Tras nueve meses de haber asumido su tercera presidencia de la República Argentina, falleció Juan Domingo Perón. El editorial de Mensaje destaca la preocupación de su gobierno por los pobres, a la vez que reconoce la incertidumbre que se cernía sobre ese país.
Bajo la bandera “¡Cristo vence!” y con aviones decorados con cruces negras, Perón fue derrocado por el general Leonardi el 20 de septiembre de 1955. Su gran error fue haber combatido a la misma Iglesia que años antes bendijera su acceso al poder.
Si Perón hubiese muerto entonces, sus adversarios y no pocos jerarcas católicos hubiesen hablado del gran «excomulgado», del fascistoide, del dictador, del que llevó a Argentina al desastre económico. Y todo esto habría sido en parte verdad. Perón fue todo eso, pero también fue algo más, y sólo el tiempo permitiría verlo.
Ahora Perón ha muerto y millones de personas humildes de Argentina lo lloran con lágrimas que brotan del corazón. Para ellos, Perón significaba la esperanza; era el padre.
Han pasado muchas cosas desde que Perón, hace casi 20 años, dejara el cargo de Presidente de la República. La excomunión le fue levantada por Pío XII. Perón se fue poniendo más cauto, más realista. En Argentina el poderoso grupo peronista mantuvo su cohesión y se mostró durante 17 años como el partido más poderoso. Los militares con toda su honradez y preparación quisieron sacar a Argentina del marasmo político y no lo lograron precisamente por querer gobernar sin los peronistas. Desde su exilio Perón jugaba las cartas de la política argentina pero cada vez eran cartas de mayor desinterés. Lo que él ante todo buscaba era la grandeza argentina que, a su vez, era imposible sin la unión de Argentina. Vio que el mejor modo de conducir un país por el camino de la justicia y de la paz era buscar un consenso nacional. Condenó los extremismos y trató de aglutinar el mayor número de argentinos, aunque no tuvieran la ideología peronista. Y a pesar de su avanzada edad, gastó hasta sus últimas energías en ser el artífice de esa unión.
Todo esto —y la muerte que de por sí engradece al adversario— explica el tono desusadamente deferente, por no decir francamente positivo, con que han hablado de Perón altos personeros de la Iglesia argentina.
Al llegar a Ezeiza, a menos de veinticuatro horas del deceso del Presidente, Monseñor Pío Laghi, el nuevo nuncio en Argentina, declaró: “La muerte del teniente general Perón es una gran pérdida para el cristianismo y el continente americano. El mensaje y la obra del general Perón tenían un origen evangélico y son una obra y un mensaje que quedan para el pueblo argentino y para el mundo”.
El Cardenal Primatesta, durante un solemne funeral celebrado en la Catedral de Córdoba, dijo refiriéndose al extinto Presidente que “sus trabajos, sus ideales, la experiencia a veces dolorosa, sus mismas fallas, su reflexión sobre el tiempo y los caminos de los hombres, lo fueron llevando a la convicción serena de que lo primero que interesa es reconstruir al hombre, reconstruirlo moral y espiritualmente, y no sólo arreglar las cosas, la economía y la industria, y en ello empeñó sus esfuerzos para unir a los argentinos en un espíritu de reconciliación nacional a través de su ideología y de su doctrina”. Refiriéndose a esta última, dijo que estaba basada “en el evangelio de Jesucristo y en las enseñanzas de la Iglesia Católica, doctrina que pone su centro en la justicia social, su obsesión en la defensa de los humildes y su método en el diálogo sincero y en el acuerdo; doctrina que postula una espiritualidad amasada de lealtad y de humildad”… “Este mensaje, eco del evangelio para el siglo XX, que signa para el mundo el ejemplo de una tercera posición cristiana, debe encontrar en nosotros una mente abierta y un corazón generoso…”.
Monseñor Pironio, Obispo de Mar del Plata y Presidente del Consejo Episcopal de América Latina, afirmó que “pocas veces el pueblo sentía tan hondamente una partida” y recordó, según el Evangelio, que “los que mueren entregando su vida al hermano no mueren”. “Nuestro compromiso —agregó después— es la unidad del pueblo en la paz, el amor y la justicia”.
