Agosto, 1969: «El hombre camina en la luna»

“Aunque parezca paradojal, el camino que inicia el hombre en la luna es un camino de paz”, señala el editorial de la revista, al referirse a la misión del Apolo 11, que llevó por primera vez a tres astronautas —Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins— hasta ese satélite.

Desde todos los tiempos el hombre se ha esforzado por ensanchar sus límites. ¿Qué otra cosa, en efecto, es la historia humana, sino la historia de una incansable búsqueda, de un afanado peregrinar en pos de nuevos y más dilatados horizontes? Al ritmo de los siglos, tierras desconocidas se abrieron a la pisada humana; forestas impenetrables se entretejieron de sendas; los mares revelaron sus secretos y el hombre, cada vez más poderoso, empezó a realizar su viejo ensueño: volar, dominar el espacio.

Lo que antaño fuera fantasía hoy es realidad. Neil Armstrong y Edwin Aldrin no son personajes de una novela de Julio Verne, sino historia vivida y palpitante, una de las páginas más increíbles de nuestro siglo XX. Hasta hace poco, sus nombres eran desconocidos, pero seguirán resonando en el futuro, ya que han marcado una fecha que no se olvidará: el acceso del hombre a la luna, el primer paso en la conquista de los astros.

El acceso del “hombre”…

Indiscutiblemente la hazaña es norteamericana, y el poderío técnico que revela tiene implicancias no sólo científicas sino también políticas. “Ser los primeros en el espacio —afirmó no hace mucho Wernher von Braun— es ser los primeros en la tierra”. Sin embargo, preferimos hablar del aspecto “humano” —y subrayamos lo humano— de esta gran empresa.

Humano, porque responde al espíritu de aventura y de deporte que echa profundas raíces en el hombre de ahora y de siempre. A diferencia del trabajo, generalmente obligado e impuesto por las circunstancias, el deporte es espontáneo y libre. La palabra deporte tiene decidoras resonancias etimológicas: puerto, peligro, pericia. El alma humana, siempre hambrienta de infinito, bulle ardorosa en el pequeño y frágil cuerpo que la encierra. El hombre se traza una meta y se afana en pos de ella. El espíritu se hace pupila aguda, oído alerta, músculo tenso; la meta es su victoria, su superación. No importa tanto el premio. Lo importante es haber luchado hasta el fin, haber superado los obstáculos, haber enfrentado el peligro, haberse probado capaz de resistir, de dominar, de vencer. No es el deporte un apoltronado descanso o un placentero juego. Los animales juegan y descansan, pero no hacen deporte. El deporte es algo propio del hombre. Más que fuerza física es fortaleza. Sin la mente que guía y adiestra el músculo, sin la voluntad tensa como un arco, que hace posible superar la fatiga, el dolor, y el miedo, sin el afán de dominar, sin el anhelo de soñadas victorias, el deporte no existiría. Y no existiría el hecho que comentamos: el caminar del hombre en la luna.

El Apolo 11 es el resultado de la inteligencia humana y del esfuerzo coordinado y constante de miles de especialistas; un verdadero milagro de la técnica. Pero, por perfecta que sea la nave espacial, sigue siendo máquina y carece de eso que el hombre tiene: conciencia del peligro, capacidad de superar el miedo, posibilidad de esperar y decisión de vencer, enfrentamiento a obstáculos imprevistos, necesidad de jugarse la vida cara o cruz en un momento de urgencia donde no hay más tiempo que decir sí o no al destino asumido.

Es el hombre quien ha llegado a la luna y no sólo la máquina. Si hubiese llegado la máquina sin el hombre, no hablaríamos de fecha histórica. La máquina podría haber recogido piedras lunares y entregárselas a la avidez científica de la tierra, pero sería distinto. Hablaríamos de un gran triunfo técnico, pero no de una hazaña humana. Y esto es lo más decisivo.

La historia la hace el hombre y esa es la razón por la que, más que celebrar la perfección del Apolo 11, celebramos el éxito de Armstrong y de Aldrin. Con la máquina no podemos identificarnos pero sí con dos hombres como nosotros aunque hablen un lenguaje diferente.

Esto explica que a través de millares de periodistas concentrados en Houston, la atención de toda la tierra se haya centrado en el viaje de los cosmonautas y haya respondido con unánime júbilo al saber que el hombre había caminado en la luna.

El hombre… No un país, no una frontera, no una política de poder y dominación, sino simplemente el hombre con todo lo pequeño y grande que tiene. Es el hombre quien ha dejado sus huellas en la superficie silenciosa y árida de la luna, y estas huellas trazan el comienzo de un camino que nos compromete a todos.

“Los seres humanos —declaró el ex-cosmonauta Walter Schirra— han conocido la tierra como la hormiga conoce la naranja por cuya corteza camina. Nosotros la hemos visto como el pájaro que vuela sobre ella. Ahora bien ¿quién quiere ser hormiga si puede ser águila”?

Es el hombre quien ha dejado sus huellas en la superficie silenciosa y árida de la luna, y estas huellas trazan el comienzo de un camino que nos compromete a todos.

Al identificarnos con Armstrong y Aldrin, nos identificamos con el águila que mira la tierra desde lejos, unida y transformada en estrella. Esto implica la responsabilidad de superar nuestra visión de hormigas y mirar la tierra como es en realidad, no suma de fronteras hostiles, no equilibrio de egoísmos armados, sino la gran patria del hombre, una luz en el espacio.

Muchos millones de dólares han hecho posible la aventura del Apolo 11, pero el gasto se compensa en la medida que el hombre ha olvidado nacionalismos pequeños, historias de provincias, y ha aprendido a evaluar humanamente una hazaña que es humana.

Aunque parezca paradojal, el camino que inicia el hombre en la luna es un camino de paz y nos obliga a comprender mejor nuestra tarea en la tierra.

“Si hemos logrado esto en tan poco tiempo —declaró el ex-presidente Johnson— ¿por qué no podemos hacer el esfuerzo de lograr la paz para siempre?”.

Quizás se requería que el hombre llegase a la luna para poder comprender y aquilatar verdaderamente el valor de la tierra, para verla como un gran hogar iluminado en la negrura del espacio, para comprenderla como unidad, como patria no de nacionalidades y razas, de pueblos ricos y pobres, sino del hombre. Y esto indiscutiblemente es un paso adelante, el comienzo de un camino lleno de promesas.

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