Un mes después de que el Congreso Nacional aprobara la nacionalización del cobre, el cientista político Genaro Arriagada publica el Comentario Nacional sobre ese tema: “En esta materia, enfrentamos la superación de tareas singularmente difíciles”.
El imperialismo en el cobre puede ser un hecho de igual o mayor gravedad que el imperialismo en una economía bananera o del azúcar. Pero socialmente son fenómenos distintos.
El campamento minero construido artificialmente en el medio de la pampa o de la cordillera, con sus niveles de productividad que multiplican por veinte la media del país, con sus salarios que se ubican en el tope de la escala nacional, es —desde el sólo punto de vista de la relación de la población con el fenómeno imperialista— el imperialismo en la campana de cristal.
Pero cuando el campamento baja al llano para transformarse en latifundio y abarcar provincias enteras, entonces ya no sólo se trata de un fenómeno cuantitativamente diverso, dado que ahora es un sector relativamente muy significativo de la población activa el que trabaja en la explotación imperial, sino que hay un hecho aún más importante: son todas las actividades que se desarrollan en enormes extensiones territoriales, las que han quedado físicamente inmersas en el fenómeno imperialista; desde la policía hasta la prensa, pasando por la educación, el transporte, la política, el comercio. (Reiteramos —previniendo el afán de las tergiversaciones— que nos estamos refiriendo solamente a la forma como los hombres y mujeres de carne y hueso, no la abstracción populista de un pueblo omniconsciente, perciben el fenómeno del imperialismo).
De esta diferencia, que puede ser irrelevante en el terreno de la economía, pero que es esencial en el plano de lo social, se derivan consecuencias políticas de gran importancia.
La nacionalización del cobre, que contó con un consenso nacional prácticamente absoluto y que fue aprobada por la unanimidad de un parlamento donde rara vez se producen estos tipos de acuerdos, no abrirá en nuestro país las posibilidades de movilización y participación popular que en otros procesos políticos significó la recuperación de la actividad económica fundamental. La principal de las medidas antiimperialistas que puede adoptar el Gobierno de Chile, no será una idea fuerza de tal naturaleza como para crear un gran consenso social que permita exigir de todo el pueblo la disciplina, el ahorro y el sacrificio que fue posible solicitar y obtener en Cuba con la nacionalización del azúcar, por ejemplo. Es esta una circunstancia que es menester no olvidar y que, respecto de lo que es el estereotipo de una revolución socialista, muestra a Chile, una vez más, como una realidad enormemente compleja.
Lo anterior contrasta con el otro hecho esencial del asunto: el cobre es y seguirá siendo, durante mucho tiempo, la primera y la más fundamental de las empresas que el país deba encarar.
En esta materia enfrentamos la superación de tareas singularmente difíciles.
El cobre es y seguirá siendo, durante mucho tiempo, la primera y la más fundamental de las empresas que el país deba encarar.
En primer lugar está el problema de la producción misma. La explotación de minas que figuran entre las más grandes del mundo y cuya operatoria debe realizarse a los más altos niveles tecnológicos. Faenas que exigen la programación y ejecución coordinada de miles de operaciones diferentes, casi todas de importancia vital para obtener un producto y un costo competitivo.
Conjuntamente a lo anterior, está planteado el problema de los abastecimientos de un gigantesco proceso productivo que consume una enormidad de productos, que van desde tornillos a trenes y camiones de dimensiones desusadas. Se trata de comprar bienes cuya producción total puede alcanzar cifras que superen los 200 millones de dólares anuales. Ya esa cifra habla por sí sola de los niveles de organización y eficiencia requeridos, sin embargo, es una pálida muestra de la tarea global, cuya dimensión la determina fundamentalmente la variedad y el número de los artículos que se compran.
Finalmente, en un mismo orden de importancia, está el problema de la comercialización del cobre. Una organización para vender mil millones de dólares a varios cientos de compradores que se ubican en todo el mundo. Una organización de ventas que sería la más importante que exista en un país en desarrollo.
Difícil sería imaginar una tarea más compleja. No es exagerar decir que éste es, quizá, el mayor desafío que se haya presentado a la capacidad técnica, de invención y adaptación tecnológica, organizativa y empresarial de nuestro país.
En el cumplimiento de estas labores, difíciles, según decíamos, surgen en este momento dos grandes preocupaciones: la producción y los costos.