Por su parte, el Arzobispo de Rosario, Monseñor Guillermo Bolatti, expresó: “Su gesto de asumir la pesada carga de la conducción del país, en circunstancias dificilísimas a su edad y con los achaques de su salud, que ciertamente él no ignoraba, sus esfuerzos por buscar la unidad de los argentinos y conducir a la patria a sus más altos destinos, cualquiera haya sido el resultado de sus afanes, es algo que obliga al menos al respeto, sino al agradecimiento de todos… Murió en acto de servicio a la Patria”.
¿Por qué todas estas declaraciones? ¿Puramente protocolares? Ciertamente no. Es que el tiempo ha permitido ver lo que hace 19 años era difícil ver debido al apasionamiento de ambas partes.
Perón fue elegido Presidente, en su primer mandato, por una abrumadora mayoría. Este triunfo electoral absolutamente legítimo era algo nuevo en Argentina. ¿Qué había pasado? Perón empezó a mirar realmente al pueblo, a los trabajadores, y transformó una masa desorganizada, sin poder político, en una CGT formada por millones de sindicalistas que empezaron a reivindicar sus derechos frente a una oligarquía de terratenientes y ganaderos típicamente herodianos. En efecto, a pesar del tango, de la Boca y del lunfardo, Buenos Aires era una ciudad más europea que latinoamericana. Al incorporar al pueblo a la gestión económica y política de la nación, Perón empezó a argentinizar realmente a su Patria, a hacerla algo propio de América Latina y no algo puramente importado.
Creemos que lo más novedoso del justicialismo, más que en sus principios donde el nacionalismo y la inspiración fascistoide se mezclaba con la doctrina social de la Iglesia, está en el hecho de que significó una verdadera incorporación del pueblo trabajador a la vida económica y política del país de la que había estado marginado hasta entonces. En el caso de la Argentina de Perón, podemos hablar de verdadera participación popular en todos los niveles. En este punto Perón se anticipó a la historia y así creó un poder popular totalmente al margen del marxismo. Este llegó atrasado a la Argentina y lleva todavía una vida lánguida, de presencia más simbólica que real, gracias a que Perón comprendió que una acción en pro de la justicia y una preocupación por el pueblo son más eficientes que la fuerza.
Tenemos que reconocer que Perón, el “símbolo de la nación” —en frase de Héctor Cámpora— introdujo a Argentina en el engranaje de la historia, y él mismo y su movimiento no podrán ser olvidados en el futuro. No se ha visto con claridad suficiente que el justicialismo de Perón, sobre todo de hecho, fue o, por lo menos, tendía a ser un socialismo de nuevo cuño, no marxista y de auténtica participación popular. En este sentido el peronismo, olvidándonos del culto a la personalidad tanto en lo que toca a Evita como a Perón, significó algo que todavía tiene vigencia en América Latina y que quizás constituye su única salida política. Así, el fenómeno del peronismo no puede dejar de importarnos.
Tenemos que reconocer que Perón, el “símbolo de la nación” —en frase de Héctor Cámpora— introdujo a Argentina en el engranaje de la historia, y él mismo y su movimiento no podrán ser olvidados en el futuro.
Con Perón muere no sólo una gran realidad, sino también un mito. El nombre de Perón era mágico y su aureola hacía posible que en un mismo movimiento se aunasen toda clase de tendencias; desde las derechistas hasta los ultrismos de izquierda.
¿Podrá María Estela de Perón mantener unido al peronismo? Ciertamente la actual esposa de Perón no es Evita, la “dama de la esperanza”, como la llamaban sus queridos “descamisados”. No es improbable que con el tiempo el peronismo se vaya disgregando hasta formar los bloques políticos clásicos.
¿Seguirá la señora de Perón en el poder?
¿Renunciará?
Son todas incógnitas obvias pero a las que es difícil responder. Al finalizar su homilía, invocó el Cardenal Primatesta de una manera especial a la Santísima Virgen para “que proteja a nuestra Patria y sostenga la mano y el corazón de quien ahora rige sus destinos como heredera de un ideal de justicia, de paz y amor fraterno”.
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