos y para ellos principalmente un día encendió el fuego de su primer Hogar. Más aún: cuando pasó la primera experiencia heroica, comprendió que la solución estaba no sólo en darles el pan y el techo, sino sobre todo la dignidad de conquistarlo. Desde entonces el hogar de Cristo no se pudo contentar ya con el simple testimonio de la caridad, sino que se especializa en rehacer aquellas vías arrancadas al torrente de las calles. Cuando murió el hombre, sobrevivió el apóstol en el espíritu de su obra: hoy el hogar va llegando a su estado adulto. Hoy por hoy es la organización laica que mejor ha movilizado la caridad privada de los chilenos, una verdadera empresa nacional del amor al pobre. La obra del Padre dejó de ser la primitiva hospedería de niños de la calle López, ni es ya el tormentoso “aguachadero” de antes: la experiencia de 10 años dejándose llevar del ritmo de la Providencia ha madurado ya su fruto: un verdadero hogar, un ambiente en el que no sólo se recibe la miseria del niño vago, sino que se rehace su vida y su dignidad.
Reclutados noche a noche en las hospederías al contacto con los capellanes, recogidos en las madrugadas a las salidas de los cines o debajo los kioscos por los voluntarios de las camionetas de la llamada patrulla de la noche, traídos por abnegados particulares, la policía o la necesidad… poco a poco, van entregándose. Más fácilmente el grande que el chico. Lo cual es explicable: salvo los meses crudos del invierno, el pequeño vago es, en verdad, el rey y señor de la calle; la ciudad, su inmensa cancha de juegos y aventuras. Mientras más pequeño, más mimado de transeúntes y vendedores, ocultando a veces puñados de billetes, encandilados por el embrujo del Rotativo que les sirve también de Hospedería y guarida de vicios increíbles, no arriesgan lo único que conservan noblemente bajo los harapos y la mugre: la libertad. Por eso, sólo después de repetidas entradas y fugas (motivadas casi siempre por las peleas con los compañeros) Se quedará en un día aguachando ose en la llamada Casa de Aclimatación, primera etapa de recuperación antes del Hogar de Niños.
En cambio, el muchacho entre los 14 y 18 años, suele hoy llegar espontáneamente de la calle: o porque “se le cabrió” a los “tiras” (detectives) y sus torturas; o porque ya no cunde el “macheteo” (limosnear) en la Vega o en la Estación; pero, principalmente, porque ha oído hablar de este hogar nuevo en el que ha reconocido a tantos torrentes y machucados que fueron sus compañeros. Como ellos, ahora siente por primera vez el deseo de intentar ser alguien, aprender a trabajar, en vez de hacerle el empeño (robar) o cortear (llevar paquetes), en los mercados. El Hogar es, sí, un refugio, pero ante todo: un Porvenir.
Por eso cada mañana, cuando se va retirando lentamente la marejada de la miseria que arrojó la noche, la vida se quedó adentro: hay gritos y risas en un patio, sordos martilleos en unos talleres cercanos… Los niños de la calle van encontrando su hogar.
El niño entra a olvidar una vida… y comienza a rehacerse el hombre. Sin alambradas ni murallones, lo característico del hogar es que es algo totalmente libre, en el que hoy por fin se ha formado un ambiente, una temperatura de regeneración y aún de perfeccionamiento moral que absorbe al recién egresado y el que van lentamente cayendo las lacras de la noche: el robo, el juego, la ebriedad, el libertinaje del sexo en todas sus formas… Habrá sin duda algunos irreductibles, sobre todo superada cierta edad, que vuelvan a la calle, triturado ya por el engranaje del vicio.
¡Cuántas anécdotas y casos reales —de la gran novela diaria— terribles o admirables, podrían sacarse del catálogo de la miseria, y cuántos casos de superación que emocionan…! Pero los niños tienen también su dignidad, sus personajes podrían reconocerse, y no puede hacerse propaganda con la vida triste de su abandono moral y debe haber un sigilo respetuoso aún con las etapas de su superación. Una cosa es cierta: que el fruto es consolador: ¡cuántos se han reintegrado a sus hogares, sobre todo de provincias, de los que les arrancó el hambre y la aventura!… ¡Cuántos hoy ya egresados tienen su hogar, su sitio y casa propia, y sus hijos no conocerán jamás la dura experiencia de sus padres!… ¡Cuántos en el Servicio Militar, la Armada, la fábrica… hablan que si ha sido, y es aún, doloroso el camino recorrido con paciencia, sólo el amor puede transformar el corazón del hombre…!
Los niños chicos —separados los mejor dispuestos por el Servicio Social para ir a la Escuela Granja de Colina—, relegados los otros para un periodo de “aguachamiento”, pronto se van “aconchando” de repetidas fugas y un día pasan al Hogar de Niños en el que ven que miradas maternales de Religiosas y Mamitas se preocupan de su ropa, hacen cariñosas su comida, los sacan de la noche de la ignorancia. Y el cariño los gana: solo por amor se da la libertad…
Los grandes entre los 14 y 18 años, forman el hogar de adolescentes, en su nuevo gran pabellón. Los podríamos ver. Aunque ya gustan de vestir bien, no reparemos tanto en lo exterior: hay cosas más importantes que impedirles a muchos que se sienten en el suelo o vayan despeinados y que encontremos algunos aún prudentemente a pata pelada… La natura no da saltos. Pero, en cambio, ¡con qué satisfacción los veremos repartirse en sus seis talleres de mueblería, instalaciones sanitarias, electricidad, construcción, mecánica y zapatería, y allí —y este es el gran fruto— impregnarse del ambiente de trabajo! El clima del trabajo, he ahí lo que más ha contribuido a la regeneración y readaptación social de nuestros jóvenes: ya no se llega al hogar de chorrillos avergonzado y en derrota, se viene a “internarse” en una escuela industrial… ¡Cuánta superación y dignidad humanas!