Recientemente se han planteado problemas graves en la producción de a lo menos una de las grandes minas: la de “El Teniente”, donde los volúmenes producidos en los últimos meses apenas superan la mitad de lo que se habían logrado en igual período del año pasado y sólo alcanzan a algo más del tercio de lo que permitiría la capacidad de la planta. Si la puesta en marcha de un proceso podría justificar el retraso en alcanzar las metas de producción supuestas con la ampliación, no hay por otra parte, a la luz del informe SOFREMINES, antecedentes técnicos que pudieran justificar una baja en los anteriores niveles de producción. Los defectos, pues, habría que buscarlos en factores que se vinculan más bien con la dirección, la organización y el trabajo en las minas. Guarda relación importante con estos primeros tropiezos la fuga de técnicos e ingenieros de alto nivel, asunto que es menester encarar con criterio amplio, venciendo cierto “provincianismo” que nos impide remunerar adecuadamente a técnicos que el país necesita en forma imprescindible y que son disputados internacionalmente.
Los costos de operación de la gran minería han subido con rapidez durante los últimos años, especialmente debido a las bruscas alzas de salarios. Lo anterior ha hecho que en la actualidad no existan ventajas comparativas de costos importantes con respecto a la minería manejada por las naciones altamente industrializadas, que sin embargo están en mucho mejores condiciones para reducir sus costos, dado el enorme adelanto que nos llevan en cuanto a desarrollo tecnológico, investigación, ingeniería, etc.
Vinculado con esta materia está otro aspecto fundamental: ¿a quién corresponderá la apropiación de los frutos de la gran minería del cobre? Si se atiende a lo que han sido hasta ahora las declaraciones sobre política cuprera, la gran minería aparece como la principal fuente generadora de excedentes, que permitan abordar otras tareas nacionales como el desarrollo industrial y agrícola. Esto supone empresas que tienen una atención muy estricta sobre los niveles de costo y un resultado económico caracterizado por grandes excedentes, de los que se apropia el Estado. Frente a esto, es posible que en los hechos tienda a darse más bien un cuadro en donde la apropiación de los frutos de la actividad más capitalizada del país y de más alta productividad, tienda a hacerla el numéricamente poco significativo sector de los trabajadores del cobre y una burocracia administrativa en rápido desarrollo. En este caso, a diferencia del anterior, las empresas y su correspondiente aparato administrativo público, se caracterizan por costos muy elevados, siendo bastante menor, o insignificante, la captación de excedentes por el Estado.
Todos los aspectos señalados anteriormente, se plantean en la perspectiva de que la tarea revolucionaria que corresponde a la gran minería del cobre, se traduce en la elevación de la producción y de la eficiencia de manera de generar mayores excedentes. Dicho de otra manera, en la mejor organización del trabajo de 30.000 trabajadores del cobre, que han de ser los mayores aportes al esfuerzo de cambiar las condiciones de trabajo y de vida de 3 millones de empleados y obreros de los cuales más de un millón y medio de ellos producen a niveles de productividad e ingreso que son 20 y más veces menores que los de Chuquicamata y “El Teniente”.
El cobre significa pues, un enorme desafío para el país. La labor por delante y las dificultades que ella plantea no serán posibles de abordar sin un espíritu amplio que permita concitar en la solución de este problema a los mejores. Se trata de una tarea a la que no puede sustraerse nadie, pero a la que tampoco hay que sustraer a nadie por dogmatismo o sectarismo.
No contribuye en nada a la creación de ese espíritu amplio el desconocimiento sistemático que se pretende hacer de todo lo avanzado en el anterior período presidencial y que, en definitiva, son realizaciones que han permitido dar al actual gobierno nuevos y mayores pasos en la materia. Las sociedades mixtas creadas con Kennecott y Anaconda permitieron un mayor conocimiento de la operación de las minas y la formación de un grupo de técnicos ajenos a los grandes consorcios extranjeros. Las mayores atribuciones dadas a CODELCO hicieron posible desarrollar un conocimiento y un manejo de los mercados del cobre que ha sido fundamental. La acción internacional con los productores de cobre, que se tradujo en la creación de CIPEC, han creado una solidaridad internacional que permite abordar con seguridad la nacionalización de la producción y del comercio del metal.
* Subtítulos incorporados por al edición actual de Mensaje.