Eso lo ata y encariña a su hogar y el nuevo orgullo de su Escuela Industrial lo hace dejar, paulatinamente, la mentalidad del vago, insensible a la superación, solitario resentido social.
¡Cuántas veces al verlos inclinado sobre el banco del taller, o uniendo tubos del alcantarillado, o en el torno mecánico, o más aún, cada sábado adelantarse a recibir con emoción su libreta con su puntaje de clases y talleres, se piensa en el pobre niño que antes alojaba hambriento de los cauces de Valparaíso y se echaba a nado por las noches en la bahía para robar los plátanos acumulados en el resguardo de los muelles; o en aquel otro que un día tendió con laque al hombre que golpeaba a su madre; o al que cantaba en bares y burdeles para llevar pan a su abuelita… ¡Pobres de nuestro pueblo, terribles en el vicio pero derrotados por el amor!
Tal vez no hay aún una pedagogía preconcebida, pero sí una gran ley de adaptación, y es un hecho que el muchacho, arrastrado por ritmo de trabajo y disciplina de taller, termina por descubrir valores desconocidos: la creación personal fruto de su esfuerzo, el derecho de propiedad antes negado, el concepto de salario y premio, de sanción y puntualidad y honradez… Valores difíciles de recoger en el ambiente malsano y prematuro de las fábricas, fuera de esta temperatura que da madurez al hombre.
Cada día el muchacho mientras aprende su oficio va ganando también su salario, más o menos según su antigüedad en el Hogar y su puntaje. Con él, el domingo irá al estadio o convidará a su “pior es ná” al cine. Gasta lo que supo ganar y su saldo, anotado rigurosamente por la visitadora social, le da derecho para comprarse él mismo su buena “pinta” (terno), Sus zapatos, camisas… y hay ya algunos que están comprando su sitio propio.
Superación del hombre; pero sobre todo superación de las almas. Y es esto lo que podemos saber íntimamente y sin embargo preferimos callarlo los capellanes: cuánta lenta pero emocionante huella de Dios en los corazones de sus pobres… en ese trato confiado y cariñoso con los capellanes durante tanta audiencia, prolongadas hasta medianoche; en aquel consolador, espontáneo, continúo número de comuniones dominicales y aún algunas diarias. No se olvidan ya jamás esos Jueves Santos En que mientras la ciudad duerme y la iglesia se quedaba vacía, por horas y horas de la noche, eran ellos los que hemos visto acurrucados junto al Sagrario… con la misma paciencia con que antes se acurrucaban en sus fogatas callejeras esperando acallar el frío de la madrugada… Y por fin las personas que los vieron en esos Retiros de tres días (en completo silencio) en la Casa de Ejercicios de Loyola, han guardado la visión más contundente de que el Reino de los Cielos tiene que ser el primero para estos pobres, en los que la Gracia siembra y trabaja en el silencio de una tierra virgen para las cosas de Dios.
Esta es la visión total, amarga y optimista a la vez, de la obra de los pobres y en particular, de los niños de la calle… pero esta realidad y vida del Hogar quedaría siempre incompleta si no confesáramos la pequeña paradoja de la Caridad, si no oyéramos el Mensaje que nos entrega: el mayor fruto de la obra del Hogar de Cristo, sutil e impalpable, no se da dentro sino fuera de él… que lo digan todos aquellos —señoras de la sociedad como humildes empleadas, hombres de negocios, profesionales y aun niños— todos los que asomándose al pantano de la miseria se han santificado en el puro y duro contacto con el pobre.
¡Cuántas centenares de almas han sentido crujir y romperse la dura costra de su egoísmo o de su indiferencia: cuántos sintieron por primera vez la inquietud que los salva en sus vidas confortables, aquí… junto a sus hermanos desconocidos de todas las calles! ¡Cuántos han aprendido la cruel misión del Pobre en el mundo y en la Iglesia: la de impedir al hombre “instalarse” en una conciencia satisfecha con la riqueza!
Pero la experiencia del Hogar deja también una terrible advertencia para los que vienen a trabajar en él: la caridad es un fardo demasiado pesado para hombres mediocres, y este apostolado del pobre exige santidad —una entrega parcial más bien estorba— y aquí hay que dar amando, o como decía el viejo san Vicente la pequeña Juana: “Solo por amor, únicamente por tu amor, los pobres te perdonarán el pan que les has dado…”.
Una elección —que es un Mensaje— queda pues resonando con el estruendo abrasador de esa vida del Padre Hurtado, consumida por el Cristo de la Calle, y es ésta: que si queremos tomar conciencia y mostrar al mundo, como en un signo sensible, que el amor, el amor al Cristo, es lo único que puede salvarlo… sólo entonces podremos hacerlo, cuando antes lo hayamos reconocido y amado en el pobre. Pero para esto hay que vivir como peregrinos no comprometidos con las riquezas, hay que tratarlo con justicia y caridad, hay que recuperar la amistad del pobre.
Y esto, como la fe, solo se pide y se recibe de rodillas… Estas líneas han sido escritas con esta esperanza.
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